lunes, 22 de diciembre de 2014

La lotería de Navidad. Esa fuente de inspiración

¡Treinta y siete mil quinientos cuarenta y cincooooo! ¡Cuarenta millones de euroooos!
Había ocurrido exactamente diez años antes, en un teatro situado a dos kilómetros de donde él se  hallaba intentando hilar unos versos tras una noche de frenesí creador, que resultó tan baldía como la siembra que destruye una helada temprana, o quizá con el jarro que el aprendiz de alfarero no consigue dar forma. Y es que su ilusión, su pasión y su razón de vivir eran conseguir ser poeta; pero o bien la naturaleza le negó el don o su mente estaba en estado de crisálida debiendo evolucionar a mariposa.
El amor no es más que una quimera
El odio es nuestro compañero de las noches sin Luna
La tristeza me rompe el alma...

Y hasta ahí llegó su creación ese día. Y la de los siguientes cinco años.
El escándalo que se produjo en la calle procedente del bar que ocupaba el bajo del edificio donde se ubicaba la buhardilla de Ramón, fue tal frenesí que no tuvo por menos que interesarse por el motivo de tan tremenda alteración de la paz vespertina.
El gordo, había tocado el gordo de la lotería de Navidad.  El 37545 había sido agraciado con tantos millones como estrellas podría abarcar su vista en el firmamento de una noche calma. Además, él llevaba la décima parte de un billete, lo que llamaban -y bien- un décimo. Cuatrocientos mil euros. Eso eran cuatrocientos mil libros de poesía vendidos. Y él hasta ahora solo había vendido algunos versos en el parque del Retiro, escritos a mano y perfumadas ligeramente para que algún novio trasnochado las regalase a su amada; porque ningún editor, ni siquiera underground, había aceptado publicarle nada.
Cinco años de opulencia, de riqueza material, de pobreza del alma; noches y días de alcohol, drogas y amigos de verbena, de tugurios infames, unos con oropeles de diseño y otros con pura mierda. Mierda de personas, mierda de cerebros vacíos de tino, y desbordados de excrementos de tóxicos y de ideas de autodestrucción y apocalípsis Turbas corifeas de aduladores y de alimañas, que pacientes con los dientes afilados esperan la carroña lanzada desde los infiernos por seres espectrales.
Cinco libros de poesía publicados a golpe de talonario. Cinco libros repletos de excremento. Alimento intelectual de seres sobrepasados por los tóxicos y la estulticia desbordada de un cortocircuito de sus inteligencias.
Y al final la UCI, la de su cuerpo y su alma, y por si en los anteriores no estuviese incluida, también la de su alma.
Todos sus órganos corruptos.  Su hígado cirrótico, sus pulmones enfisematosos, su corazón miocardiópata, sus riñones hipofiltrantes, su mente amnésica y como colofón una hiperplasia de próstata.
Solo le dijeron que jamás se acercara a concertar un seguro de vida, que lo despedirían a gorrazos y que si no lo tenía de entierro, que ya podía considerarse un cadáver de beneficencia.
Y una mañana de enero cuando ya el invierno rayaba en hielo le dieron el alta, más para que no hiciese gasto que porque algo le hubiesen curado. A Lourdes debería ir para eso, le dijo ese que siempre va sobrado de humor negro.
Sin dinero, sin buhardilla, sin comida, sin esperanza; enfermo hasta las trancas, con el frio en el mismo tuétano,  se palpó los bolsillos y halló un miserable trozo de lapicero, y del suelo cogio un papel, no era más que una sucia servilleta. Y allí en aquel gélido banco del parque del Retiro escribió unos versos, los más bellos que desde Juan Ramón Jiménez nadie escribiera, según le dijeron cuando cinco años más tarde recibiera el premio nacional de poesía de manos de un onubense, de Moguer justamente. Y cuando él profundamente emocionado recibió el reconocimiento, se lo agradeció a todos, pero especialmente a un número,  al 37545, y a un pequeño pollino, a Platero.
La lotería de Navidad. Esa fuente de inspiración.

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