lunes, 9 de septiembre de 2013

Gentes de Sevilla


Gentes de Sevilla
Íñigo Ortiz, junto a su esposa Sancha y sus cuatro hijos, vivían en una modesta casa situada en la colación de San Gil, en la calle del Pozo, haciendo esquina con la del Medio Culo y a escasas varas de la puerta de la Macarena. Todos los días, antes del alba, dejaba su casa y cruzaba la muralla para acudir a la huerta que tenía arrendada, donde cultivaba todo tipo de productos, que luego vendía en el mercado de la Feria y con ello mantenía a su prole de una forma más que digna. Íñigo tendría unos treinta años, aunque de eso no estaba muy seguro y su esposa Sancha, algo más joven que él, era una buena moza morena, de largos cabellos y anchas caderas, que había sido buena para parir a siete hijos, casi a uno por año, desde que se casaron, haría ahora nueve y de ellos le vivían cuatro, tres varones y una hembra, que para esos tiempos era buena proporción; pues de hecho, el mayor ya ayudaba a su padre en la faena y el siguiente lo haría el año próximo. Realmente estaban contentos de cómo les estaban yendo las cosas, si todo seguía así, pronto podrían comprar una acémila, que les permitiría transportar los productos agrícolas propios y algunos ajenos, lo que les proporcionaría más ingresos y les concedería más posibilidades de sobrevivir, si las cosas de la tierra venían mal dadas. Pero en cualquier caso, si la situación empeoraba hasta el punto de que estuviera en riesgo su subsistencia, Íñigo que era un hombre muy fuerte, tenía pensado entrar al servicio de algún caballero, que fuera requerido por el rey, para acudir a la guerra con el moro, lo cual siempre sería una salida y en aquel tiempo era sabido, que el soberano requería hombres en Sevilla con cierta frecuencia, para las campañas en tierras de moros, que parecía que el rey había decidido culminar la reconquista en su mismo reinado.
La casa estaba al final de una estrecha calle, en la que las construcciones eran de una sola planta, con estructura a base de tapiales de barro y mampostería de diversos materiales. No faltaba la madera para las vigas de los techos y también para los encofrados ni el cañizo que abundaba en las fábricas de yeso, como en los cielos rasos de los techos o en los anaqueles de las alacenas. Los suelos estaban enlosados con lajas de piedra, que protegían a la vivienda de humedades y barros; los muros estaban hechos de tapial con materiales duros en su base y tierra en las partes superiores. Sin embargo escaseaban las viviendas construidas con mampostería de piedra o de ladrillo y lo más común eran los materiales más sencillos como el adobe o el yeso.
Sólo contaba con un corto y estrecho zaguán acodado, al estilo andalusí, que daba acceso a un pequeño patio, en el que había un pozo y al que se abrían dos piezas, una a cada extremo y que utilizaban para todas las faenas de  la casa; excepto para cocinar, que se hacía en el mismo patio, en un rincón, donde había instalada una torta de arcilla para echar el fuego y un pequeño horno y en sitio separado, se ubicaba una pequeña letrina, que estaba conectada a un pozo negro abierto en la calle.
Por las noches se sacaban las camas, que por el día estaban disimuladas con cortinas que las tapaban y se preparaban para dormir. En una de las piezas dormían Íñigo, su esposa y separada de ellos su pequeña hija Ana, en la otra, los dos mozalbetes: Íñigo e Isidoro y el pequeño Leocadio.
Iñigo había nacido en Sevilla, su bisabuelo había venido de tierras de León, acompañando a las huestes del rey Fernando, en la toma de Sevilla, según tenía oído de su padre, al que a su vez se lo contó el suyo. Ella era originaria de la Mancha, había llegado con su padre desde Villareal, cuando aún era muy niña, tras haberse producido la muerte de su madre por unas fiebres. Su padre se dedicó al negocio del vino, que conocía bien y llegó a regentar una taberna que se hizo muy popular en la colación del Omnium Sanctorum y allí vivió con él hasta que conoció a Iñigo y contrajeron matrimonio.








II
En la misma calle, pero un poco más adelante, haciendo esquina con la calle Real, frente a la misma iglesia de San Gil, vivía Garci Pérez, que era un afamado carpintero de esta colación, al que no le faltaba el trabajo en tiempos de bonanza, bien fuese haciendo pequeños arreglos en las estructuras de las viviendas o fabricando el mobiliario, que las nuevas parejas de casados necesitaban para su ajuar. Y quién se lo podía permitir, le encargaba arcones, que él repujaba con cuero, haciendo filigranas repujadas al más puro estilo andalusí. Pues aunque su nombre fuese el de Garci y su apellido Pérez, realmente su origen era mudéjar y no haría más de una generación, que los suyos se habían convertido al cristianismo. Aunque cierto era, que él ya había sido bautizado en la fe cristiana y precisamente, a escasos pasos de su casa, en la bella iglesia de San Gil, que daba nombre a aquella colación del extremo norte de la ciudad, junto a la puerta de la Macarena.
