EL LAGARTO VINO DE LA SIERRA ¡NATURALMENTE!
A la mañana del 7 de octubre del año de Nuestro Señor de 1571 “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros”, hacía horas que había concluido.
Casi 40.000 bajas, de ellas más de 30.000 de infieles turcos otomanos y 200 naves destruidas, de las cuales sólo 12 de ellas, cristianas. Fue el resultado de la mejor hazaña naval de la historia de España.
Don Álvaro de Bazán había vuelto al lugar de la batalla, aún exhausto y con evidentes señales de la lucha cinceladas en su rostro y en su armadura, con dos balazos bien aguantados, recibidos en el abordaje de una galera turca al mando de su heroica “Loba”.
El Marqués de Santa Cruz, ordenó a Giovanni Batista Contarini, a Luis de Heredia, a Juan Vázquez de Coronado y a Pedro de Roig, que con sus galeras protegieran y si fuese necesario remolcasen a las galeazas venecianas capitaneadas por Ambrosio Bragadini y Jacobo Gozo, que habían acompañado en la batalla al cuerpo derecho de la Armada a las órdenes del Marqués de Santa Cruz. Ambas galeazas habían resultado seriamente dañadas; pero podrían ser reparadas en el puerto de Alejandría en el vecino Egipto. Les indicó que partiesen de inmediato, pues en esas condiciones el viaje podría ser largo. Puso al cargo de la misión a Juan Vázquez de Coronado, capitán de la galera “la Capitana de Vásquez”. Las órdenes del marqués fueron llevar las galeazas a puerto, dejarlas en reparación y regresar a Neupactus o Lepanto para reunirse con el resto de la flota.
Serían 1.180 millas náuticas entre ida y vuelta. Si el tiempo no les era favorable, el viaje podría llevarles 50 días; aunque esperaban poder hacerlo en la mitad de ese tiempo. Para ello, si fuese necesario remarían galeotes y chusma hasta la extenuación; pues así lo había ordenado el Marqués de Santa Cruz.
En el viaje de ida les volvió a acompañar la Virgen del Rosario, que al parecer permanecía con ellos desde la batalla. Quizás por ello, hicieron la travesía en sólo 12 días, sin encontrar turco, berberisco ni ninguna otra raza de infiel que les entorpeciese la navegación.
Arribaron al puerto de Alejandría el 31 de octubre. En esos tiempos la ciudad de Alejandro, luz y foco de sabiduría de la antigüedad, estaba en poder del imperio otomano; pero en aquellos días no había que temer por sus galeras, pues ya no existían y tardarían un tiempo en volver a tener ganas de pelea con cualquier hijo o amigo de las Españas.
Tardaron poco en hacer el trato de reparación de las galeazas, allí las dejaron y todos volvieron a embarcar en las cuatro galeras para poner rumbo a Lepanto, como les había dicho Don Álvaro.
Don Juan Vázquez miraba a babor el impresionante amanecer en Alejandría, el majestuoso delta del Nilo, la arteria que llevó la vida, a la más grande civilización que había existido en la tierra desde que Dios creó a Adán y a Eva. Creyó que veía el imponente faro que durante más de 15 siglos permaneció como luz y guía de barcos y hombres de mar. Sintió la presencia del espíritu de su biblioteca, que a lo largo de siglos guardó y diseminó el saber de la humanidad. Don Juan, aunque era marino y soldado bravo, tenía una sensibilidad, que en momentos como el que ahora vivía, le hacía sentir una emoción que muchos entenderían como impropia de un hombre de armas. Tan absorto estaba que se sobresaltó cuando el marinero Juanelo gritó:
¡Señor, monstruo a estribor!
El capitán corrió hacia Juanelo
¿Qué te pasa, diablos?
Capitán, ¡mirad, un monstruo!
Con gran revuelo, toda la tripulación se alteró ante la visión de la criatura.
Tenéis menos seso que un capón. ¿No veis que es un cocodrilo?
¿Un coco qué? , preguntó el marinero Perucho.
Un reptil del Nilo, que ha venido a hacernos los honores por nuestra victoria.
¡Pescadlo vivo! Ordenó don Juan. Os recompensaré, será un regalo para Don Álvaro.
Impulsados por vientos favorables y acompañados de buen tiempo, llegaron a Neupactus para el 10 de noviembre. Y no iban solos, llevaban al cocodrilo y sin un rasguño.
