Allí en la Tierra de María de las Américas, en Maryland, en un oscuro y húmedo sótano de un almacén del puerto de Baltimore se hallaba María, una joven recién llegada a los Estados Unidos en un pequeño barco camuflado como pesquero, procedente de Centroamérica; huyendo de la desesperación y de la miseria con un embarazo a término en sus entrañas. En aquel lugar perdido del primer país del mundo se hallaba, recostada en unos sucios sacos olvidados por el tiempo, con la mano apretada por la de José, su compañero en la miseria y padre del hijo que amenazaba con venir a este mundo, en el lado equivocado, en el de los desheredados de la Tierra.
En Alepo, la que en otro tiempo fuera la perla de Siria, entre los escombros que quedaban de su casa, Amira, con un parto en ciernes, apuraba a sorbos un poco de té que le había servido Adila, la madre de Amir, su esposo, asesinado por la barbarie desatada en aquellas tierras desde hacía ya casi cuatro años. Y en su mente, solo un anhelo: que aquella criatura que pugnaba por salir de su seno tuviera alguna esperanza de vida en este mundo, alejado de la barbarie, del odio y de la guerra.
En algún lugar olvidado del norte de Nigeria, Fátima, una chica de apenas catorce años, postrada en un mísero jergón, con las lágrimas inundando su jovencísimo rostro de ébano, recordaba los días felices de su infancia en la casa de sus padres, en el calor de un hogar humilde, pero cargado de amor y esperanza. Hasta que un día aciago el mal se acordara de ella, y fuera arrancada de los mismos brazos de su madre por aquellos guerreros de la fe de Alá, que se hacían conocer como Boko Haram. Y ahora, aún solo una niña, transmutada en mujer a la fuerza, y forzada a convertirse en esposa improvisada de un muyahidin, según el miserable a sí mismo se llamaba, en algún lugar perdido se hallaba, en el trance de traer al mundo a una criatura quimérica, fruto de la aberración humana, de la sinrazón y de la guerra.
En Sierra Leona, en una aldea sin nombre, olvidada por todos, rechazada por el mundo, infectada por el virus de Ébola, con su población diezmada y más que aterrorizada, en un mísero cobertizo, una mujer madura se hallaba en trabajos de parto para traer a este mundo a su quinto hijo, y que con suerte y si sobrevivía al alumbramiento seria el único; pues de los cuatro anteriores uno ya hacía años que había fallecido, y los tres restantes, en este mismo, se los llevó la maldita epidemia. Como ayuda para traer a su hijo, solo sus manos y las de su hermana, las únicas que el demonio disfrazado de virus había dejado con vida en esta otrora bendita tierra.
Todo estaba ocurriendo en una noche del mes de diciembre, del veinticuatro para más señas, del año del Nacimiento del Señor de dos mil catorce; el dos mil cincuenta y dos desde que César Augusto comenzara a contar los tiempos.
Mi recuerdo en esta noche para los desheredados de esta, nuestraTierra.
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