Garci se había casado dos veces, de su primer matrimonio tenía una preciosa jovencita de poco más de doce años, que ya apuntaba maneras de buena moza. Desgraciadamente su esposa murió durante las tercianas simples que azotaron Sevilla unos años atrás y debido a su buena estampa y a su nada desdeñable fortuna, labrada con el trabajo que le proporcionaba su fama, no tardó en encontrar una buena moza, a la que pretendió y rindió, sin invertir más tiempo en ello que el preciso y ella le había dado hasta el momento dos hijos varones, uno que ya contaba diez años y el otro  ocho y una hembra que ya tenía cinco, por lo que formaban una familia de seis miembros.
Vivían en una casa de dos plantas, que era de las pocas, que de esta altura había por la zona. La parte baja la tenía dedicada al negocio de la carpintería y a almacén de maderas, junto al patio, la cocina y el retrete y la de arriba, se utilizaba para el resto de usos. En aquellos días formaban una familia feliz en la que reinaba la paz y la armonía y donde nunca hubo ningún trato de distinción entre los hijos, a parte de la natural de los sexos. Podría decirse, que tampoco les faltaba de nada y Garci lo único que deseaba es que las cosas siguiesen así, pues aunque los últimos años no hubieran sido muy boyantes para la economía sevillana, para él, ciertamente que habían sido de bonanza y  nunca podría agradecerle lo suficiente a su padre  que lo orientase hacia el oficio de la madera y no continuara con el de él, que al final le trajo la desgracia.  Y es que se dedicaba al oficio de picapedrero, en la zona de Sevilla la Vieja, de donde extraían mármoles y piedras procedentes de las antiguas construcciones romanas que allí había y un día de infausto recuerdo para Garci, se le vino encima una columna, que intentaban arrastrar desde su ubicación original hasta el camino, para proceder a cargarla en el armatoste que habían diseñado para tal fin y ocurrió, que se rompieron las amarras y se soltó, yendo a rodar por una pendiente  arrollando a dos de los operarios que dirigían la faena y uno de ellos era su padre, que murió en el acto, tras golpearle en la cabeza, el caulículo de las hojas de acanto del capitel de la columna corintia y de esta forma tan artística abandonó este mundo y él que estaba allí presente, decidió que trabajaría, a ser posible con algo menos contundente que el mármol y por eso escogió la madera.
III
Vicente, sin apellido, simplemente Vicente, era un orate, que vagaba por Sevilla con un cesto de enea bajo el brazo, en el que llevaba almendras, unas veces crudas y otras, garrapiñadas al estilo andalusí. Podía vérsele a cualquier hora del día o de la noche y en todas y cada una de las veinticuatro colaciones con las que contaba Sevilla; aunque nunca cruzaba el río, pues el agua le aterraba; por lo que el arrabal de Triana para él estaba tan lejos como la misma  Roma.
Casi siempre se le veía con una mano colocada haciendo visera y nadie sabía por qué, ya que aunque algunos decían que era para proteger su delicada vista del sol, el gesto lo hacía de igual manera de noche que de día, cuando brillaba el sol o cuando llovía y su vista era realmente extraordinaria. Otros decían, que su esposa había sido atropellada por un carro que venía desbocado por la calle de la feria, aunque cierto era, que no había estado casado y tampoco había conocido más mujer que alguna, que caritativamente se le había ofrecido en la mancebía del Arenal, entre barco y barco. De cualquier manera, no había cristiano, mudéjar o hijo de Israel, que en Sevilla no conociera a Vicente, aunque nadie pudiera dar razón de cuál era su oficio ni de dónde sacaba las peladillas ni siquiera dónde vivía; aunque esto último era obvio: en las calles de Sevilla.
