viernes, 12 de diciembre de 2014

El segador de los campos de la Mancha


Sintió que la cabeza se le fundía con aquel calor infernal del mediodía estival de los campos de la Mancha. El pañuelo atado con nudos en los cuatro puntos cardinales de su superficie craneal dejaba escurrir el sudor por la frente, que remontando las cejas, parpados y pestañas invadía las mismas córneas de sus ojos mezclándose con las lágrimas, produciendo con la luz del sol arcoiris de efectos imposibles, matizados de plata por el brillo de la hoja afilada de la hoz, que en un ballet frenético golpeaba con ritmo de muerte las espigas de oro de la esperanza de vida de aquellos, que como él, no eran más que seres espectrales.
En aquella mañana de verano de los campos de la Mancha solo alguna abeja en vuelo de vigilancia de su colmena aventuraba importunarlo, no eran horas para que las moscas, tábanos o incluso reptiles, se arriesgaran a quedar desecados por los rayos exterminadores del sol del estío.
Con el resuello perdido, por mor de sus pulmones horadados de veneno de mil veranos de mieses segadas, y de alquitranes de tabaco de cuarteron de hebras; el vientre hinchado por los humores rezumados de las entrañas podridas por vinos de mil jarras, bebidas en sórdidas tabernas de cementerios de frustraciones de vida; las manos agrietadas por los mangos de las hoces en el estío, del acarreo de piedras en cualquier tiempo, o de podas de viñas de oro para el patrón y, para él y los suyos, de sangre y resacas de caldos de olvido.
Contaba con poco más de medio siglo de estancia en este mundo, al que lo parió su madre como maldición del Paraíso; y con más de doscientos que a él le parecieran; con cinco hijos criados como si fueran ganado, y de ellos ya tres gastados por puñaladas de la muerte; y una mujer que se fue con ellos, aquella que los parió y a él le acompañó en un buen trecho de sus míseras existencias.
Y en este día, como podía haber sido cualquier otro, reparó en que su vida había sido miseria, pura miseria, nada más que miseria alimentada por el hambre del impulso vital del viaje iniciático del ser humano; del periplo desde el seno materno a la tumba. Y en este día, como podría haber sido cualquier otro, comprendió que su viaje había concluido, que la broma macabra de su vida había llegado a puerto. Y mientras el sol allá en lo más alto marcaba justo el mediodía de un día de estío como cualquier otro en los campos de la  Mancha, un hombre, que había vivido cómo lo hubiera hecho una bestia, decidió reirse del Sol, de la Tierra y del mismo Dios si lo hubiera, y decidió morirse sin más trámite ni licencia. Soltó la hoz, se desató el pañuelo e hicándose de rodillas se frotó los ojos y miró al cielo, y esbozando una sonrisa se rió de todo el Universo. Y tras ello, se murió.
Por primera y única vez en su vida fue un  hombre, quizás el más grande que nunca pisaran los campos de La Mancha.

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