Frenéstomo había tocado el fondo de la fosa abisal más profunda que un humano pudiera llegar a explorar, aquella en la que ya no podría hallar a ningún ser vivo por extraño que fuese o por raramente adaptado que estuviese a las condiciones más extremas de supervivencia. Había explorado los confines de la mente humana y hallado lo que ningún ser antes que él ni siquiera había intuido. Cómo había llegado a ese punto ni él siquiera podría explicarlo, pero lo había logrado y con ello la maldición eterna, la de vagar como un ente carente de fin en un universo terrible. Condenado a no morir, pero tampoco a vivir; a la soledad absoluta del permanecer para siempre en la ausencia completa. Y no era Dios quien le acompañaría en su viaje, tampoco las fuerzas del mal, y no se convertiría ni siquiera en una estrella, ni en un átomo; no sería ni un electrón ni un neutrino o un bosón. No sería nada, pero siempre estaría en una eterna ausencia de ser y en una carencia absoluta de no existir. Allí en el fondo, en lo más recóndito de su mente no halló nada, pero sí la respuesta a casi todo. Supo que era un ser inmortal y que tendría toda la eternidad para encontrar la única respuesta que aún le restaba por hallar, aquella por la que la humanidad entera había dado su vida y vendido su alma. Aunque con él la respuesta vagaría por la soledad eterna.
La intensa e inmarcesible angustia que le produjeron estos hallazgos y la certeza de su desgracia fue lo que le hizo recuperar la cordura y comprender cuál era la auténtica naturaleza de la locura.
Y cuando quiso explicar su hallazgo nadie lo escuchó; excepto los psiquiatras que le dieron un diagnóstico y le prescribieron un tratamiento.
Tras unos meses había perdido la memoria y con ella el recuerdo de que por una vez hubo un humano que había comprendido la locura.
Y gracias al éxito terapéutico todos los psiquiatras y psicólogos del mundo pudieron volver a dormir tranquilos.
domingo, 28 de diciembre de 2014
Frenéstomo
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