Junto a la puerta de Vib Ragel, en la calle de los Quesos, haciendo chaflán con la del Peral, en una modesta casa, vivía Nuño Rui, con su madre, ya muy anciana, su esposa Azucena y sus cinco hijos, de todas las edades, entre los dos años y los diez. Se ganaba la vida más mal que bien, pescando en el río. Aunque en algunas temporadas no se podía quejar, como cuando había abundancia de lampreas, barbos, corvinas, picones, machuelos, anguilas o de los apreciados albures y ródalos que eran bocado de reyes y que aprovechaba para hacer salazones, con lo que no podía vender o elaboraba harina de pescado, que luego comerciaba como alimento para el ganado. De cualquier manera, disponía de una vivienda, ciertamente modesta, pero que le proporcionaba un acomodo más que digno y  sacaba a su familia adelante y además acababa de hacerse con una pequeña barca, que en aquellos días, un buen amigo suyo que conocía bien el negocio, le estaba calafateando en los ratos que se lo permitía su trabajo en las reales atarazanas.
Nuño había preferido trabajar por su cuenta y vivir fuera del barrio de pescadores y elaborar sus propios productos. Era desconfiado por naturaleza y es que era judío converso y decidió que se relacionaría con el menor número de personas que le fuera posible; pues intuía que ahora no era ni una cosa ni otra y aunque hasta el momento, no podría decirse que hubiera tenido problemas por su condición de cristiano nuevo, no las tenía todas consigo. Además, el sitio en el que vivía, le permitía poder pescar en una zona del río, en el que habitualmente las aguas solían estar más tranquilas y limpias, que las que transcurrían por los barrios de las colaciones situadas más hacia poniente, en las que había más trajín de barcos y gentes, que molestaban más a la presencia de la pesca y él sospechaba que a la calidad de los peces.
IV
En la colación de San Pedro, en un adarvejo allí situado, junto a la iglesia de Santiago el Viejo, vivía una de las escasas familias mudéjares que poblaban Sevilla en aquellos tiempos. Se trataba de la familia de Abdel Alim, compuesta por ocho miembros, entre abuelos, padres e hijos. Abdel se dedicaba al oficio de marmolista y al de alarife, según para lo que se le requiriera y de ambos conocía todos sus secretos; aunque el primero le venía de casta. Y aunque cierto era, que los tiempos dorados para su familia habían terminado, él aún podía sacar a los suyos adelante, más mal que bien. Y ahora recordaba, cuando su padre le refería, que a él  a su vez el suyo y así hasta las generaciones de los gloriosos tiempos que lo fueron en Sevilla, para los creyentes en Alá, El único y en Mahoma, su profeta, cuando a los de su familia les iba  muy bien y se les permitía dirigir grandes obras de construcción y reparar o engrandecer otras. Y él tenía sabido, que sus antepasados habían tenido un gran protagonismo en distintas construcciones de la época musulmana y uno de los más notables fue Abu Ibráhim ben Afiah y así lo atestiguaba una inscripción aún existente en la torre campanario de la iglesia del Salvador, antigua mezquita, en la que junto a un texto que decía:  “En el nombre de Alá clemente y misericordioso, la bendición de Alá sea sobre Mahoma, sello de sus profetas, y el mejor y más perfecto de sus escogidos, mandó edificar la parte superior de este alminar, a fin de que no se interrumpiese el acto de llamar a los fieles a la oración, por haberse destruido de resultas de los frecuentes terremotos ocurridos en la noche del domingo, primer día de la luna de Rabí primera del año 472 de la Hégira. Y concluyose la obra con el beneplácito de Dios y su poderoso auxilio, el último día de la citada luna. Prémiele Dios obra tan meritoria, y dele por cada piedra de las que aquí puso un alcázar en el paraíso”
Y debajo rezaba: “Lo hizo Abu Ibráhim ben Afiah el marmolista”
Abdel y su  familia habían permanecido fieles a su fe en Alá y a Mahoma su profeta, justamente por el orgullo que sentían de ser descendientes de esos grandes artesanos, que tanto trabajaron para engrandecer la gloria de Dios. Hasta el momento, no habían tenido grandes problemas para seguir fieles a su fe, incluso podían visitar con asiduidad  la mezquita,  que desde los tiempos del rey Fernando, se les había respetado y que estaba en los mismos terrenos del adarvejo en el que ellos moraban.


V
Giovanni Cataño, afamado comerciante de telas, tenía su almacén y vivienda  en el barrio de Genoveses, muy próximo a la plaza de San Francisco, en la colación del mismo nombre. Su abuelo vino a Sevilla y se estableció iniciando la saga que él continuaba, dedicándose al comercio de los más diversos géneros textiles, muchos de ellos traídos desde Oriente y que él distribuía desde el puerto de Sevilla a diversos lugares del orbe cristiano y musulmán. La comunidad de genoveses, aunque no muy extensa era ya antigua en la ciudad y muy influyente, de hecho, en agosto del año anterior, el rey Alfonso, había dictado un privilegio en la ciudad de Ávila, eximiendo del pago de la alcabala en todo el reino a los genoveses, por los muy grandes servicios recibidos del “Común de Génova” y especialmente por la toma de Algeciras. Esto venía referido a los vecinos de Sevilla, que era donde residían la mayor parte de los originarios de aquella tierra de Italia. En la misma fecha, el rey, les confirmaba el derecho que tenían de poseer la calle de Génova de su propiedad y “que no pudiera acceder a poseer bienes en ella, a ninguna persona que no sea de esa nación y que quién ya la tuviera, se la debería vender a un genovés tras la oportuna tasación”.
