viernes, 20 de junio de 2014

Ella


Con treinta y dos años cumplidos aún tenía casi toda la vida por delante; aunque ya poseía un divorcio en su currículo, un reciente fracaso sentimental, y un aislamiento social más que evidente, pero afortunadamente su trabajo le ocupaba la horas del día en las que podría reparar en sus desgracias, y cómo no tenía hijos ni mascotas, lo que quedaba de su vida era suyo y de nadie más.
Ni era feliz ni desgraciada, lo esperaba todo de la vida; pero tampoco le exigía nada. Muchos parecían apreciarla, otros tantos temerla; y pocos, si es que existía alguno, quererla. Pero su manera de ser y de comportarse no era la más popular, celosa de la propiedad de su vida, de su intimidad, y de que nadie le haría hacer nada que fuese contra su voluntad, le había limitado sus relaciones sociales, al punto, de que actualmente se encontraba completamente sola. Pero a pesar de todo no lo lamentaba. Veía a muchas de sus amigas de juventud e infancia con vidas ya gastadas, con matrimonios fallidos, esclavas de sus hijos, obligadas a abandonar o descuidar sus trabajos por sus familias prematuramente fracasadas; y esto no solo se refería a ellas pues los había del sexo masculino que no les había ido mejor en aquellas travesías; y esto aunque no fuese muy solidario, ciertamente que la consolaba. Aunque en los interminables fines de semana o en aquellos terribles puentes, el tedio la derrotaba; y a pesar de que aficiones no le faltaban y era gran amante del cine, de la música, o de la literatura, tenía que reconocer que hasta una persona tan autosuficiente como ella necesitaba del contacto humano; pero eso no iba a ser óbice para que claudicara de sus principios que con tanto sufrimiento y esfuerzo había forjado como referentes en su vida.
Sin hermanos, su madre muerta prematuramente de un cáncer de mama; y con las relaciones rotas con su padre desde entonces, al que nunca perdonó que abandonara a su madre justo cuando ella sufría aquel terrible trance que acabó con su vida; podría decirse en propiedad que se hallaba sola en el mundo, para lo bueno; que era que la dejasen vivir, y para lo malo que es que realmente no tenía a quién recurrir en caso de apuro.
Su trabajo consistía en invertir ocho horas diarias programando para una empresa de software, durante las cuales no intercambiaba más conversación que las del lenguaje de programación con aquellas máquinas; con la excepción de los saludos protocolarios, de llegada y salida con los escasos compañeros con los que se cruzaba, en los itinerarios compartidos de las instalaciones de la empresa.
Había intentado buscar alguna actividad que ocupase la soledad de su tiempo libre. La actitud pasiva que suponía la lectura, la audición de música o el cine, y todo ello acababa por saturarla, y necesitaba alguna actividad creativa; algo en lo que ella pudiese tener un papel activo que le proporcionase la satisfacción de dejar alguna señal de su paso por este mundo; aunque solo fuese una huella de reptación, sin la pretensión de que quedase fosilizada como las de los dinosaurios; o aquellos rastros que dejaron los trilobites en los lechos marinos centenares de millones atrás en la noche de los tiempos del origen de la vida en la Tierra, y que los paleontólogos llamaban crucianas. Ella sólo pretendía solo ser algo más trascendente que una mariposa, o que una flor de temporada; porque lo de la inmortalidad se le hacía una quimera, en este o en el otro mundo.
Y una vez que descartó la pintura, la escultura, la música y la horticultura, probó con la literatura. Escribió versos, pero en su vida no había amor, tampoco recuerdos de tiempos sentimentalmente felices, y reparó en que toda su memoria era de desamor y de pena; no halló en sus recuerdos nada más que desasosiego y desesperanza, y en su presente de libertad y aburrimiento nada inspirador halló tampoco; y respecto al futuro, ¿qué era el futuro?; para ella no existía el devenir de los sucesos, eso no eran más que meras utopías. Así las cosas ¿acerca de qué podría escribir?
