Acababa de terminar su primera obra literaria, era una sencilla y corta novela de apenas cien páginas, que había escrito con la ilusión febril de un adolescente que había resuelto jugarse la vida a la sola carta de la literatura. En un mes con su manuscrito a cuestas recorrió hasta diez editoriales y su tenacidad y tozudez le permitieron que cinco de ellas aceptaran leer aquel texto, quizás porque los atribulados editores pensaron que sería menos penoso echar un vistazo al anoréxico libro que soportar las peroratas de su autor.
Aunque no parezca creíble a aquellos que tengan alguna experiencia en el trato con los editores, cierto fue que en este caso, los cinco que le contestaron al ofrecimiento de su novela coincidieron en el diagnóstico "apunta maneras, pero el texto es pueril y escasamente literario" y le aconsejaban que leyese mucho y a ser posible fuese a la universidad, y que más adelante "ya se vería".
A él, estas contundentes y unánimes críticas, al contrario de desanimarlo en su empeño de ser escritor, le supusieron un espaldarazo y le marcaron la carrera que habría de seguir.
Trabajó duro durante seis meses en el puerto de Baltimore estibando buques, pues afortunadamente la naturaleza lo había dotado con un cuerpo de atleta y su fuerza física le abrió todas las puertas en aquel campo de la carga y descarga, tan alejado de su meta de escritor.
Con los sustanciosos estipendios obtenidos en tan duro trabajo, puso en marcha el plan que había pergeñado. Tomó el tren y viajó a la vecina capital federal, y allí en Washington buscó acomodo en un alojamiento barato, que estaba situado no muy lejos del lugar en el que pensaba pasar todas las horas de los días que le permitieran los horarios de apertura del mismo, y del dinero con el que disponía.
Y ese lugar era la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América. Una fantástica catedral de los libros que atesoraba en sus estanterías más de treinta millones de ellos y muchos más de documentos, lo que la convertía quizá en la biblioteca más importante del orbe.
Varios días hubo de emplear en conseguir los permisos que le permitirían trasladarse literalmente a morar entre sus paredes. Pero todo mereció la pena y el día que penetró en aquel templo sagrado del saber, en ese espacio inspirado en el Panteón romano, sintió que la fuerza abandonaba sus piernas y su cabeza giraba en torno a los centenares, a los miles de metros de estanterías, que guardaban los libros escritos por miles de seres que como él tuvieron como objetivo de sus vidas escribir, quizá un solo libro, y como quimera que un día, como si de una reliquia de tratase, quedar depositado allí en aquel Panteón, donde todos los dioses de la literatura tienen su pequeño lugar en el Parnaso de los libros.
Comenzó con los clásicos griegos, después los romanos; algún árabe e incluso judío; devoró la Biblia, también el Corán, sin dejar a un lado el Talmud ni tampoco los shastras hindúes. Después comenzó con los escritores medievales europeos y devoró a los italianos, a los de los reinos de España, sin olvidar a los ingleses, franceses o a los de las tierras de alemanes. Continuó con los renacentistas, los barrocos, neoclasicos, románticos, naturalistas y...después perdió la cronología y el caos se adueñó de su lectura. Se hallaba entusiasmado leyendo el Ulises de un tal James Joyce cuando oyó que alguien a sus espaldas dijo :"Lleva treinta años leyendo". Miró a su alrededor y no vio a nadie lo suficientemente mayor como para cumplir con esas características. Y continuó leyendo.
Al abrir la primera página del último libro de un tipo apellidado Faulkner cayó muerto.
Cuando los empleados de la funeraria, que hacía los encargos de la beneficencia, retiraron su cadáver preguntaron a quién habrían de entregar las pertenencias. Se hizo cargo de ellas el responsable de sala de aquel día. Estas consistían en un carnet de investigador fechado treinta años antes y un cuaderno gastado, en él escrita solo una palabra: "Título".
Dedicado a todos los que se dejan la piel en el empeño.
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