Como Don Juan había esperado, a Don Álvaro le encantó el regalo; aunque pronto se arrepintió de su idea cuando el Almirante le dio orden de llevar al reptil desde Lepanto hasta el Viso del Puerto Muladar, en la Mancha, donde se estaba construyendo un palacio al estilo de Venecia. ¡Y debía llevarlo vivo!
Esa noche Don Juan la pasó en vela, pensando como haría, para que la bestia pudiera ser trasladada con vida hasta la casa del Marqués. Serían, no menos de 1.430 millas de navegación y 53 leguas terrestres, que podrían ser las peores, con permiso de los hijos de la media luna. Pero Don Juan, hizo cuestión de honor el conseguirlo.
Alcanzaron “Bajo de Guía” en la desembocadura del Guadalquivir en Sanlúcar, ya mediado diciembre. La Virgen del Rosario seguía con ellos. Comenzaron a remontar el río, llegando al gran puerto de Sevilla sin novedad alguna.
El reptil seguía vivo, lo habían resguardado de las inclemencias del tiempo y le echaban cubos de agua de mar periódicamente. Pensaron que si vivía en el agua, sería necesario hacerlo. En cambio no habían previsto provisión de agua dulce para el animal, por lo que tuvieron que hacer una escala en Messina para hacer acopio de ella.
Al principio no comía, le daban todo tipo de alimentos de los que disponían, incluso pescado fresco; pero la criatura no hacía caso. Hasta que a las dos semanas de viaje, de un solo bocado engulló una gallina, que había escapado a cubierta. Desde entonces desarrolló un apetito feroz, tan desaforado que el marinero Juanelo no dejaba de repetir que acabaría por comerse a todos ellos.
Don Juan había planeado cómo harían el viaje de Sevilla al Viso. Irían sólo 10 hombres, el resto esperaría su regreso en la galera. Llevarían un carro tirado por cuatro mulas en el que transportarían al reptil y otro con dos, con las provisiones de alimentos, agua y lo necesario para acampar al raso; pues a pesar de la época, no quería llamar la atención parando en ventas o en poblaciones, no fuesen a crear pánico entre los lugareños ante la vista de la bestia.
Les separaban de su destino 53 leguas castellanas, que Don Juan había previsto cubrir en no más de 7 días; a 8 leguas por jornada, sería necesario viajar durante unas 10 horas cada día. Las etapas previstas serían: Sevilla-Carmona-Écija-Córdoba-Montoro-Andújar-Bailén-Puerto del Muradal- Viso.
Al séptimo día se encontraban en la venta de Miranda, al pié del Puerto del Muradal o Muladar, en su vertiente andaluza. Sería preciso cambiar las mulas de la carreta que transportaba al reptil por bueyes, tal era la dureza del puerto. En poco más de una hora lo habían atravesado y ya estaban en la venta de la Iruela a menos de dos leguas del Viso. Allí hicieron de nuevo el cambio de los bueyes por las mulas.
Destaparon al animal, para que se ventilase y recibiera los rayos del sol, lo que permitió ser visto por Mateo Cañete y por su esposa Candelaria Monsalve, que eran los venteros. Más de mala suerte fue que en ese momento a lomos de su asno llegó Perolillo, quizás el más zascandil y embustero de la villa del Viso. Fue ver al lagarto y dar la vuelta a lomos de su pollino, fustigándolo con tal saña que el pobre recorrió las escasas dos leguas a la velocidad de un “pura sangre”. Aún no había llegado Don Juan con sus hombres y ya en todo el Viso se sabía que el “monstruo come-hombres” había sido capturado en la sierra por soldados del Rey Nuestro Señor Felipe. Y es que al parecer se había dado el caso de la desaparición de, al menos tres hombres, en la sierra del Viso. De uno de ellos, Pero Alcaide, al cabo de los años se supo que estaba en las Américas sano y salvo.
Don Juan y sus hombres no daban crédito a la muchedumbre que les esperaba a la entrada del camino real en el Viso. Con preocupación por lo que pudiese ocurrir, se dirigieron lo más rápido que pudieron, a través de la Calle Real hasta alcanzar el Palacio del Marqués, donde entraron sin más dilación.
Don Juan y los suyos emprendieron el camino de regreso a Sevilla al tercer día de su llegada. Antes habían dejado al lagarto atado con una larga cadena a una de las columnas del patio genovés del palacio. Allí el animal vivió feliz durante muchos años y a su muerte su leyenda de come-hombres permaneció viva. Su cuerpo fue destinado a un lugar muy cercano que todos conocéis; pero eso ya es otra historia.
Juan Castell Monsalve. Mayo de 2010.
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