Y entonces sus ruegos para que le viniese un argumento para su creación literaria le  fue dado. Y esto ocurrió una mañana mientras se daba una ducha, y justo bajo el pezón de su mama izquierda se palpó un pequeño bulto, no quiso creerlo y volvió a intentar buscarlo pero ya no lo halló y respiró aliviada; pero no estaba tranquila y continuó explorando y en su axila halló dos pequeñas tumoraciones redondas. ¡Y se asustó!
Aterrorizada, llamó a su ginecólogo, que procuró tranquilizarla. Le dijo que habitualmente -prácticamente siempre, fueron sus palabras textuales-, esos pequeños abultamientos suelen ser adenopatías, es decir ganglios inflamados sin la menor importancia clínica; pero para la completa tranquilidad de todos le dio cita para la tarde del día siguiente. Ni que decir tiene que aquellas veinticuatro horas para ella fueron terribles. El aburrimiento de su vida apacible se había visto conmocionada con la posibilidad de verse aquejada por una enfermedad espantosa, y con la consciencia de la realidad de que solo tenía treinta y dos años; y por primera vez en su vida tuvo consciencia de que ella también podría morir.
La mamografía reveló una lesión sospechosa, que confirmó la ecografía, y que aconsejó la necesidad de realizar una biopsia, cuyo resultado le darían en setenta y dos horas –le dijeron.
Y aquella noche, la primera de las tres de espera, en la soledad de su apartamento abrió su ordenador portátil, y aterrorizada, se dispuso a describir todo aquello que ahora sentía.
Escribió toda la noche, hasta que cayó rendida, y cuando despertó tras tomar una cafetera entera continuó con su escritura febril. Comenzó describiendo sus sentimientos actuales, su pavor ante la enfermedad y la posibilidad de la muerte, pero comprendió que ella era lo que ya había sido, y retomó el texto iniciándolo con su infancia, con sus recuerdos del pueblo de sus abuelos, la higuera del huerto, los vasos de vino con trozos de melocotón de su abuelo, aquellos torreznos que tostaba en el fuego de la lumbre encendida con los sarmientos de las viñas, y aquel cielo límpido cruzado por mil vencejos de los veranos de luz y fuego de aquel secarral del estío de La Mancha, con el milagroso riachuelo, que nadie sabía cómo en pleno agosto aún llevaba agua para que unos sapos croaran y las tortugas se embarraran en sus riberas de juncos y enea. Repasó su juventud, su noviazgo y su matrimonio; pero tras recorrer toda su vida, reparó en que si algo en ella había merecido la pena eran aquellos veranos de agua, fuego y brevas.
Adenocarcinoma, fue el diagnóstico, y después todo fue un torbellino. A la mastectomía le siguió un nuevo mazazo: había invasión ganglionar; radioterapia y quimioterapia; y después las interminables lesiones, las quemaduras en la piel, la pérdida del cabello, las nauseas y los vómitos incoercibles que la hacían postrarse en la cama durante días. Su médico le había dicho que todo iría bien, que no sufriría importantes efectos secundarios; pero ella se encontraba desanimada, con la autoestima perdida, mutilada en su cuerpo y arrebatada la esperanza del alma; sola, hundida y ultrajada en todas sus ilusiones; y una noche en la soledad de su cama deseó la muerte, pidió que llegara pronto, que se la llevara; no tenía valor para hacerlo ella; pero a lo que, o a quién tuviese el poder para hacerlo, le rogó que sin más demora la ejecutara.
Y todo aquello lo escribió, y lo hizo en poemas formados por letras transparentes hechas de lágrimas amargas, rimas desencajadas de miedo y desesperanza, estrofas cargadas de olor a muerte y de ilusiones vanas. No había en ellas ni un ápice de ilusión, ni siquiera un átomo de alegría que pudiera alimentar su alma; pero cuando terminó aquellos poemas y los leyó en la noche calma, todo su ser se compungió, y supo que ya todo estaba hecho, no esperaba nada; ni le importaba lo que con su cuerpo hiciera aquella alimaña; supo por una vez al menos lo que era la felicidad plena. Había compuesto una obra que justificaba sus treinta y dos años de vida y los de la no eternidad de su alma.
A aquellos que murieron habiendo hecho algo grande en soledad.

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