miércoles, 25 de septiembre de 2013
La luz de Sefarad. En la Granada nazarí
TERCERA PARTE
31
GRANADA
I
Alcanzaron la capital del reino nazarí, a la caída de la tarde del quinto día y por suerte para unos y desgracia de otros, no tuvieron sobresaltos en el camino. Ningún grupo de soldados cristianos se había cruzado con ellos y ahora cada uno tendría que enfrentarse con su destino.
Entraron en la ciudad por la Puerta de Elvira y bordeando el Albaicín, se dirigieron hasta el Puente del Cadí, por donde atravesaron el Darro. Franquearon la muralla de la Alcazaba por la Puerta de las Armas y entraron al interior del recinto de la Alhambra, la joya del reino Nazarí, último reducto musulmán de la otrora gran Al-Andalus.
El grupo, allí fue dividido. Los presos fueron conducidos de malos modos a unas mazmorras, que allí había, donde permanecerían hacinados, hasta ser llevados al zoco, para ser vendidos, los que no fueran requeridos para servir al sultán. Los soldados se dirigieron a sus cuarteles, situados a ambos lados de los muros del recinto de la Alhambra, donde se concentraba un gran contingente de tropas, listas para defender la residencia del sultán, si el infante Pedro tuviese la osadía de aventurarse hasta ello.
Dos de los soldados que les habían acompañado, les ordenaron a Asher y a los suyos que les siguiesen. Atravesaron el recinto de la Alcazaba y salieron a un gran recinto de unas mil varas de largo por más de doscientos de ancho completamente amurallado, en el que a su izquierda, podían verse dos magníficos edificios que dejaron encandilado a Asher. Preguntó a sus guías qué era aquello y le dijeron que se trataba del Mexuar y del Cuarto Dorado, donde se reunía el sultán con sus ministros, para tratar de los asuntos del Reino.
Un poco más adelante, se encontraba una construcción, de tan extraordinaria fábrica, que cortó la respiración de Asher. Se trataba del palacio del Partal, que formaba parte de un soberbio conjunto de edificios, en la que había una parte noble que servía de residencia a Ismail, cuando no se retiraba a su nuevo lugar de recreo del Generalife, situado fuera del recinto de la Alhambra y que había sido construido por Muhammad II, y que en estos tiempos, estaba embelleciendo y ampliando Ismail.
En el complejo del Partal, había una zona reservada para los sirvientes de la corte del sultán y en ella, también podían distinguirse distintas clases de aposentos, en función de la categoría de los empleados del rey.
Como ya era tarde y la noche estaba cayendo, les acomodaron en una estancia reducida, de no muy buen aspecto y les dijeron, que al día siguiente, los llevarían a un sitio más adecuado.
II
Asher estaba exhausto por el viaje, pero aún así no podía conciliar el sueño, su mente estaba embotada y sus ideas confusas; pero sabía que debía restablecer el equilibrio en su interior. De entre los muchos problemas que tenía por delante, le acuciaba, la previsible y eminente comparecencia ante el sultán, en la que tendría que fingir, de forma convincente, el papel de su nueva personalidad.
No veía grandes problemas, en suplantar a Al-Mansur como médico, pues en realidad él estaba, si cabe, más cualificado en la profesión; pero dudaba de sus conocimientos de la lengua árabe, que aunque hasta ahora había pasado por uno de ellos, no sabía si conseguiría lograrlo, entre musulmanes de más cultura, como era seguro que encontraría, en aquella corte nazarí. Además debería comportarse como un buen musulmán. Había resuelto sus problemas de conciencia “conversando con el rabí Levi”. No cometería pecado contra Adonai, porque sólo fingiría y además se trataba de salvar no sólo su vida; sino la de su hijo y la de Jimena.
Debería estar muy atento a todos los detalles, que debiera observar un buen creyente en la fe de Mahoma y ciertamente que no sería fácil. Además, tenía que aleccionar en esto también a su hijo Asher, que era un completo desconocedor de las prácticas de los seguidores de Alá. Aduciría, que en Córdoba, no se le había permitido recibir las enseñanzas propias de un buen musulmán. Afortunadamente, con Jimena no tendría muchos problemas ya que conservaría su condición de cristiana y sólo tendría que insistirle en el papel, que se supone que tendría que desempeñar, una buena mujer de un musulmán de cierta calidad, como se suponía que era él.