Aprovechando esta situación, Giovanni se hizo con la propiedad de varias viviendas, que ocupaban gentes que no eran genoveses y como quiera, que ya no había nadie de esa condición que necesitase casa, procedió a alquilarlas, cosa que permitía el privilegio del rey, siempre que no hubiese ningún genovés que las reclamase, con lo que logró un considerable beneficio, que le permitió fletar su propio barco e iniciar una ruta de comercio con Inglaterra, que apuntaba a que podría proporcionarle una auténtica fortuna. Su rápido enriquecimiento, le permitió atreverse a pedir la mano de la hija de Juan Arias de Carranza, patrono de la capilla mayor de San Agustín y perteneciente a una de las familias más importantes de Sevilla y cuyo yerno, Alonso González, era el alcaide de las atarazanas y eso a él le vendría de perlas para su negocio naviero.
Una buena mañana, se puso sus mejores ropas, que habían sido confeccionados con los mejores paños de su casa y se dirigió a la residencia de los Carranza, con los que ya había concertado una cita, haciéndole saber sus intenciones, mediante un emisario que había sido enviado previamente por él, junto a un generoso regalo, que supuso sería del agrado de Don Juan y así es como al final de aquel día, se había prometido con su hija Lucía, celebrándose el matrimonio en tan poco tiempo, que hasta dio que hablar, pero unos y otros consideraron que no estaban los tiempos para demoras innecesarias y para acallar hablillas, los esponsales se celebraron en la iglesia Mayor de Santa María y los fastos duraron tres días completos, a los que fue invitado lo más granado de la sociedad sevillana, incluyendo a los regidores del concejo o veinticuatros, a las autoridades eclesiásticas, alguacil y alcaldes mayores y representantes de las más importantes casas nobiliarias, como los Ponce de León; los Guzmán; Stúñiga; condes de Niebla o los Portocarrero de Moguer.
VI
Amalio Monsalve, caballero de linaje de los doscientos, nombrados por el rey Fernando, no había conseguido gran fortuna; pero al menos mantenía sus privilegios y esperaba alcanzar honores en la próxima campaña, que el rey Alfonso estaba a punto de comenzar, que era la restitución de Gibraltar a manos cristianas, tras el éxito obtenido en la toma de Algeciras, en la que Amalio también había participado, aunque ciertamente, con más gloria y honor que beneficios económicos.
Estaba ya entrado en la treintena de años y llevaba casado más de diez, con su esposa Magdalena y tenían tres hijos, dos hembras y un varón. Habitaban una espléndida casa en la colación de San Lorenzo, en la calle del mismo nombre, y a  la puerta de la vivienda, se abría una pequeña placita, que permitía ver la magnífica iglesia, que estaba situada a escasas varas de ella. Además de la soldada que recibía cuando era llamado a la guerra, Amalio detentaba la propiedad de unos terrenos extraordinariamente fértiles, en el Aljarafe, que le habían sido adjudicados por el rey Alfonso, a su bisabuelo, cuando se estableció en Sevilla y adquirió armas y caballo para estar a su servicio, por lo que se le concedió parcela de tierra, como al resto de los doscientos caballeros que poblaron la ciudad en condiciones similares.
