viernes, 16 de enero de 2015

¿Muerte en el Savoy?

No podría decir cuántas noches había gastado en aquel antro de excelsa miseria humana, ni los cientos de horas empleadas en la nebulosa audición de sonidos espectrales generados por músicos gastados tras instrumentos eternos, o en la contemplación de las caleidoscópicas imágenes de coristas sin clorofila, marchitadas por la ausencia de luz y el exceso de atmósfera cargada de humo de habanos, de efluvios de ginebra y whiskies de contrabando; de sudores de palabras gruesas lanzadas sin tino confeccionando nieblas de desesperanza y olvido. Cientos, quizás miles de veladas consumiendo la vida extraída por eternas succiones de tripas de cigarros extrayéndole el ánima; de whiskies bebiéndole las entrañas; y de ginebras mezcladas con el sabor de la saliva de besos con lengua de coristas derretidas de voz y de vida. Cientos, miles de noches de lunas ocultadas por paredes de edificios de verticalidad infinita, y de sombras de callejones traseros, cementerios de ratas devoradas por perros, restos que fueron humanos allí dejados repletos de plomo de venganza y celos.
Cientos y miles de noches de jadeos expelidos por conciencias condenadas, de frases esputadas en la desesperanza, en el anhelo del próximo trago, de la eterna chupada del siguiente cigarro, de la turbia visión de la bailarina contorneando su artrosis en un postrer esfuerzo antes de exhalar el último aliento, de los músicos gritando  su alegría impostada con cuernos de metales quiméricos.
Y ahora, el portero afirmaba que no lo conocía, tampoco su amigo del alma negra Ernie, el propietario; ni el detective Fuller; tampoco Chef Antoine, el mago de los venenos culinarios; ni las coristas Lorraine Webster, Terry Shelton o Minnie Lindsay, de nada parecían haberle servido aquellas noches de amor hidraúlico; tampoco le reconocieron Tony Aiello ni Micky Nolan, que le amenazaron con su Magnum del calibre cincuenta cuando se acercó a saludarlos.
Completamente desconcertado atisbó a través de la densa niebla tóxica de humanidad podrida y descubrió a Chester Newman, y lo que le pareció imposible: con él estaba Bob Raphelson, aquel que fuera maestro de Chester y que en palabras de este «llegaba a los tiroteos diez segundos antes que las balas, y que era tan incapaz de vivir en un mundo de buenas noticias que cuando el alcalde pacificó la ciudad, Bobby se marchó de vacaciones a la II Guerra Mundial».
No lograba comprender que es lo que estaba ocurriéndole, aquel escenario espectral sin duda era el establecimiento de su vida gastada, era el Savoy, pero ni el mismo antro lo reconocía. Desesperado intentó recordar, y entretanto se le escapó una lágrima, y se emocionó al comprender que sus ojos aún eran capaces de amamantar su alma; cuando él los creía secos desde que una maldita noche, allí mismo en el Savoy, el amor de su olvido le incinerara el alma.
Y fue entonces cuando a su mente vino una imagen, se vio tumbado y a su cuerpo solo le quedaba sitio para el esqueleto de su cadáver. Comprendió que su aparato digestivo y sus pulmones no habían estado a la altura de su aparato emocional y por ello, justo por ello estaba allí en el Savoy, muerto, era por eso por lo que nadie lo reconocía, ellos también estaban muertos, pero no eran reales, sino el producto de su mente que ahora ya no era nada, solo fuego y polvo, o quizás seguía siendo, y en este caso todos aquellos, sus amigos del Savoy, algún día del resto de la eternidad acabarían reconociéndolo.
Con esa esperanza se subió a su Buick negro y se marchó, quizás para siempre.