En realidad, las mujeres cristianas y musulmanas, no diferían en gran manera en las funciones e importancia que desempeñaban en las familias. En ambos casos, estaban en un segundo plano; aunque quizás las cristianas, osaran con más frecuencia que las musulmanas, a escapar a ese estatus retando a sus maridos. Por su parte y aunque más sumisas que las cristianas, las musulmanas eran más respetadas y estaban protegidas por el Corán en su dignidad; siempre que no se saliesen de su papel, que estaba bien delimitado. Así, cuando se servía la comida en una casa musulmana de Granada, primero comía el cabeza de familia y sólo cuando este había terminado, lo hacían los hijos, primero los varones, luego las chicas y una vez todos habían concluido, comía la mujer y madre de la familia; incluso si la suegra vivía con ellos, esta tendría preeminencia sobre la nuera.
En la sociedad nazarí los varones podían ejercer la poligamia, hasta cuatro mujeres podrían llegar a tener; aunque sólo se lo podían permitir algunos ricos comerciantes y altos funcionarios de la corte del sultán; pero para otros no tan ricos, siempre quedaba la posibilidad de comprar una esclava, que podía ejercer funciones de esposa e incluso concebir hijos de su amo; pero nunca podría alcanzar la dignidad de ella.
Las súbditas del sultán, cuyos esposos tenían un estatus alto en la corte o en la sociedad granadina, llevaban una vida cómoda y agradable; aunque algo aburrida, no salían ni a hacer la compra, que habitualmente lo hacía el cabeza de familia o algún mandado por él. Ellas organizaban el funcionamiento de la casa, la limpieza, la preparación de la comida, los pequeños arreglos, con la ayuda de sus sirvientas y sobre todo, el cuidado de su cuerpo, de su belleza. Para ello, disponían de todo tipo de cosméticos, perfumes y conocimientos en ese arte; pues una función principal, era mantenerse bella y atractiva. Para y sólo… para su esposo.
Las calles, no eran habitualmente frecuentadas, por las damas respetables de la Granada nazarí. Apenas salían en las fiestas señaladas y los viernes, para visitar a los difuntos en los cementerios. Siempre iban acompañadas y cubiertas de pies a cabeza, dejando sólo al alcance de la luz del sol, los ojos, que no podían ser vistos de frente; pues debían caminar con la vista dirigida hacia el suelo. Pero las mujeres eran curiosas y sus casas, estaban diseñadas para no poder ser vistas desde el exterior; ni siquiera para los que, por cualquier motivo, entrasen en ellas; en las que nunca penetrarían más allá de las habitaciones que seguían al zaguán. En cambio, las damas nazaríes, si podían otear lo que se cocía en el vecindario, mirando a través de las celosías de alguna ventana en las casas nobles, o desde las terrazas, donde siempre había algún mirador escondido, desde el que cotilleaban el exterior y les permitía satisfacer su natural curiosidad femenina.
III
Asher despertó a la luz del día, tras haber dormido plácidamente derrotado por el cansancio. Despertó a Jimena y a su hijo y se asearon de forma superficial, con una jofaina que les habían dejado para el efecto. En ello estaban, cuando les alertó la potente voz del almuédano, que desde el minarete de la mezquita Mayor, situada al sur, frente al Partal. Llamaba por segunda vez a la oración, la primera había sido hecha a las cinco de la mañana y como es de suponer, no había sido oída por ninguno de ellos.
Como nadie fue a llamarlos y era tarde, Asher decidió salir al exterior y las maravillas que allí vio, le trasladaron a otro mundo, y dejándose llevar, sin hacer caso a su hijo, que le advertía que no debían deambular por allí, se adentró en el complejo palaciego.