Había permanecido más de un año en el asedio a Algeciras, al servicio de don Diego Ponce de León, uno de los nobles más allegados al rey Alfonso y ciertamente que podría decirse que estaba vivo y de vuelta en Sevilla, por la intercesión del mismísimo Santiago Apóstol, al que incluso creyó ver a la grupa de su caballo, cuando cuatro sarracenos le salieron al encuentro a las mismas puertas de Algeciras; pero él, con la imagen de su esposa Magdalena y de sus hijos y la ayuda del Apóstol, primero disparó una saeta a uno de los miembros de la morisma, a otro lo ensartó con su toledana y de los otros, no tuvo más noticia, que la imagen de sus traseros huyendo a través de un postigo de la cerca de la ciudad sitiada. Y bien cierto fue, que el hecho fue presenciado por más de uno de los suyos, que hicieron correr la voz de la hazaña por todo el campamento cristiano, e incluso llegó a oídos del mismo rey Alfonso, que lo hizo llamar a su presencia. Y fue para él aquel, el día más grande, de cuantos había pasado en este mundo. Jamás olvidaría cuando entró en la tienda de campaña del rey y fue saludado por el ungido por Dios Nuestro Señor, para recuperar las sagradas tierras cristianas. Creyó que perdería el sentido, cuando el rey Alfonso, le hizo entrega de una magnífica espada, con empuñadura repujada de marfil, que había sido capturada por sus huestes a un alcaide moro y que ahora le ofrecía a él como señal del orgullo que como rey de todos los que allí luchaban, sentía por el arrojo y el valor que estaban demostrando en el servicio a él y a Dios. Y junto a la espada, le dio un pliego con una carta, en la que le concedía privilegio de posesión de nuevas tierras en la zona de Aljarafe, por lo que aquel día, además de la gloria, obtuvo nuevos bienes, que a buen seguro redundarían en procurar seguridad y felicidad a su familia.
Rafael Lope, vivía en la calle de las Caballerizas, en la colación de San Ildefonso. Ejercía la profesión de albéitar, que le venía de familia. Él solía decir que sus antepasados ya se dedicaban a cuidar las caballerías de los Abderramanes, en el califato de la dinastía Omeya de Córdoba. Y fuese así o no, lo cierto era que su estirpe procedía de la vecina ciudad califal y allí vivieron hasta que su abuelo ibn Muhammad, abrazó la fe de Cristo con el nombre de Rafael Lope, forzado por las cada vez más frecuentes prohibiciones, que se estaban extendiendo desde el reino de Aragón, para poder ejercer la profesión a moros y a judíos; aunque si bien es cierto que en Castilla, al menos por el momento, no se habían llevado a efecto, él decidió cortar por lo sano y emigrar a Sevilla para iniciar una nueva vida y a fe que le había ido bien.
Él, su nieto, tenía un estupendo establecimiento donde se proporcionaba todo tipo de cuidados a los équidos. Disponía de una magnífica herrería, donde se dispensaba el más esmerado trabajo a los animales que pudiera ofrecerse en toda Sevilla. Además poseía los conocimientos y los medios para tratar las dolencias que podían aquejar a caballos, mulas y asnos, o incluso a parientes de dos dedos como los camélidos, si es que alguno quedaba en Sevilla. Era un gran estudioso y era dueño de una biblioteca donde podían encontrarse, entre otras joyas, las obras de Hipócrates o Galeno sobre salud animal, también tenía un ejemplar del “de medicina equorum” de Jordano Rufo o el “tratado de la albeitería” de Abú Zacaría. Podría decirse también, que había sido un buen maestro. Su hijo, que ya contaba veintiséis años, había aprendido la profesión con él, primero como aprendiz, desde los diez años de edad y luego como oficial y a la edad de veintidós ya era un estupendo profesional, tan bueno, que entró al servicio del rey Alfonso, como mariscal de campaña, haciéndose cargo de sus caballos y de hecho, había pasado los últimos cuatro años con él, primero en la campaña de Algeciras  y ahora estaba, preparándose para iniciar la toma de Gibraltar.
Su esposa, desgraciadamente había fallecido haría ya más de veinte años, en el parto de su hija, bautizada con el nombre de Esperanza en honor a ella y que vivía con él, en su casa y hasta el momento soltera. Aunque para desesperación de su padre, ya había rechazado a varios y excelentes partidos; pero ella parecía que estaba más enamorada de los caballos, que de hombre alguno y allí ayudando a su padre a traer potros al mundo o a operar a los caballos que hasta ellos llegaban malheridos o aquejados de los más variados males e incluso ayudando en el herrado, disfrutaba como en ningún otro sitio en el mundo podría hacerlo y es que tenía un don. Su padre se quedaba extasiado mirándola, cuando acercándose a cualquier animal, le acariciaba las crines y le aproximaba sus labios a los oídos y les murmuraba unas retahílas ininteligibles, que sólo ellos parecían entender y conseguía que se tumbaran o que doblaran sus patas o que mostrasen sus cuellos o incluso que con sus hocicos acariciasen el pelo de ella. Las malas lenguas decían que rechazaba a los hombres porque estaba enamorada de los caballos y no sólo es que eso pudiera ser cierto, sino que de ellos envidiaba su belleza, su fuerza, la etérea mirada de sus ojos, la mezcla de fidelidad y sumisión con su espíritu libre. Ellos atesoraban todo lo que ella nunca tendría en aquel mundo, que para una mujer como ella, fuera de aquellas paredes, se mostraba  hostil y esclavizante.

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