16-J
DIES IRAE
Autor: Juan Castell
El séptimo ángel derramó su copa por el aire; y salió una gran voz del templo del cielo, del trono, diciendo: Hecho está.
Entonces hubo relámpagos y voces y truenos, y un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra.
Apocalipsis 16:17-18
15 de julio. Madrid
El vuelo QR071 procedente de Catar acababa de aterrizar en la pista 33L del aeropuerto internacional de Madrid-Barajas. Se trataba de un Boeing 777, de la línea Qatar Airways , que había partido de Doha a las 7:00 AM y acababa de llegar a su destino a las 14:00 AM, con una puntualidad exquisita.
En la aeronave viajaban trescientos cuarenta pasajeros, además de los dos pilotos y los cinco auxiliares de vuelo, que conformaban los siete miembros de la tripulación de cabina. Entre estos últimos, se encontraba la azafata, Anissa Mohammad, una joven de nacionalidad yemení, de veinticuatro años de edad, que tras terminar las últimas obligaciones de su turno y junto a otras dos compañeras, acababa de abandonar el avión adentrándose en la pasarela que daba acceso desde la aeronave a la terminal número cuatro del aeródromo madrileño.
Vestía el bonito uniforme de color morado de la compañía catarí, sobrio y muy elegante, que realzaba su encantadora figura y su bonito color de piel ligeramente tostado.
Nada en su aspecto, podría delatar su pertenencia, a uno de los grupos terroristas islámicos más peligrosos, de cuantos hasta el momento hubiesen nacido a la sombra de la mítica al Qaeda, que para algunos, como para los compañeros de la célula de Anisa, ya no era más que una reliquia del pasado; aunque hubiese marcado un antes y un después, en la lucha por la liberación del Islam de la bota opresora de Occidente. Pero para ellos, sus métodos estaban obsoletos y eran considerados como tibios e ineficaces, para alcanzar los objetivos que deberían justificar su presencia en este mundo, no ya como buenos musulmanes; sino como los mejores. Y por ello, los integrantes de su célula, iban a dar el golpe definitivo, para que Alá el Único y Mahoma, su profeta, reinasen en todo el orbe por los siglos de los siglos y de una vez para siempre fuesen aniquilados todos los que se postraban ante los pies de los hijos de Israel y por extensión, a aquellos, que aún no habían abrazado la fe del Islam, que era ni más ni menos que el resto de la humanidad.
Y para conseguirlo, estaban dispuestos no solo a inmolarse ellos mismos, sino a hacerlo con toda la especie humana, si esa era la voluntad de Dios. Pues si de algo no dudaban, era que su poder es infinito y si así lo quería, exterminaría a todos los hombres de la faz de la tierra, para volver a crearlos a su imagen y semejanza o para no volver a crearla y si, en cambio, era su voluntad que solo sobrevivieran algunos, pues así sería.
Y ellos, no eran más que la herramienta que utilizaría Dios, para que se llevara a cabo lo que tenía que ser y para conseguirlo, ahora disponían de un arma, la más poderosa y destructiva de cuantas nunca hubiese podido construir la mano del hombre. Y ese instrumento, que para Anisa, no era más que el medio con el que Alá los había provisto, para cumplir lo que estaba escrito, ahora iba con ella en su frágil y menudo cuerpo.
Tenía la absoluta convicción, de que nadie podría detectarla con ninguno de los métodos de seguridad existentes en el aeropuerto ni fuera de él. Esa terrible arma corría por sus venas y se estaba multiplicando en progresión infinita dentro de su cuerpo.
Llegaron al extremo del finger y accedieron al vestíbulo, donde se encontraba el punto de control policial para las tripulaciones de los vuelos procedentes de fuera del espacio Schengen. Los dos agentes del Cuerpo Nacional de Policía, que allí se hallaban, estaban teniendo una jornada muy tranquila, aquella mañana calurosa del domingo, 15 de julio.
El policía, Francisco García, y el oficial, Juan Cotillas, charlaban animadamente, sobre el excelente papel que en los últimos tiempos estaba haciendo la selección española de fútbol, en cuantas competiciones participaba y que era la envida del mundo entero. Aprovechando un receso en el paso de tripulaciones, habían llegado a discutir acaloradamente, pues Paco, era un seguidor incondicional del Real Madrid; mientras que el oficial, Juan Cotillas, a pesar de ser manchego, desde su más tierna infancia, la sangre culé corría por sus venas, por lo que la trifulca estaba servida. La presencia de la tripulación del vuelo catarí les hizo que les volviese la compostura.