Juan Castell, 16 de enero de 2015. Al maestro José Luis Alvite. In Memoriam

Nota: Algunas de las palabras y frases -que en el texto original de Word- están en bastardilla son propiedad del maestro Alvite.

lunes, 12 de enero de 2015

El Tamborilero

Iba por un prado alfombrado de verde esmeralda, veteado de rojas amapolas y amarillas margaritas; entre brezos pardos y diamantinas aguas tornadas violeta por el reflejo de las nubes arrieras de agua; saltando iba el tamborilero, feliz, tocando al ritmo que la música en su imaginación le marcaba.
Marchaba presto atravesando los campos, vadeando arroyos y cruzando montañas, acudía obediente a la llamada del rey, que lo había requerido para que se incorporara a su ejército; pues había declarado la guerra.
A pesar de que su madre lloró amargamente cuando le preparaba el zurrón que ahora llevaba colgado a la espalda, y que su padre le había dicho solo "pórtate como un hombre, y si para ello has de morir muere", iba contento, mucho; jamás había salido de su pequeña aldea, ¡y ahora iba nada menos que a la guerra; para servir a su rey!
Nadie le había dicho que sería tamborilero del ejército, pero supuso que si lo habían llamado, ¿para que otra cosa podría haber sido? Solo sabía tocar el tambor y ordeñar las cabras; quizás también coger castañas cuando de ello era la época, ¡ah! también podía identificar veintiséis clases de pájaros solo con oírlos piar, y distinguir un sapo de una rana por su forma de croar. Pero no creía que eso fuese útil en la guerra; en cambio tocar el tambor marcando el ritmo con el que las tropas debían avanzar hacia el combate..., eso sí que era útil. ¡Esa era la razón de que lo llamara el rey! No había nadie en la comarca, y posiblemente tampoco en el reino entero, que supiese seguir el ritmo como él con el tambor.
Mientras recorría las tierras de aquel reino imaginaba las aventuras que viviría cuando estuviese en la guerra, se emocionaba al pensar que las tropas avanzarían al son que él marcase con su tambor, y empezó a comprender que su papel en el ejército sería muy importante, casi tanto como el del general; pues cuando este hubiese dado la orden de ataque, el resto ya sería responsabilidad del tamborilero, es decir, suya.
Y con estos pensamientos y cada vez más emocionado el tamborilero  siguió caminando, a ratos andando y otros saltando; pues era ese el ímpetu que lo guiaba para servir a su rey, ¡como primer caballero!
Cuando cayó la noche los campos se hicieron de plata, mientras sonaba un tambor entre las sombras que comenzaron a moverse a su ritmo. Supo que eran sus soldados, que incansables día y noche ya marchaban con el ritmo que él les marcaba.
Y a su paso las ranas dejaron de croar saliendo de sus charcas, el búho lo observó con sus ojos de luna, los lobos que aullaban con voces de acero callaron. Un lince soltó al conejo que a punto estaba de devorar. Los árboles movieron sus ramas y ovalando sus copas se dispusieron a escuchar el son del tambor. El río se detuvo y el espejo calmo de sus aguas reflejó la imagen del tamborilero. Y la Luna se descolgó de su techo y bajó para oír y ver qué estaba ocurriendo en aquel recóndito reino. Y el Sol cuando vío a la Luna abandonar su casa y mostrar toda la belleza de su cara oculta quiso acompañarla. Y la noche se hizo día y la primavera verano; y mientras todos los seres vivos detenían sus vidas para verlo y oírlo tocar, los astros, tras miles de millones de años siendo obedientes a las leyes de la física, decidieron abandonar sus órbitas, mientras él, el pequeño tamborilero continuó feliz su marcha al son de su tambor en pos de su rey, ¡que lo había llamado para ir a la guerra!