El Partal, había sido construido por los sultanes Muhammad II y Muhammad III, antecesores de Ismail, como residencia privada y de sus sirvientes. Aunque en ocasiones, había sido utilizada para realizar recepciones oficiales, ahora para este cometido, Ismail utilizaba el recién construido Mexuar. Era un edificio de singular belleza. Debía su nombre al pórtico de cinco arcos, que se apeaban en pilares, siendo el central más ancho y alto que el resto. El pórtico, estaba cubierto por un alfarje plano repujado, con una pequeña cúpula central y daba acceso hacia el norte a una torre de planta cuadrada, que avanzaba sobre una muralla hacia una sala también cuadrada en su interior, en la que se alzaban preciosos zócalos de alicatado y delicadas filigranas de yeserías, cubiertas por una armadura de limas.
Extasiado y maravillado estaba, con esta visión de exquisitas construcciones, cuando fue bruscamente retenido, por dos hombres de tez oscura y brazos fuertes, como ramas de roble, que le empujaron hasta hacerle dar de bruces en el refinado, aunque duro empedrado. Antes de que fuese agredido, pudo reaccionar a tiempo, identificándose como el médico del sultán; dejando paralizados en el acto a sus agresores.
Asher se disculpó ante ellos y les relató, que habían llegado a la Alhambra la noche anterior y que tan impresionado estaba con las maravillas que allí había, que se había adentrado en el palacio sin reparar en ello. Los hombres del sultán, incrédulos, condujeron a Asher y a su familia, a las dependencias de la guardia personal del sultán, situadas en un sótano anejo al palacio. En aquel momento, empezó a temerse lo peor y a lamentarse por su irresponsabilidad.
A él, le condujeron ante el que parecía estar al mando de la seguridad del sultán. Este era un moro de tez aceituna, con la cara atravesada, de parte a parte por una tremenda cicatriz y con un ojo tapado por un parche y todo ello, le confería un aspecto feroz que hubiera hecho temblar las zancas a cualquier nacido de madre; pero no a Asher, que de nuevo agudizó su ingenio y se atrevió a decirle al terrible ogro:
-Veo que sois osado, al atreveros a detener al Al-Hakim personal del sultán. Espero que sepáis responderle con igual presteza y valor cuando os pida explicaciones por ello.
-No sabía que…
-Pues ya lo sabéis y ahora os exijo, que me dejéis marchar a mí y a mi familia. Estoy a la espera, de que me haga llamar nuestro señor Ismail.
-¡Caterva de inútiles! Llevad al Sahib donde él os indique.
En el camino de vuelta, al lugar donde habían pasado la noche, se cruzaron con cuatro hombres, que iban exquisitamente ataviados con una larga túnica de colores oscuros, como correspondía a la época del año. Pues era costumbre en el reino nazarí, utilizar tonos claros en las épocas de estío y oscuros, cuando el frío se hacía presente, según una refinada moda venida de Oriente y que como es de suponer, desconocían los cristianos, más rudos en estos menesteres. Iban tocados por un turbante, como le exigía el protocolo de la corte de Ismail, a todas las altas dignidades y a los servidores directos del rey.
Al ver acercarse a Asher, lo abordaron y de forma cortés, le indicaron que debía acompañarles a la presencia del sultán; aunque antes debía vestirse de la forma adecuada. Para ello, le condujeron a unas dependencias del palacio, donde dos pajes le esperaban.
De forma casi automática, le tomaron medida, de todas las partes de su cuerpo que tenían que ser cubiertas y después salieron de la estancia. Con una presteza que sorprendió a Asher, estaban de nuevo con él. Le indicaron que se desvistiese, hasta quedar como su madre lo trajo a este mundo, haría ya casi cuarenta años, en una fría mañana del mes de Tevet, en su añorada Toledo.
Le dieron unos calzones de fino paño, una camisa y una túnica de color azul turquesa, para cubrir su cuerpo hasta las rodillas. Para calzarse los pies, unas babuchas de duro paño con suela de fieltro y para cubrirse, el obligatorio turbante de la corte nazarí. Y como ya las temperaturas eran bajas, le entregaron una marlota en forma de sayo, confeccionado en un grueso; pero suave paño, con el que podría resguardarse del frío, que ya era intenso en el recinto de la Alhambra, sobre todo, cuando los vientos procedentes del norte traían los aires gélidos del Yabal Sulayr –Sierra Nevada, que la llamaban los cristianos.