Cotillas, al tener ante sí la mirada de Anisa, con sus profundos y felinos ojos de color negro azabache, sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral, desde el vestigio coxígeo de la cola de primate, hasta el mismo occipucio, que fuera en su día la primera parte de su cuerpo que asomara a este mundo, cuando su madre lo echó a él, para que lidiase con lo que hubiese lugar. Y ahora se hallaba, ante este aparentemente enjuto morlaco, disfrazado de bella hurí del paraíso de los musulmanes, que le hubiese hecho perder la compostura por algo más que por su exótica belleza, si hubiera sido conocedor de lo que en su interior albergaba; pero solo la perdió, encandilado por lo que a sus ojos se mostraba. Y además, era de Catar, que era el país, que ni más ni menos, patrocinaba al equipo de ensueño, que tenía eclipsado a todo el orbe futbolístico, con su Qatar Foundation, estampado junto al logotipo de UNICEF, en la sagrada camiseta azul y grana, de su amado Fútbol Club Barcelona. Y esto solo, bastó para que ni siquiera mirase la documentación del auxiliar de vuelo de Qatar Airways, que en su mente ya se había tornado, en la más bella creación de la que hubiera sido capaz de crear el mismo Lucifer.
Pasado el estricto control aduanero, la joven, abandonó la terminal y subió su exiguo equipaje de mano al taxi que le conduciría hasta su destino en Madrid.
Con un escueto: “A la calle, Ana de Austria, en Sanchinarro, por favor”, inició y concluyó la conversación con el taxista que la iba a llevar, atravesando los poco más de diez kilómetros, que separaban la T4 del aeropuerto, hasta el piso franco, que había preparado su organización, en ese elegante barrio madrileño.
El taxi se detuvo ante una urbanización, en la que todos los edificios, además de aparentar ser de una excelente calidad, estaban prácticamente recién construidos y en muchos de ellos, podían verse anuncios de venta, sin duda, fruto de la terrible crisis económica y de la debacle del sector de la construcción, que se había producido en España en los últimos años y que sin duda, Anisa y los suyos, se proponían remediar de la forma más expeditiva que cupiese en mente humana.
Tras pagar la carrera, se dirigió a pie hasta la dirección que llevaba anotada en su memoria y que se guardó de dar al taxista, pues de hecho, la vivienda no estaba ubicada en la calle Ana de Austria; sino tres manzanas más al norte. Recorrió el corto tramo disfrutando del paseo, pues aunque el calor era intenso, no era cosa que le pudiese afectar demasiado a una joven que se había criado en las tierras semidesérticas del Yemen. En concreto en la pequeña aldea de Sabwab, situada en el límite entre el gran desierto de Rub al -Jali y las montañas centrales. Y el tórrido verano de Madrid, para ella, no era más que una suave primavera; aunque pudiera parecer una exageración.
Buscó la llave en el sitio que debía estar y no tardó en dar con ella, aunque nadie más hubiese podido encontrarla, sin demoler el edificio.
Ellos, formaban un grupo metódico hasta el extremo más inimaginable. De otra forma, jamás hubieran logrado, lo que hasta el momento ningún otro grupo terrorista había conseguido ni siquiera Gobierno alguno. Y ese apocalíptico milagro, es el que ahora vivía dentro del cuerpo de Anisa y pronto, si sus planes salían como los tenían planeados, en el de millones de seres humanos a escala global.
El piso aún permanecía vacío, como estaba previsto. Ella debía ser la primera en llegar, como ocurrió. Se dirigió a una de las habitaciones, aquella, que le habían asignado para ella y deshizo su mínimo equipaje. Colgó de unas perchas su uniforme de combate y el que ahora llevaba puesto, colocándose la ropa que una buena musulmana debía llevar, que no era otra que el chador. Habían descartado el uso del burka, por si de alguna manera, pudiera dificultar el paso del arma mortal de unos a otros; aunque de vez en cuando, debería descubrirse la boca y las fosas nasales, siempre que los compañeros varones que compartirían con ella la vivienda, alejasen sus aviesas miradas del cuerpo de ella. Así debía ser y así se haría.
Habían decidido, que siempre que saliese a la calle, vestiría al modo occidental y ese sería su uniforme de combate. No deberían llamar la atención en ningún momento y sus órdenes eran permanecer en el más absoluto anonimato, confundiéndose con las gentes que a diario viven y circulan por la cosmopolita Madrid.
El trabajo del grupo era sencillo, se trataba de mezclarse con la muchedumbre, compartir lugares cerrados, preferentemente hacinados de personas y nada más, no era difícil, quizá demasiado sencillo.