martes, 30 de diciembre de 2014

Dos historias de fin de año

CENA DE FIN DE AÑO EN RENANIA

Habían trabajado duro para conseguir una mesa tan bien surtida de vituallas como la que orgullosamente aquella noche podía disfrutar aquella familia, humilde donde las hubiera, de aquel pueblecito perdido de Renania.
Hans y Lucila, junto a sus cinco vástagos, tres varones: Stefan, Jacob y Edgar; y las dos chicas: Irene y Ángela, este año tendrían una cena de despedida de año como no recordaba ninguno de los hijos y a decir verdad tampoco los padres. Habían sido tiempos duros los pasados. Guerras, hambre, destrucción, malas cosechas, y la gran mortandad que había azotado aquellas tierras en décadas pasadas, dejándolas esquilmadas de niños, al punto, que tanto en la familia de Hans como en la de Lucila, ellos dos habían sido los únicos supervivientes de entre todos los hermanos.
Pero últimamente parecía que los tiempos estaban cambiando con la apertura de la mina de carbón, que había traído trabajo y prosperidad a la zona, y el futuro, si la guerra que todos anunciaban no llegaba a confirmarse, sería esperanzador -repetía una y otra vez Hans aquella noche para que todos se animaran.
Pero la realidad era otra y allí todos creían que volvería la guerra y, con ella la miseria y la destrucción, por lo que aquella podía ser la última noche de fin de año en la que pudieran disfrutar compartiendo unos manjares alrededor de una mesa.
Lucila sacó el cordero del horno, mientras Hans encendía las siete luminarias del Menorah, y lo disponía todo para rezar a Adonai. Porque, aunque cierto fuese que para ellos no era el fin de año como judíos que eran, los tiempos aconsejaban hacer lo que era correcto a ojos de quienes ahora regían los  destinos de Alemania.
Fue en aquel momento cuando golpearon con la aldaba del llamador de la puerta y todos al unísono se intercambiaron miradas interrogativas. No esperaban a nadie, era la noche de fin de año, por lo que se suponía que todas las gentes de aquellas tierras deberían estar en sus casas disponiéndose a despedir el año. 
Fue Hans quien abrió la puerta y ante él apareció un ser espectral. Era un hombre de edad indeterminada, posiblemente de pelo rubio, oculto bajo la suciedad que lo cubría, alto, casi un palmo más que Hans y extremadamente delgado, aunque el abrigo de paño gastado y desgarrado disimulaba su cuerpo magro.
Solo dijo: "Buenas noches".Y tras eso se desvaneció.
Entre todos ayudaron a acostarlo en un canapé. Lucila le preparó un vaso de leche con miel, Stefan y Jacob, soportando el hedor que despedía, le quitaron las raídas botas; Irene puso a calentar agua; Ángela buscó una manta y lo tapó,  pues cuando recobró la consciencia temblaba aterido de frío.
Lo bañaron y después lo vistieron con ropa de Stefan, que era el más alto de los varones, casi tanto como el visitante, y tras ello lo sentaron a la mesa con ellos y todos se dispusieron a cenar.
Nadie le preguntó nada y tampoco él habló. Comió como si no lo hubiera hecho en meses y, cuando todos hubieron finalizado, el desconocido se puso en pie y simplemente dijo "gracias" y "adiós", tras lo cual se marchó.
A la mañana siguiente Hans halló un manuscrito clavado en su puerta, en él unas palabras: "Mire bajo el canapé en el que anoche me acostaron".
Cuarenta años más tarde todos, excepto Hans que falleció el año anterior recién cumplidos los ochenta años, despedían el año en un apartamento de la séptima avenida de Nueva York, y recordaban aquella noche de fin de año en Renania, cuando un desconocido les había dejado unas valiosísimas gemas junto a un consejo: "Huyan de Alemania. Váyanse a América. El próximo año no será esta tierra para judíos". 
Y Hans hasta el mismo momento de su muerte estuvo convencido de que aquel desconocido había sido enviado por el mismo Adonai, a pesar de que junto a las gemas había una insignia de oro y brillantes del partido nazi y en ella grabado un nombre: Kurt Gerstein. El mismo Gerstein perteneciente al partido de Adolf Hitler que luchó contra los suyos con tal denuedo que le valió el sobrenombre de "El espía de Dios ". 
                                     