De esta guisa, le condujeron a través de un pasillo, con abiertos ventanales y paredes de estuco, repujadas en increíbles filigranas con motivos florales y textos coránicos. El alfarje de la techumbre resaltaba la belleza del conjunto, como él no había visto antes en ningún lugar de Castilla. Una puerta de madera noble, finamente tallada, daba paso a una estancia digna del paraíso. Estaba iluminada por dos enormes miradores que daban a un patio, donde corría el agua, por unos canales, procedentes de una fuente situada en el centro, recordando lo que les esperaba a los buenos creyentes, cuando fuesen al encuentro con Dios.
El techo y las paredes de la sala, estaban adornados hasta la media altura de un hombre, por un zócalo de bellos azulejos, en los que predominaban los tonos verdes y azules. Por encima de ellos, las paredes se adornaban con figuras repujadas en estuco, con transcripciones de suras coránicas. El techo estaba revestido por maderas entrelazadas y policromadas. Alrededor y sobre el suelo cubierto por una estera de esparto, se extendían por toda la superficie de la sala, grandes alfombras, traídas de los mejores telares de Bagdad.
Apoyados en las paredes, grandes almohadones circundaban los laterales de la estancia, que estaba presidida en la parte frontal, por un sillón dorado con incrustaciones de pedrería, que se situaba algo elevado del nivel del resto de la sala y que estaba reservado para el sultán.
IV
Por una puerta del fondo del salón entraron cuatro pajes, exquisitamente vestidos y tras ellos, otros cuatro, dejando en medio a un hombre de mediana estatura y larga barba, que iba tocado de un turbante de color morado y vestía una túnica de seda carmesí con bordados, en los que en escritura árabe, se hacía referencia a la más alta dignidad de quién lo vestía…era el sultán Ismail I de Granada.
Al entrar en la sala, todos los presentes y Asher imitando al resto, flexionaron sus piernas, se arrodillaron y doblaron su tórax hasta posar sus frentes sobre la fina alfombra, que vestía el suelo de la estancia. Un ujier de cámara, anunció la presencia del más grande con estas palabras:
“Mi señor el sultán, el combatiente, el justo
En el nombre de Dios el Clemente, el Misericordioso
No hay más Dios que Dios, todo el poder es de Dios
Dios es el mejor protector y el más misericordioso de los misericordiosos
Bendito Quien te dio mando en sus siervos y en ti gracia y favor al Islam hizo
De mañana si a un pueblo vas de infieles, eres dueño a la tarde de sus vidas
Con dogal de cautivos, tus palacios te levantan después como albañiles”.
Y dicho esto, todos se sentaron en el suelo sobre los almohadones.
Se disponía a hablar el sultán. Asher observó que nadie osaba mirar a Ismail directamente a los ojos…esperaría para ver cómo se comportaban.
El sultán habló:
-Os he reunido aquí a todos vosotros, mis siervos más queridos, en mi propia casa, en vez de hacerlo en el sitio en que recibo a las gentes de forma oficial y es porque quiero felicitaros, por vuestra heroica victoria en las tierras de los infieles cristianos, que traicionando nuestros acuerdos y pactos de paz, han osado arrasar nuestros campos y ciudades, causando tanto mal y pesar entre los creyentes. Y por eso os damos las gracias, en nombre de Alá el Único, por haber administrado su justicia. Y ahora, quiero que se acerque a mi presencia, el oficial que ha dirigido la operación de castigo.
Asher, identificó de inmediato, al general que había dirigido las tropas en el ataque a la villa de Aguilar.
Se acercó, hasta situarse a sólo unos metros del sultán, hizo una reverencia y a una indicación de este, se irguió; pero en ningún momento osó mirarlo de frente. Un ujier tomó una espada que le entregó a Ismail y este, con gran ceremonia se la dio al soldado, diciéndole:
-Os hago entrega de esta espada, que lleva inscrita en su hoja el lema de mi dinastía: “No hay vencedor sino Dios”. Para que sigáis defendiendo la vida de vuestros hermanos, los verdaderos creyentes y permitamos, que Dios siga reinando en estas tierras y en el resto de la sagrada Al-Andalus, que nos ha sido arrebatada por los infieles, para que vuelva a ser parte de nuestra patria.