Anisa se encontraba bien, no había manifestado aún ningún síntoma ni signo, que revelase la presencia de los efectos del arma que portaba en sus células, que se multiplicaba en ellas y que circulaba por todo su organismo, madurando lo inevitable. Ciertamente que era lo más terrible que mente humana hubiese podido pergeñar; pero ella estaba serena, se sentía en paz. Podría decirse, que comenzaba a experimentar una emoción, que precedería a un éxtasis de trascendencia y de felicidad total, que le proporcionaría la vida inmortal en el paraíso, a la diestra de Alá.
Tendría que comprar provisiones para los próximos días; pero solo lo imprescindible. No estaban allí para celebrar fiestas ni banquetes, lo estrictamente necesario, para mantener sus organismos activos mientras el arma iba haciendo su trabajo. Además deberían permanecer en la vivienda al menos dos semanas, según estaba programado.
Al día siguiente llegaría el resto del grupo, en total siete personas, todos ellos varones y por tanto, la única mujer presente en la casa iba a ser ella, pero esto no le preocupaba en absoluto. La razón de por qué no había más mujeres, ella la desconocía, como el resto de los miembros de la célula operativa que actuaría en Madrid. Solo lo sabía una persona y ese era el líder, al que de entre todos los componentes de la célula solo ella sabía quién era. El resto sabían solo lo que tenían que saber y eso era que él era el enviado de Dios, quizás el mismo Mahoma y en él confiaban ciegamente, tanto, que gracias a él, sabían que en breve, todos estarían en el paraíso.
La mañana del 17 de julio, los ocho integrantes de la célula de Madrid, denominada en clave, ALA, estaban prestos para iniciar la misión. De entre ellos, solo Anisa conocía el significado de esas siglas. No hacían referencia a Alá, como podría parecer, sino a Al-Andalus, la antigua denominación de la España musulmana, que durante casi ocho siglos pervivió en lo que ahora era un estado europeo occidental y cristiano, para ellos, una tierra de infieles, de esbirros del sionismo y un recuerdo vivo, de la más profunda de las heridas, que el Islam recibiera en sus ya más de catorce siglos de existencia. Y por ello, había sido elegida, junto a las tres naciones más odiadas: Israel, Reino Unido y los Estados Unidos de América, como objetivo para iniciar el armagedón.
Benzaid Abdelhadi, de origen yemení; Ali Abu, Ibrahim Asward y Mohammed Al-Malik, libios, junto con, Ibrahim-Al ir; Moatassem Al-Samouni y Zeid Abu Halima, de origen saudí, que con Anisa, formaban la célula ALA , del grupo terrorista más peligroso de cuantos hubiera habido hasta el momento sobre la faz de la tierra. Y todos ellos a las órdenes de un ser desconocido y amado para todos ellos, dieron comienzo la operación, el lunes, día 16 de julio , justo el día en el que se conmemoraba el aniversario de aquel memorable lunes, 16 de julio de 1212, cuando los ejércitos cristianos, comandados por el rey de Castilla, Alfonso VIII, derrotaron al ejército almohade, a cuya cabeza iba el comendador de los creyentes, el gran califa, Muhámmad al-Násir, en la gloriosa jornada de las Navas, que propició el principio del fin de la dominación musulmana de Al-Andalus y que la cristiandad nunca olvidaría; como tampoco lo había hecho el grupo de Anisa, que ahora se preparaba para tomarse una revancha apocalíptica.
La tarde del veinticuatro de julio, Anisa comenzó a sentirse mal, le apareció un exantema por buena parte de su tórax, los ojos comenzaron a enrojecérseles y una picazón comenzó a molestarle la garganta y la nariz. Se puso el termómetro y marcaba 38ºc. Entonces supo que todo estaba funcionando como se esperaba y la cuenta atrás había comenzado. Se sintió tremendamente feliz, con una sensación que nunca antes había experimentado en su corta pero intensa vida de muyahidín. Sabía, que ahora era una de las luchadoras por la fe de Alá más importantes, de cuantas hubieran existido.
Cuando detectó los primeros síntomas de la enfermedad estaba en su habitación orando y al comprobar que el mal ya se estaba manifestando en su primera fase, corrió hasta el salón donde se encontraba el resto del grupo y con un júbilo incontenible se lo comunicó a todos.
La cuenta atrás había comenzado, habían transcurrido nueve días desde que llegara a Madrid y hacía diez, que albergaba el arma en su cuerpo. Estaba dentro del periodo previsto. Si todo seguía dentro de esperado, en los próximos días, comenzaría la fase aguda de la enfermedad y en menos de diez, seguramente, ella quedaría inutilizada como arma de destrucción. Además en este momento ya deberían haberse infectado los siete miembros del comando que allí se encontraban y la mayoría de ellos ya deberían ser infecciosos, por lo que sin más demora, debían prepararse de forma inmediata, para salir al exterior y comenzar a extender la infección entre los habitantes de Madrid.
