Exordio
Estaba al despuntar el alba de aquella mañana del veintisiete de marzo, festividad de viernes santo, que dicen de indulgencia, del año de nuestro señor de 1350, correspondiente al 1388 desde que César comenzara a contar los tiempos. Y allí, Alfonso, el onceno de su nombre, el vencedor del Salado y de Algeciras, hijo de Fernando, nieto del gran Sancho el fuerte, y de la más grande de las reinas que nunca hubieran visto o esperasen ver los tiempos futuros en Castilla, la gran María de Molina, en el sitio en el que hacía poco más de cinco siglos, pisaran por primera vez las huestes de los hijos del profeta Mahoma el suelo de las sagradas tierras cristianas de España, frente a la roca de Tarik, defendida ahora con uñas y dientes por los otros verdaderos creyentes en la fe de Alá, hijos de aquellos que echaron a los hijos de los que por vez primera cumplieron el designio del profeta de venir a conquistar las tierras de Al-Andalus, y extender la fe entre los infieles. Y prestos ya a rendir sus cuerpos y sus almas ante el ejército del más grande de los reyes cristianos, listos los ingenios de guerra, prontas las bastidas, los trabucos escupiendo bolaños por doquier, abriendo brechas en las potentes murallas de la fortaleza, y los truenos de los moros resonando entre el campamento cristiano, en un desesperado esfuerzo por aferrarse a esta orilla y no perder el control del estrecho, allí, cuando aún el horizonte no había dado paso a que el astro rey derramase su luz y su vida por las tierras ensangrentadas y yermas por la guerra y la peste, justamente, a esa hora, en que la oscuridad alcanza su cénit antes de recuperar la plenitud de la luz del universo. En ese momento, fue cuando el rey exhaló su último aliento dejando escapar su postrer hálito de vida y con él su alma, antes regia y ahora trasmutada en éter divino, en tanto su cuerpo mortal permaneció yerto en la tierra, pletórico de materia, ahora infecta por la muerte negra, pútrida de bubas, presta a ser corrupta, pero destinada a regresar a su origen como polvo de estrellas.
Había sido tan grande la fe del rey en la pronta victoria, que desoyó los consejos de todos los grandes señores, prelados y caballeros que con él estaban, los cuales le conminaban a que abandonase el cerco y se retirara de Gibraltar, dada la gran mortandad producida por la epidemia de pestilencia que azotaba toda las tierras de Europa, y que ahora había llegado hasta el confín de ellas, allí, frente a la roca de Tarik, provocando gran sufrimiento entre las huestes del rey.
Pero él, cegado por la determinación de lograr el éxito en la empresa, les rogó y ordenó que no le dieran tal consejo, pues era aquella una plaza de tan alto significado para la cristiandad, que debía ser devuelta sin más tardanza al aprisco de Jesús. Y es que él ya la había tomado en los tiempos pasados y perdida también durante su reinado. De esto se sentía culpable. Pues sucedió, que dejó como alcaide de la plaza de Gibraltar, para su defensa de los moros, al caballero Vasco Pérez de Meyra, en el que confiaba grandemente. Pero los sarracenos aprovechándose de la ingenua seguridad del prócer Alfonsino, confiado en la tregua decretada entre ambos bandos, accedió a vender viandas y pan a los moros, en tanta cuantía como le fue demandada. Y estos, una vez estuvieron seguros de que la plaza estaba al límite de sus reservas, conociendo la mengua producida en ellas, le dieron cerca y la tomaron, antes de que el rey, quien estaba en el otro extremo de su extenso reino, tuviese tiempo de formar ejército procurándose los pertrechos que le permitieran socorrer al ingenuo alcaide. Esto ocurrió en el año de nuestro señor de mil trescientos treinta y tres y, desde entonces, Alfonso, nunca había apartado de su mente la idea de recuperar Gibraltar.
Pero, ahora yacía allí exánime, dejando un reino huérfano de aquel que tanta gloria le había traído, el cual había quedado a escasas varas de entregarle la puerta de la casa sagrada del Islam.
Tras ello, cesaron los truenos y la lluvia de piedras, en forma de bolaños, dejó de surcar los aires, se retiraron las bastidas apoyadas en los muros del alcázar moro, y las tropas cesaron en su frenético fragor guerrero. Se hizo el silencio. Todo el frente se vistió de luto y tanto cristianos como sarracenos se dispusieron a rendir tributo a aquel gran rey que había fallecido. Los unos lo hacían por amor y respeto, y los otros por miedo, pero estos sentimientos se repartían entre los actores sin distinción de credos. Pues los había cristianos que ahora temían por sus vidas ante el próximo cambio de rey, mientras otros, ufanos, esperaban al nuevo confiados en que sus servicios serían recompensados como su lealtad y calidad merecían. En cambio, en el bando de Alá el sentimiento de alivio era más compartido, pues la victoria para ellos, de no terciar la dama negra, la daban por quimera, y ahora, sin Alfonso el onceno y con los cristianos con faena de enterrar rey y poner nuevo, ya iban sobrados de ocupación y todos confiaban en que levantarían la cerca. Pero también los había que ya afilaban sus cimitarras y alfanjes para degollar o dar trámite con destino al paraíso a más de uno de los suyos.
En el bando cristiano una pregunta ocupaba las mentes de cuantos allí estaban: ¿Y, ahora, reinaría uno de los hijos del rey habidos con la concubina Leonor de Guzmán, o lo haría el único y legítimo vástago nacido de la reina y legítima esposa ante los ojos de Dios y de los hombres, María de Portugal? ¿Reinaría un bastardo, o Castilla podría seguir siendo un reino digno de ser cristiano?
En la respuesta a esta pregunta irían la vida y hacienda de muchos y la prosperidad de todo el Reino.
Se consumó lo esperado. Todos los que allí había desfilaron en señal de duelo, los unos a este, y los otros al otro lado de las cercas del campo de batalla, pero también algunos de los sarracenos bajaron de su atalaya para mostrar su respeto ante un rey tan valeroso como azotador de su credo. Y aunque se alegraron de su muerte, como no podía ser de otro modo, por el alivio que les produjo en su futuro inmediato, no por ello, dejaron de reconocer como auténticos caballeros, que aquel que partía merecía su respeto; pues los había puesto en el brete de haber tenido que cruzar el estrecho de vuelta a las tierras de las que un día partieron.
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