-Cumpliré lo que me ordenáis, con mi propia sangre y la de los míos y con la de los hombres que encomendéis a mi mando, para engrandecer el poder de mi Señor y de nuestro Dios, Alá el Único.
Asher, mientras oía esto, se fijaba en todos los gestos que hacían los hombres que allí estaban, así como en los más mínimos detalles, del comportamiento que guardaban ante el sultán, para poder actuar en consecuencia. De repente, le atenazó el pánico, le asaltó la duda de si alguien de los allí presentes conoció a Al-Mansur. Por extraño que parezca, no había pensado en ello hasta este momento. ¿Conocerían su aspecto? ¿Su edad? Si no allí, en este instante… ¿habría alguien en la corte de Ismail que lo hubiese conocido?
En cierto modo, el atuendo que ahora llevaba y la copiosa barba que se había dejado crecer, por suerte, más canosa que lo que correspondería a su edad, podía camuflar su verdadera fisonomía de alguna manera. De todas formas pronto saldría de dudas.
El curso de sus pensamientos fue interrumpido por la voz potente y atiplada del ujier de cámara, que pronunció su supuesto nombre: ¡Sahib Al-Mansur-Aba Abdullah!
Asher se puso en pie y se abstuvo en todo momento de mirar fijamente al sultán. Este dirigiéndose a él le dijo:
-Acercaos, celebro en gran manera que estéis aquí, en mi corte, para entrar a mi servicio como Al-Hakim personal, es mucho lo que he oído hablar de vos y nos place que un creyente haya podido alcanzar tanta fama y respecto entre los dimmies, en unas condiciones que supongo que habrán sido muy adversas para vos; pero aún así, habéis alcanzado una consideración que enaltece a los nuestros. Os doy la bienvenida. He dado órdenes, para que se encarguen de todo lo que necesitéis y desde este momento, estáis bajo mi directa protección y sólo dependeréis de mí. Nadie podrá daros órdenes, excepto quién os habla. Además tenéis mi permiso para que me miréis de frente. ¿Acaso podríais diagnosticar una enfermedad que tuviera en los ojos si no pudierais mirarme a ellos? –Rió de forma ostentosa y fue seguido por un murmullo de risas que se extendió por toda la sala- ¡Al-Hakim podéis retiraros!
Asher estaba muy excitado. ¡Había conocido al sultán y le había dispensado un excelente trato de respeto y consideración!, además, en aquel primer contacto, nadie había puesto en cuestión su identidad, lo que sin duda le supuso un gran alivio; aunque nunca podría estar seguro de que, en cualquier momento, alguien pudiera hacerlo.
V
Los siguientes días, transcurrieron de una forma muy agradable para ellos, les habían buscado un acomodo más que digno. Era una casa pequeña, pero muy acogedora y como todo lo que allí había, muy bella. Se trataba de una edificación de excelente fábrica de ladrillo, con dos plantas al estilo andalusí, con un patio no muy grande; pero que disponía de una pequeña fuente, que estaba conectada al sistema de abastecimiento de agua de la Alhambra.
En la planta baja, había un zaguán que daba entrada a una pequeña sala para recibir visitas y al patio, se abrían dos salas una orientada al norte y otra al sur. En un extremo del mismo, había un retrete para las necesidades fisiológicas y en otro, una pequeña cocina dotada de un horno de ladrillo.
Por una estrecha escalera se accedía a la planta superior, donde había dos habitaciones más, que podían transformarse en alcobas por la noche.
Para el servicio de la casa, le habían asignado a Asher dos sirvientas femeninas, que auxiliarían a Jimena en todos los menesteres de la casa. Además, un asistente masculino, auxiliaría a Asher en todas aquellas gestiones o mandados que él le hiciese, como encargarse de llevar a cabo, la compra del suministro de alimentos para el hogar.
Asher había decidido, que su hijo recibiría la formación coránica en su propia casa. Para ello, disponía de un instructor, que diariamente iría para impartir las enseñanzas del profeta y le ayudaría a progresar en sus conocimientos de la escritura y lectura de la lengua árabe. Su padre prefirió optar por esta solución, en vez de que su hijo acudiera a la madraza, donde podría tener serios problemas, que afectasen a la seguridad de la familia.