EL BAILE

Cuando aquella noche de fin de año Bluma entró en la sala de baile del palacete que el conde de Brunheimer poseía en la campiña Bávara, a todos los presentes se les cortó la respiración, especialmente al hijo del barón, el teniente de fusileros Dietrich von Brunheimer, que supo que aquella pieza que había entrado en su reserva de caza era para él y para nadie más.
Pero no era el único que había puesto los ojos en aquella preciosa joven. Bluma procedía de una familia en otros tiempos muy notable de la propia ciudad de Múnich,  pero que por avatares de la guerra había perdido prácticamente todo su capital y una buena parte de sus propiedades, a lo que se unió la muerte de su padre en una acción bélica; lo cual era evidente que colocaba a la joven en almoneda. Aunque esto no sería impedimento para Dietrich, ni para que los otros jóvenes hijos de terratenientes bávaros allí presentes pusieran sus ojos en una belleza como Bluma, de la cual no había parangón en toda Bavaria, y si  allí no lo había, todos daban por hecho que tampoco en toda Alemania.
Y aquellos jóvenes pertenecientes a poderosas familias, que nunca habian tenido necesidad de buscar el sustento para sus cuerpos, y encontrándose en aquellas edades de las que ostentosa e insultantemente disfrutaban, cierto era que hubieran dado su vida por Alemania, y por una belleza tal como Bluma, pero de momento no por dinero.
Por esas razones iba a ser aquella una noche apoteósica, la primera después de la guerra, que aunque hubiera sido catastrófica para muchos, no tanto lo fue para el barón, que buenos negocios y pingües beneficios obtuvo suministrando al ejército vituallas de todo tipo, y cerveza bávara de su fábrica, solo para la oficialidad se entiende;  y esto se había dado en hablillas entre los habitantes de aquellas tierras, pero era tal su poder que nadie osaba decirlo en su presencia.
Tras las presentaciones de rigor a las que hubo lugar, la orquesta comenzó a tocar un valls inglés, como era costumbre, a este le siguió otro, que fueron continuados por valses vieneses, de los Strauss naturalmente, y mientras esto sucedía, Dietrich estudiaba la estrategia para acechar y dar caza a aquella preciada pieza; aunque tal y como estaban sucediendo las cosas, tanto por el acoso de varios contrincantes, como por el celo que madre y tía le proporcionaban, no parecía que fuese a ser cosa sencilla.
En la primera parte de la velada no consiguió bailar ni una sola vez con Bluma, excepto en un fugaz intercambio de parejas en un minué. Y comprendió que si no desarrollaba una estrategia presta y original podría darse por vencido, incluso antes de que llegase la pausa y sonasen las doce campanadas anunciando el nuevo año.
Tras varias piezas más, de pronto, la orquesta comenzó a tocar una música desconocida para casi todos; excepto para aquel que había ordenado a los músicos que interpretaran la obra. La pista quedó vacía y el teniente de fusileros Dietrich von Brunheimer salió a ella, la cruzó dirigiéndose como el más grácil de los depredadores hacia el lugar en el que se hallaba Bluma.Tras hacer una reverencia ostensible le pidió aquel baile, después de haberlo solicitado como "il faut" a la madre de tan bella criatura.Y fueron tales las refinadas y seductoras maneras con que lo hizo que, Bluma como hechizada, salió a la pista y ,en ella, como sumida en un encanto, inició un baile, suave al principio, para tornarse frenético después, mientras las miradas de todos los presentes se clavaban en la joven y atractiva pareja, con curiosidad al inicio, divertidas después y entusiasmadas las de unos, escandalizadas las de otros, e incluso alguna indignada hubo cuando supieron que bailaban foxtrot, un baile basado en el jazz de los negros americanos y caribeños, cocinado entre otros lugares en el neoyorquino Harlem, y que Dietrich había aprendido en las trincheras del Somme, entre proyectiles ingleses, de los pies embarrados de dos soldados negros americanos que eran capaces de hacer cabriolas en la estrechez de la trinchera, con el barro cubriéndoles los tobillos. Y él, un noble alemán, aprendió de aquellos desheredados de un mísero barrio de Nueva York, que le enseñaron a bailar como los ángeles negros.
Bluma sintió que su cuerpo se tornaba etéreo y que bailaba sin que siquiera la punta de los dedos de sus pies  tocaren el suelo. Ya no veía a ninguno de las decenas de invitados del baile, que absortos los contemplaban, ni tampoco a los músicos, solo escuchaba aquella endiablada música de negros y la figura luminosa de Dietrich, que como un príncipe sacado de un cuento de hadas la conducía al éxtasis de la felicidad completa. Y en aquel baile de fin de año, la orquesta ni se detuvo para anunciar el nuevo año, y  los dos bailarines pasaron del viejo al nuevo mientras bailaban ya solos en la pista, y para ellos también en el mundo, pues ambos ya sabían que la eternidad los esperaba, juntos y para siempre danzando a ritmo de negros, bailando el fox trot.
He escrito estas dos historias en memoria de uno de los más grandes escritores del siglo XX : Stefan Zweig.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Cena de fin de año en Renania

