lunes, 29 de diciembre de 2014

Cena de fin de año en Renania

Habían trabajado duro para conseguir una mesa tan bien surtida de vituallas como la que orgullosamente aquella noche podía disfrutar aquella familia, humilde donde las hubiera, de aquel pueblecito perdido de Renania.
Hans y Lucila, junto a sus cinco vástagos, tres varones: Stefan, Jacob y Edgar; y las dos chicas: Irene y Ángela, este año tendrían una cena de despedida de año como no recordaba ninguno de los hijos y a decir verdad tampoco los padres. Habían sido tiempos duros los pasados. Guerras, hambre, destrucción, malas cosechas, y la gran mortandad que había azotado aquellas tierras en décadas pasadas, dejándolas esquilmadas de niños, al punto, que tanto en la familia de Hans como en la de Lucila, ellos dos habían sido los únicos supervivientes de entre todos los hermanos.
Pero últimamente parecía que los tiempos estaban cambiando con la apertura de la mina de carbón, que había traído trabajo y prosperidad a la zona, y el futuro, si la guerra que todos anunciaban no llegaba a confirmarse, sería esperanzador -repetía una y otra vez Hans aquella noche para que todos se animaran.
Pero la realidad era otra y allí todos creían que volvería la guerra y, con ella la miseria y la destrucción, por lo que aquella podía ser la última noche de fin de año en la que pudieran disfrutar compartiendo unos manjares alrededor de una mesa.
Lucila sacó el cordero del horno, mientras Hans encendía las siete luminarias del Menorah, y lo disponía todo para rezar a Adonai. Porque, aunque cierto fuese que para ellos no era el fin de año como judíos que eran, los tiempos aconsejaban hacer lo que era correcto a ojos de quienes ahora regían los  destinos de Alemania.
Fue en aquel momento cuando golpearon con la aldaba del llamador de la puerta y todos al unísono se intercambiaron miradas interrogativas. No esperaban a nadie y era la noche de fin de año, por lo que se suponía que todas las gentes de aquellas tierras deberían estar en sus casas disponiéndose a despedir el año. 
Fue Hans quien abrió la puerta y ante él apareció un ser espectral. Era un hombre de edad indeterminada, posiblemente de pelo rubio, oculto bajo la suciedad que lo cubría, alto, casi un palmo más que Hans y extremadamente delgado, aunque el abrigo de paño gastado y desgarrado disimulaba su cuerpo magro.
Solo dijo: "Buenas noches".Y tras eso se desvaneció.
Entre todos ayudaron a acostarlo en un canapé. Lucila le preparó un vaso de leche con miel, Stefan y Jacob, soportando el hedor que despedía, le quitaron las raidas botas; Irene puso a calentar agua, Ángela buscó una manta y lo tapó,  pues cuando recobró la consciencia temblaba aterido de frío.
Lo bañaron y después lo vistieron con ropa de Stefan, que era el más alto de los varones, casi tanto como el visitante, y tras ello lo sentaron a la mesa con ellos y todos se dispusieron a cenar.
Nadie le preguntó nada y tampoco él habló. Comió como si no lo hubiera hecho en meses y, cuando todos hubieron finalizado, el desconocido se puso en pie y simplemente dijo "gracias" y "adiós", tras lo cual se marchó.
A la mañana siguiente Hans halló un manuscrito clavado en su puerta, en él unas palabras: "Mire bajo el canapé en el que anoche me acostaron".
Cuarenta años más tarde todos, excepto Hans que falleció el año anterior recién cumplidos los ochenta años,  despedían el año en un apartamento de la séptima avenida de Nueva York, y recordaban aquella noche de fin de año en Renania, cuando un desconocido les había dejado unas valiosísimas gemas junto a un consejo: "Huyan de Alemania. Váyanse a América. El próximo año no será esta tierra para judíos". 
Y Hans hasta el mismo momento de su muerte estuvo convencido de que aquel desconocido había sido enviado por el mismo Adonai, a pesar de que junto a las gemas había una insignia de oro y brillantes del partido nazi y en ella grabado un nombre: Kurt Gerstein. El mismo Gerstein perteneciente al partido de Adolf Hitler que luchó contra los suyos con tal denuedo que le valió el sobrenombre de "El espía de Dios ". 

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