VI
Habían transcurrido casi dos semanas y aún no había sido requerido por Ismail, para nada relacionado con sus nuevas funciones como Al-Hakim personal suyo.
Asher estaba al tanto del gran revuelo que había en palacio y le había llegado a sus oídos, que el sultán estaba invadido por la ira y preparaba un ejército para hacer frente al infante Pedro de Castilla, que tras saquear la vega granadina, se comentaba, que osaba acercarse a Granada.
Los rumores se confirmaron y una mañana después de la primera llamada a oración del almuédano, estalló un gran griterío, acompañado de ruido de cascos de caballos, sonidos metálicos y mucho movimiento de hombres de armas. Asher se dirigió a la puerta de su casa, para comprobar qué es lo que pasaba y en ese momento comprobó, que dos soldados perfectamente pertrechados para la guerra, se dirigían hacia él. Le saludaron de forma respetuosa y sólo le dijeron:
-Tenemos órdenes directas de nuestro señor, de entregaros este uniforme y esperar a que os vistáis y os despidáis de vuestra familia, después nos acompañareis.
-Pero… ¿a dónde se supone que voy?
-Acompañareis al sultán en la campaña. ¿Acaso no sois su Al- Hakim personal? Pues ahora va a estar en riesgo de enfermar. ¡Y daos prisa!
Y de esta manera, Asher –ahora Al-Mansur- iba a entrar por primera vez en combate, en el bando de los musulmanes y en contra del hijo de su apreciada reina doña María de Molina.
VII
El infante Pedro de Castilla, había hecho grandes destrozos en toda la vega granadina, arrasando campos y cosechas, saqueando poblaciones y matando a muchas de sus gentes. Había culminado sus correrías y se dirigió hacia Córdoba y cuando allí se encontraba con cinco mil de los suyos, recibió noticias de que los moros de Granada se dirigían a tomar Gibraltar. Entonces marchó sin demora a Sevilla y allí armó una flota, que mandó para socorrer a aquella plaza. Después se volvió para Córdoba y animó a los suyos, para acudir por tierra hasta el peñón para defenderlo o en su caso, volver a tomarlo a los granadinos. Pero estos, al tener noticias de que don Pedro preparaba esa acción contra ellos, se atemorizaron y desistieron de su empeño, abandonando Gibraltar.
Como el infante don Pedro había hecho promesas a sus caballeros, por la toma de la plaza y para no quedar mal con ellos, decidió partir hacia Jaén, donde tras una breve estancia, se dirigió a Cambil y luego se acercó a pocas leguas de Granada, provocando a Ismail; pero este rehusó el reto. Esto produjo gran enojo en el infante, que dirigió sus mesnadas contra Hasvalaos, arrasando todo lo que encontró a su paso, después hizo lo mismo con la plaza de Piña y después fue a Cambil, antes de regresar a Jaén
En esa ciudad permaneció reponiendo fuerzas para después dirigirse a Úbeda. Y estando allí, le informaron que en la villa de Bélmez había un castillo bien fortificado, desde el que los moros estaban haciendo mucho daño a los territorios cristianos vecinos.
Don Pedro decidió ir a tomar la plaza. Llegó y ese mismo día cercó la villa y todos los habitantes se refugiaron en el castillo; pero el infante no cejó en el empeño, envió a su gente a Jaén, para que trajesen los ingenios de guerra que allí tenían y lo asedió.
Ismail al conocer esto, envió una gran tropa para socorrer al castillo; pero una vez allí, no se atrevió a entablar combate con el infante Pedro, al que hicieron entrega de la plaza tras veintiún días de asedio y una vez que se hubo hecho entrega formal de la misma y llegar a los acuerdos pertinentes con los vencidos, Pedro regresó a Úbeda, acompañado de toda su gente.
El infante don Juan, acompañado de los suyos, intentaba llegar a la zona de guerra; pero al saber que Pedro se encontraba en Córdoba se dirigió hacia allí, donde tampoco pudo encontrarlo, pues había partido hacia Sevilla. Optó por enviar mensajeros avisándole de que quería verle; pero no estaba en aquellos momentos para reunirse ni esperar a nadie, tan enfrascado como se encontraba completamente, en su gran campaña contra los moros; por lo que no prestó la menor atención a su tío, de hecho, no llegó ni a verlo.