Así fue como los ocho miembros de la célula ALA , abandonaron la residencia de Sanchinarro dirigiéndose a la red del metropolitano madrileño y en menos de media hora estaban ocupando ocho de las doce líneas con las que cuenta la ciudad.
15 de julio.Tel-Aviv
Abdul Jalil y Seif al Islam, de origen libio; Anwar al Hasam y Nidal Malik, yemeníes, que junto a los iraníes, Haddad-Adel y Mahmoud Rahmati, y los saudíes, Abi Basir y Adila Bin Zayed, formaban la célula terrorista del misterioso grupo ultraintegrista musulmán, que se disponía a asestar el golpe definitivo al actual estado de cosas del mundo conocido. Al frente del grupo se encontraba la joven saudí, Adila Bin Zayed, de veintitrés años de edad, que procedente de Doha, había llegado a Tel-Aviv haría una semana, tomando posesión del piso franco, que la organización había buscado para la célula que formaban junto a ella, un total de ocho elementos, que deberían llevar a cabo la misión que les había encomendado el líder, que para ellos no era otro, que el mismo Mahoma, reencarnado en cuerpo mortal, para dirigir a los muyahidines que harían cambiar definitivamente el mundo dominado por el sionismo y apoyado por toda clase de infieles y que renacería como el paraíso de Dios que anunciaba el Corán.
Habían elegido la ciudad de Tel-Aviv, por ser la más poblada del estado hebreo. Más de tres millones de personas vivían en su área metropolitana y de ellas, cuatro de cada cinco, eran judíos. No obstante, ellos no hubieran tenido reparo alguno en haber hecho lo que se disponían a llevar a cabo, en cualquier otra ciudad, incluida la misma Jerusalén. No tenían en cuenta el número de víctimas musulmanas que pudiera haber; pues ellos eran muyahidines y el resto de los musulmanes, a partir de ahora también y a diferencia de los cristianos y ahí radicaba su debilidad, ellos eran verdaderos creyentes y confiaban de forma ciega en Dios, en su poder omnímodo y en que solo él podía decidir lo que había que hacer en cada momento, para conducir a la humanidad a la conversión a la fe o a su aniquilación, si esa era su voluntad y ellos solo eran su herramienta para llevarla a cabo. Y por tanto, no dependía del sitio que eligieran ni el momento ni cómo ni hasta dónde se extenderían los efectos del arma que iban a liberar, eso quedaba de la mano de Dios. Ellos solo deberían cumplir estrictamente las órdenes que su líder, les había dado y que solo eran conocidas por la cabecilla del grupo, que era la bella y joven mujer saudí.
Habían alquilado un bonito apartamento en la céntrica avenida de King George, frente al Meir Garden y allí, Adila, debía esperar al resto del grupo, que llegaría un día después que ella. Y cuando todos estuvieran juntos, aguardarían el momento que indicase ella para dar comienzo de la operación y a partir de ahí, ejecutarían el plan.
Y así ocurrió, que la mañana del 25 de julio, que en el calendario hebreo se correspondía con el 6 de Av y que pronto para toda la humanidad, si es que quedaba alguien para reparar en ello, sería solamente el cuarto día del mes de Ramadán, Adila, despertó a todos y cada uno de los integrantes de la célula islamista y les ordenó que se pusieran en marcha. La operación AGD había comenzado. El nombre elegido por ella misma hacía referencia al armagedón bíblico y si el plan tenía éxito y ella estaba segura de que así sería, podría ser que se cumpliese lo anunciado en el libro de libros.
A partir de las siete de la mañana y con intervalos de quince minutos entre uno y otro fueron saliendo los integrantes del grupo y la última que lo hizo fue la propia Adila. Se dirigieron a cada una de las seis líneas que constituían la red del Tel Aviv Light Rail; un elemento en cada línea y los dos sobrantes, se dirigieron al más importante de los centros comerciales de la ciudad, el Dizzengoff, donde Adila y su compatriota saudí, Abi Basir, pasarían el día, “de compras”.
En un bonito sillón de diseño situado dentro de la coqueta tienda de Givenchy, Adila hizo un receso y se sentó visiblemente desmejorada. Sacó un pequeño espejo y se miró en él. Comprobó que los ojos estaban muy enrojecidos y unos puntos de sudor salpicaban su frente, haciendo patente la fiebre que comenzaba a hacer su presencia, cada vez de forma más ostensible; pero aparte de eso, no vio ningún estigma más, que denotara el fin del periodo de incubación de la terrible criatura que llevaba en su interior. Así que respiró hondo y continuó esparciendo aquella mortífera simiente, por el abarrotado centro comercial de la capital económica de Israel.
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