Habían trabajado duro para conseguir una mesa tan bien surtida de vituallas como la que orgullosamente aquella noche podía disfrutar aquella familia, humilde donde las hubiera, de aquel pueblecito perdido de Renania.
Hans y Lucila, junto a sus cinco vástagos, tres varones: Stefan, Jacob y Edgar; y las dos chicas: Irene y Ángela, este año tendrían una cena de despedida de año como no recordaba ninguno de los hijos y a decir verdad tampoco los padres. Habían sido tiempos duros los pasados. Guerras, hambre, destrucción, malas cosechas, y la gran mortandad que había azotado aquellas tierras en décadas pasadas, dejándolas esquilmadas de niños, al punto, que tanto en la familia de Hans como en la de Lucila, ellos dos habían sido los únicos supervivientes de entre todos los hermanos.
Pero últimamente parecía que los tiempos estaban cambiando con la apertura de la mina de carbón, que había traído trabajo y prosperidad a la zona, y el futuro, si la guerra que todos anunciaban no llegaba a confirmarse, sería esperanzador -repetía una y otra vez Hans aquella noche para que todos se animaran.
Pero la realidad era otra y allí todos creían que volvería la guerra y, con ella la miseria y la destrucción, por lo que aquella podía ser la última noche de fin de año en la que pudieran disfrutar compartiendo unos manjares alrededor de una mesa.
Lucila sacó el cordero del horno, mientras Hans encendía las siete luminarias del Menorah, y lo disponía todo para rezar a Adonai. Porque, aunque cierto fuese que para ellos no era el fin de año como judíos que eran, los tiempos aconsejaban hacer lo que era correcto a ojos de quienes ahora regían los  destinos de Alemania.
Fue en aquel momento cuando golpearon con la aldaba del llamador de la puerta y todos al unísono se intercambiaron miradas interrogativas. No esperaban a nadie y era la noche de fin de año, por lo que se suponía que todas las gentes de aquellas tierras deberían estar en sus casas disponiéndose a despedir el año. 
Fue Hans quien abrió la puerta y ante él apareció un ser espectral. Era un hombre de edad indeterminada, posiblemente de pelo rubio, oculto bajo la suciedad que lo cubría, alto, casi un palmo más que Hans y extremadamente delgado, aunque el abrigo de paño gastado y desgarrado disimulaba su cuerpo magro.
Solo dijo: "Buenas noches".Y tras eso se desvaneció.
Entre todos ayudaron a acostarlo en un canapé. Lucila le preparó un vaso de leche con miel, Stefan y Jacob, soportando el hedor que despedía, le quitaron las raidas botas; Irene puso a calentar agua, Ángela buscó una manta y lo tapó,  pues cuando recobró la consciencia temblaba aterido de frío.
Lo bañaron y después lo vistieron con ropa de Stefan, que era el más alto de los varones, casi tanto como el visitante, y tras ello lo sentaron a la mesa con ellos y todos se dispusieron a cenar.
Nadie le preguntó nada y tampoco él habló. Comió como si no lo hubiera hecho en meses y, cuando todos hubieron finalizado, el desconocido se puso en pie y simplemente dijo "gracias" y "adiós", tras lo cual se marchó.
A la mañana siguiente Hans halló un manuscrito clavado en su puerta, en él unas palabras: "Mire bajo el canapé en el que anoche me acostaron".
Cuarenta años más tarde todos, excepto Hans que falleció el año anterior recién cumplidos los ochenta años,  despedían el año en un apartamento de la séptima avenida de Nueva York, y recordaban aquella noche de fin de año en Renania, cuando un desconocido les había dejado unas valiosísimas gemas junto a un consejo: "Huyan de Alemania. Váyanse a América. El próximo año no será esta tierra para judíos". 
Y Hans hasta el mismo momento de su muerte estuvo convencido de que aquel desconocido había sido enviado por el mismo Adonai, a pesar de que junto a las gemas había una insignia de oro y brillantes del partido nazi y en ella grabado un nombre: Kurt Gerstein. El mismo Gerstein perteneciente al partido de Adolf Hitler que luchó contra los suyos con tal denuedo que le valió el sobrenombre de "El espía de Dios ". 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Frenéstomo