Don Juan, viendo el gran éxito que el infante Pedro estaba teniendo en su lucha y los grandes estragos que producía al enemigo, optó por esperar el momento oportuno, para plantearle la gran indignación que con él tenía, e inició viaje de regreso a Burgos, desde donde tenía la intención de conminar a la reina doña María de Molina, para que llamase a capítulo, a su hijo el infante don Pedro y le hiciese entrar en razón.
La reina, recibió las más que evidentes amenazas, de su cuñado Juan, exhortándola, a que a la mayor urgencia hiciese llamar a su hijo Pedro y le obligase a compartir las décimas y tercias de la iglesia con él. María volvió a mandarle recado a Pedro, para que viniese hasta Valladolid, para tratar aquel asunto cuya gravedad impedía demorarlo más, a riesgo de que pudiera iniciarse una nueva guerra dentro de Castilla.
El infante Pedro, decidió dirigirse hacia Valladolid cumpliendo las indicaciones de su madre. Partió de Úbeda y sin más descanso que el imprescindible, recorrió el trayecto que le separaba hasta la ciudad del Pisuerga, a donde llegó unas jornadas más tarde.
VIII
En el Alcázar de la reina María, le esperaban ella y su sobrino el rey Alfonso, al que su abuela, ya le daba juego para tratar asuntos de estado. La reina le dejó que descansara convenientemente y le citó para la mañana siguiente, para tratar los asuntos que hasta allí le habían llevado.
A pesar de que el niño rey estaba presente, madre e hijo cruzaron gruesas palabras y las amenazas que Pedro profirió contra el infante Juan, su tío, hicieron que Alfonso llegase a asustarse hasta tal punto, que se escondió detrás de la imponente figura de la reina María, que para él, siempre había representado una fortaleza inexpugnable; pero esta vez la reina en voz alta le recriminó al heredero: ”¡Alfonso, por Dios, sois el rey, no podéis tenerle miedo ni a vuestro tío ni a nadie! ¿Acaso me veis a mí impresionada por mucho que vocifere y se muestre como un energúmeno? ¿Creéis que porque asuste al sultán Ismail y haga huir a los moros, va a amedrentar a la reina de Castilla? ¡Mirad bien lo que hago!” –y dirigiéndose a su hijo le dijo: “¡Pedro, venid aquí y postraos ante vuestro rey y pedidle disculpas!”
Pedro, primero con cara de asombro, después de incredulidad y como viera que la expresión de la reina se mantenía firme, caminó unos pasos, tendió su mano a Alfonso y postrándose dijo: “Os pido que perdonéis mi comportamiento, Majestad, disculpad a este vuestro servidor”.
Los ojos del niño rey, se abrieron de par en par y un gesto de asombro se dibujó en su cara. Le interrumpió su abuela: “Vamos Alfonso, contestad a vuestro súbdito”.
El heredero, hinchando el pecho y tomando aire, intentó modular su voz, para darle un tono solemne y dijo: “Por esta vez os perdono, tío” –esto último se le escapó.
La escena provocó la hilaridad de Pedro y de María e hizo que se relajase el ambiente, hasta el punto de que el infante le dijo a su madre:
-Está bien, aceptaré compartir los diezmos y tercias de la iglesia con el infante Juan, si es eso lo que queréis Alfonso y tú. Podéis llamarlo para firmar el acuerdo.
-Gracias hijo, sabía que serías razonable, una disputa entre vosotros, es lo último que le interesa a la corona. Mañana haré llamar al infante Juan, para informarle de que llegaremos a un acuerdo. Enviaré a Felipe. Le encargaré que vigile sus movimientos y además quiero que vuestro hermano esté ocupado a nuestro servicio. Sigo sin confiar en él.
-Estoy con vos en eso, madre.
Pasada una semana, doña María llegaba a la villa de Cigales, situada a cuatro leguas de Valladolid, donde le esperaba el infante don Juan.
