domingo, 14 de diciembre de 2014

Un cadáver ignoto. O dos

En la ribera de un arroyo que en tiempos pasados sus aguas intermitentes alimentaron un mísero huerto, ahora abandonado por la amnesia del tiempo; cubierto de barro; oculto entre juncos y anea; profanado por las larvas y por los insectoss adultos; por algún roedor y hasta por los batracios que sobreviven al estío enterrándose en la misma muerte si falta les hiciera, allí mismo, la carcasa de un hombre se hallaba varada. Los ojos ausentes de un rostro vacío, cara de muerte, de carroña aplazada de polvo viajero. Cuerpo corrupto de perfume dulzón, de infamia asesina o de muerte buscada. Vida truncada por razones ocultas. Allí en aquel campo yermo por el olvido de campesinos gastados, yacía el cuerpo de un hombre. Un resto olvidado de vida anónima, quizá otrora amado u odiado, ahora solo abono baldío de un huerto abandonado.
Pero un día se desató una terrible tormenta y del cielo justiciero las nubes vertieron mil millones de cántaros; las tierras se anegaron, los arroyos y los ríos se desbordaron y ,aquel cadáver olvidado, por las aguas fue arrastrado. El destino justiciero quiso que hasta un camino llegase aquel muerto visjero y ,que días más tarde a quién el destino señaló para ello, justo allí lo encontrara.
Nadie hubiera apostado a que ni forenses ni policías a aquellos restos pudieran hacerlos hablar, pero todo fue más sencillo, en el interior de su recio cinturón de cuero guardaba un documento, en él su nombre -Juan- y sus señas. También una palabra: Lucía.
Todo estaba aclarado, dijo el juez que instruía la causa. Ya solo bastaba con indagar en la aldea en la que en el documento rezaba que aquel cadáver en vida moró. Y hasta allá fueron policías y justicias, y no quedó alma a quien no preguntaran. Todos negaron haber conocido a ningún Juan, tampoco a ninguna Lucía.  De la que era su casa -según rezaba- ni las ruinas ya quedaban, pero un sabueso encontró un azulejo y en él escrito dos nombres: Juan y Lucía.
Indagaron en los registros y nada hallaron, ningún Juan, tampoco una Lucía. Interrogaron a autoridades, a comerciantes, a taberneros y hasta al cura y todos juraron no haber conocido en aquel pueblo a ningún Juan y tampoco a ninguna Lucía.  Sólo un orate hizo grandes aspavientos cuando oyó mentar el nombre de Juan y lloró cuando oyó pronunciar el de Lucía.
Y así quedó aquella muerte. La de Juan según constaba y quien sabía si la de Lucía. Y ni policía ni justicia pudieron saber si nunca había existido o acaso que aquellos que negaban haberlo conocido, con sus propias manos, lo habían devuelto a la nada y con él también a Lucía.



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