miércoles, 17 de diciembre de 2014

Noche de Reyes

Con la ansiedad de la eternidad de los siete años de edad, que tras aguardar miles de millones de años al comienzo de ser, no podia aguardar solo unas pocas horas a que el alba marcase el momento de descubrir la sorpresa de la primera ilusión cumplida, de la satisfacción del éxito o del sabor acre de la desilusion que le cincelase el recuerdo almizclado del desengaño. 
Jimena aguardaba a que llegase la mañana del día de Reyes para saltar de la cama y abrazar aquella muñeca de carne de trapo y corazón de éter, que esos extraños Magos de Oriente, a buen seguro le habrían traído a lomos de aquellos extraños animales, a los que Dios dotó de montañas en sus lomos para que guardaran en ellas el agua, y con ello poder surcar los mares de arena, donde la lluvia siempre está ausente y solo el sol reina.
A través de las ventanas aún no se filtraba más luz que la tenue penumbra de las tristes bombillas del alumbrado público, escasas por mérito de la puntería de los impúberes artilleros, que con sus tirachinas se entrenaban para la guerra, y a Jimena aquella noche le parecía eterna, que alguien había robado el Sol y quizás hasta la Luna y, si esto era cierto, pudiera ocurrir que los Magos de Oriente no encontraran el camino, pues si alguien había robado el Sol y la Luna también se habría llevado las estrellas, y tenía bien oido que aquellos Magos se guiaban por la más brillante de todas ellas.
Y, entonces una gran angustia le atenazó el alma, saltó de la cama, recorrió el pasillo, abrió la puerta del balcón y se asomó cuanto pudo, miró al cielo, buscó la Luna, las estrellas ... nada halló. .. las habían robado... solo oscuridad había en el firmamento.
Lloró y las lágrimas empaparon sus ojos glaucos tornados de azabache por la negrura de los cielos. Y gritó: Luna, Lunita, ¿Luna dónde estás?; estrellas, estrellitas del firmamento, ¿dónde os habéis ido? ¿Por qué habéis abandonado vuestra misión de guiar a los Magos y a todos los seres que confían en vosotras para llegar a su destino? ¿No comprendéis que las aves se perderán? ¿ Que los navíos naufragarán y que hasta los adivinos morirán de pena? Luna, Lunita, estrellitas de canela y oro venid esta noche,  no quiero muñeca de carne de trapo y corazón de éter, solo quiero que viajéis por nuestro cielo como todas las noches y que guieis a los Magos y a las aves, y también a los marineros; Luna, Lunita, estrellitas, venid para que podáis inspirar a los pobres poetas, para que los gatos puedan maullar mirándote, Lunita, a tu cara de adolescente hasta que llegue el alba.
Cuando el gallo cantó y el primer sol de una mañana radiante de enero se coló por la ventana de la habitación de Jimena, esta abrió sus ojos y esbozó una sonrisa, y supo que aquella noche, ella, una niña de siete años de vida, le había hablado a la Luna y también a las estrellas, y las había convencido, pues a fin de cuentas ellas también eran solo unas niñas.

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