La reina fue recibida por su cuñado, con gran recelo inicial, que fue desapareciendo, al menos formalmente, en el curso de la entrevista. La reina se comprometió, a repartir el dinero de los diezmos y tercias de la iglesia, así como los beneficios eclesiásticos de la declaración de cruzada, por el papa Juan XXII. Por su parte, don Juan, quedaba obligado a formar ejército y acompañar a Pedro en la próxima gran campaña bélica, que librarían contra los moros de Granada.
Doña María, enviaría de inmediato a un mensajero a Aviñón, para informar al Papa del acuerdo que habían alcanzado. Además don Juan, quedó citado para visitarla en su palacio de Valladolid en los próximos días, donde se reuniría con el infante don Pedro, para ratificar los acuerdos, con un abrazo de tío y sobrino.
Don Juan y doña María acordaron convocar Cortes y debido a los desacuerdos generados en las últimas, celebradas en Carrión, entre los representantes de Castilla por una parte y los de León y Extremadura por otra, decidieron convocar a las gentes de Extremadura y a las de León en Medina del Campo y a los de Castilla en Valladolid.
32
VIENTOS DE GUERRA
I
Asher, llevaba varios días acompañando al sultán Ismail, en su intento de socorrer a la fortaleza de Bélmez, que estaba siendo atacada por el infante Pedro de Castilla. Para él, la experiencia estaba siendo terrible. Ni era, ni había sido nunca hombre de armas y aunque su aventura desde que partió de Toledo, huyendo de la justicia, le había proporcionado cierta experiencia, esto era distinto, ahora estaba en una guerra de verdad y los espantos que contempló por el camino, le horrorizaron.
Las luchas eran sin cuartel y habitualmente no se hacían prisioneros, a no ser que se alcanzasen acuerdos, de los que hasta el momento, no había tenido la oportunidad de contemplar ninguno. Había tenido que intervenir en ayuda de los cirujanos, en casos de graves heridas, en cuyo tratamiento, él no tenía experiencia y había temido seriamente con que podría ser descubierto; pues era sabido, que el auténtico Al-Mansur, dominaba la práctica de la cirugía. Pero Asher era inteligente y habilidoso y había intentado en todo momento orientar a los cirujanos, en vez de hacer él mismo las intervenciones y como aprendía con facilidad, pronto se instruyó en la técnica que utilizaban ellos, para tratar las heridas más frecuentes, como era la práctica de amputaciones, que hacían con gran pericia; aunque el resultado de ellas, en aquellas condiciones, casi siempre acababa con la muerte del paciente.
El talento de Asher y la ayuda de Adonai, permitieron, que se hiciera cargo, de un herido que los cirujanos desecharon; porque estimaron que sus lesiones eran inabordables. Se trataba de un enorme guerrero jenízaro, que llegó hasta la tienda, que hacía de hospital, con un tremendo tajo en su abdomen, que había ocasionado que todo el contenido intestinal, saliera de su habitáculo natural y se esparciese por sus flancos, como mondongos en una carnicería.
Asher, inducido por una de sus raras e incomprensibles visiones, se vio impulsado a actuar. Pidió que hirvieran abundante agua en un caldero, se proveyó de abundantes paños de lino limpio y cogió varios afilados estiletes. Después, tomó el caldero de agua hirviendo e introdujo en él, todo el material, incluidas sus manos, en cuanto tuvo la seguridad de que no las perdería, cocidas como pezuñas de cordero en guiso de Orisa.
Dos cirujanos, le observaban con incredulidad y se hacían gestos entre sí, indicando, que aquel Al-Hakim del sultán había perdido el juicio. Pero Asher siguió a lo suyo, tomó una parte del contenido del caldero, que había apartado previamente antes de lavar los instrumentos y lo fue vertiendo en el interior del vientre del moribundo, mientras lavaba las tripas, una a una. Repitió esta maniobra varias veces, hasta conseguir, que el remanente del agua saliese sólo sonrosada. Después, cogió una gran aguja e hilo de cáñamo y tras impregnarlo de una sustancia untuosa, que llevaba en un frasco, de forma minuciosa y paciente, comenzó a coser la pared abdominal plano a plano, devolviendo la tripería a su lugar natural. Una vez hubo concluido, untó más producto del que contenía el frasco, por todo el abdomen del herido y luego lo envolvió con un rollo de paño limpio de lino.
Los dos cirujanos se miraron entre sí y luego a Asher
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