Frenéstomo había tocado el fondo de la fosa abisal más profunda que un humano pudiera llegar a explorar, aquella en la que ya no podría hallar a ningún ser vivo por extraño que fuese o por raramente adaptado que estuviese a las condiciones más extremas de supervivencia. Había explorado los confines de la mente humana y hallado lo que ningún ser antes que él ni siquiera había intuido. Cómo había llegado a ese punto ni él siquiera podría explicarlo, pero lo había logrado y con ello la maldición eterna, la de vagar como un ente carente de fin en un universo terrible. Condenado a no morir, pero tampoco a vivir; a la soledad absoluta del permanecer para siempre en la ausencia completa. Y no era Dios quien le acompañaría en su viaje, tampoco las fuerzas del mal, y no se convertiría ni siquiera en una estrella, ni en un átomo; no sería ni un electrón ni un neutrino o un bosón. No sería nada, pero siempre estaría en una eterna ausencia de ser y en una carencia absoluta de no existir. Allí en el fondo, en lo más recóndito de su mente no halló nada, pero sí la respuesta a casi todo. Supo que era un ser inmortal y que tendría toda la eternidad para encontrar la única respuesta que aún le restaba por hallar, aquella por la que la humanidad entera había dado su vida y vendido su alma. Aunque con él la respuesta vagaría por la soledad eterna.
La intensa e inmarcesible angustia que le produjeron estos hallazgos y la certeza de su desgracia fue lo que le hizo recuperar la cordura y comprender cuál era la auténtica naturaleza de la locura.
Y cuando quiso explicar su hallazgo nadie lo escuchó; excepto los psiquiatras que le dieron un diagnóstico y le prescribieron un tratamiento.
Tras unos meses había perdido la memoria y con ella el recuerdo de que por una vez hubo un humano que  había comprendido la locura.
Y gracias al éxito terapéutico todos los psiquiatras y psicólogos del mundo pudieron volver a dormir tranquilos.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Nochebuena

Allí en la Tierra de María de las Américas, en Maryland, en un oscuro y húmedo sótano de un almacén del puerto de Baltimore se hallaba María, una joven recién llegada a los Estados Unidos en un pequeño barco camuflado como pesquero, procedente de Centroamérica; huyendo de la desesperación y de la miseria con un embarazo a término en sus entrañas. En aquel lugar perdido del primer país del mundo se hallaba,  recostada en unos sucios sacos olvidados por el tiempo, con la mano apretada por la de José, su compañero en la miseria y padre del hijo que amenazaba con venir a este mundo, en el lado equivocado, en el de los desheredados de la Tierra.


En Alepo, la que en otro tiempo fuera la perla de Siria, entre los escombros que quedaban de su casa, Amira, con un parto en ciernes, apuraba a sorbos un poco de té que le había servido Adila, la madre de Amir, su esposo, asesinado por la barbarie desatada en aquellas tierras desde hacía ya casi cuatro años. Y en su mente, solo un anhelo: que aquella criatura que pugnaba por salir de su seno tuviera alguna esperanza de vida en este mundo, alejado de la barbarie, del odio y de la guerra. 


En algún lugar olvidado del norte de Nigeria, Fátima, una chica de apenas catorce años, postrada en un mísero jergón, con las lágrimas inundando su jovencísimo rostro de ébano, recordaba los días felices de su infancia en la casa de sus padres, en el calor de un hogar humilde, pero cargado de amor y esperanza. Hasta que un día aciago el mal se acordara de ella, y fuera arrancada de los mismos brazos de su madre por aquellos guerreros de la fe de Alá, que se hacían conocer como Boko Haram. Y ahora, aún solo una niña, transmutada en mujer a la fuerza, y forzada a convertirse en esposa improvisada de un muyahidin, según el miserable a sí mismo se llamaba, en algún lugar perdido se hallaba, en el trance de traer al mundo a una criatura quimérica, fruto de la aberración humana, de la sinrazón y de la guerra. 


En Sierra Leona, en una aldea sin nombre, olvidada por todos, rechazada por el mundo, infectada por el virus de Ébola, con su población diezmada y más que aterrorizada, en un mísero cobertizo,  una mujer madura se hallaba en trabajos de parto para traer a este mundo a su quinto hijo, y que con suerte y si sobrevivía al alumbramiento seria el único; pues de los cuatro anteriores uno ya hacía años que había fallecido, y los tres restantes, en este mismo, se los llevó la maldita epidemia. Como ayuda para traer a su hijo, solo sus manos y las de su hermana, las únicas que el demonio disfrazado de virus había dejado con vida en esta otrora bendita tierra. 


Todo estaba ocurriendo en una noche del mes de  diciembre, del veinticuatro para más señas, del año del Nacimiento del Señor de dos mil catorce; el dos mil cincuenta y dos desde que César Augusto comenzara a contar los tiempos. 


Mi recuerdo en esta noche para los desheredados de esta, nuestraTierra.

lunes, 22 de diciembre de 2014

La lotería de Navidad. Esa fuente de inspiración

¡Treinta y siete mil quinientos cuarenta y cincooooo! ¡Cuarenta millones de euroooos!
Había ocurrido exactamente diez años antes, en un teatro situado a dos kilómetros de donde él se  hallaba intentando hilar unos versos tras una noche de frenesí creador, que resultó tan baldía como la siembra que destruye una helada temprana, o quizá con el jarro que el aprendiz de alfarero no consigue dar forma. Y es que su ilusión, su pasión y su razón de vivir eran conseguir ser poeta; pero o bien la naturaleza le negó el don o su mente estaba en estado de crisálida debiendo evolucionar a mariposa.
El amor no es más que una quimera
El odio es nuestro compañero de las noches sin Luna
La tristeza me rompe el alma...

Y hasta ahí llegó su creación ese día. Y la de los siguientes cinco años.
El escándalo que se produjo en la calle procedente del bar que ocupaba el bajo del edificio donde se ubicaba la buhardilla de Ramón, fue tal frenesí que no tuvo por menos que interesarse por el motivo de tan tremenda alteración de la paz vespertina.
El gordo, había tocado el gordo de la lotería de Navidad.  El 37545 había sido agraciado con tantos millones como estrellas podría abarcar su vista en el firmamento de una noche calma. Además, él llevaba la décima parte de un billete, lo que llamaban -y bien- un décimo. Cuatrocientos mil euros. Eso eran cuatrocientos mil libros de poesía vendidos. Y él hasta ahora solo había vendido algunos versos en el parque del Retiro, escritos a mano y perfumadas ligeramente para que algún novio trasnochado las regalase a su amada; porque ningún editor, ni siquiera underground, había aceptado publicarle nada.
Cinco años de opulencia, de riqueza material, de pobreza del alma; noches y días de alcohol, drogas y amigos de verbena, de tugurios infames, unos con oropeles de diseño y otros con pura mierda. Mierda de personas, mierda de cerebros vacíos de tino, y desbordados de excrementos de tóxicos y de ideas de autodestrucción y apocalípsis Turbas corifeas de aduladores y de alimañas, que pacientes con los dientes afilados esperan la carroña lanzada desde los infiernos por seres espectrales.
Cinco libros de poesía publicados a golpe de talonario. Cinco libros repletos de excremento. Alimento intelectual de seres sobrepasados por los tóxicos y la estulticia desbordada de un cortocircuito de sus inteligencias.
Y al final la UCI, la de su cuerpo y su alma, y por si en los anteriores no estuviese incluida, también la de su alma.
Todos sus órganos corruptos.  Su hígado cirrótico, sus pulmones enfisematosos, su corazón miocardiópata, sus riñones hipofiltrantes, su mente amnésica y como colofón una hiperplasia de próstata.
Solo le dijeron que jamás se acercara a concertar un seguro de vida, que lo despedirían a gorrazos y que si no lo tenía de entierro, que ya podía considerarse un cadáver de beneficencia.
Y una mañana de enero cuando ya el invierno rayaba en hielo le dieron el alta, más para que no hiciese gasto que porque algo le hubiesen curado. A Lourdes debería ir para eso, le dijo ese que siempre va sobrado de humor negro.
Sin dinero, sin buhardilla, sin comida, sin esperanza; enfermo hasta las trancas, con el frio en el mismo tuétano,  se palpó los bolsillos y halló un miserable trozo de lapicero, y del suelo cogio un papel, no era más que una sucia servilleta. Y allí en aquel gélido banco del parque del Retiro escribió unos versos, los más bellos que desde Juan Ramón Jiménez nadie escribiera, según le dijeron cuando cinco años más tarde recibiera el premio nacional de poesía de manos de un onubense, de Moguer justamente. Y cuando él profundamente emocionado recibió el reconocimiento, se lo agradeció a todos, pero especialmente a un número,  al 37545, y a un pequeño pollino, a Platero.
La lotería de Navidad. Esa fuente de inspiración.