lunes, 12 de enero de 2015

El Tamborilero

Iba por un prado alfombrado de verde esmeralda, veteado de rojas amapolas y amarillas margaritas; entre brezos pardos y diamantinas aguas tornadas violeta por el reflejo de las nubes arrieras de agua; saltando iba el tamborilero, feliz, tocando al ritmo que la música en su imaginación le marcaba.
Marchaba presto atravesando los campos, vadeando arroyos y cruzando montañas, acudía obediente a la llamada del rey, que lo había requerido para que se incorporara a su ejército; pues había declarado la guerra.
A pesar de que su madre lloró amargamente cuando le preparaba el zurrón que ahora llevaba colgado a la espalda, y que su padre le había dicho solo "pórtate como un hombre, y si para ello has de morir muere", iba contento, mucho; jamás había salido de su pequeña aldea, ¡y ahora iba nada menos que a la guerra; para servir a su rey!
Nadie le había dicho que sería tamborilero del ejército, pero supuso que si lo habían llamado, ¿para que otra cosa podría haber sido? Solo sabía tocar el tambor y ordeñar las cabras; quizás también coger castañas cuando de ello era la época, ¡ah! también podía identificar veintiséis clases de pájaros solo con oírlos piar, y distinguir un sapo de una rana por su forma de croar. Pero no creía que eso fuese útil en la guerra; en cambio tocar el tambor marcando el ritmo con el que las tropas debían avanzar hacia el combate..., eso sí que era útil. ¡Esa era la razón de que lo llamara el rey! No había nadie en la comarca, y posiblemente tampoco en el reino entero, que supiese seguir el ritmo como él con el tambor.
Mientras recorría las tierras de aquel reino imaginaba las aventuras que viviría cuando estuviese en la guerra, se emocionaba al pensar que las tropas avanzarían al son que él marcase con su tambor, y empezó a comprender que su papel en el ejército sería muy importante, casi tanto como el del general; pues cuando este hubiese dado la orden de ataque, el resto ya sería responsabilidad del tamborilero, es decir, suya.
Y con estos pensamientos y cada vez más emocionado el tamborilero  siguió caminando, a ratos andando y otros saltando; pues era ese el ímpetu que lo guiaba para servir a su rey, ¡como primer caballero!
Cuando cayó la noche los campos se hicieron de plata, mientras sonaba un tambor entre las sombras que comenzaron a moverse a su ritmo. Supo que eran sus soldados, que incansables día y noche ya marchaban con el ritmo que él les marcaba.
Y a su paso las ranas dejaron de croar saliendo de sus charcas, el búho lo observó con sus ojos de luna, los lobos que aullaban con voces de acero callaron. Un lince soltó al conejo que a punto estaba de devorar. Los árboles movieron sus ramas y ovalando sus copas se dispusieron a escuchar el son del tambor. El río se detuvo y el espejo calmo de sus aguas reflejó la imagen del tamborilero. Y la Luna se descolgó de su techo y bajó para oír y ver qué estaba ocurriendo en aquel recóndito reino. Y el Sol cuando vío a la Luna abandonar su casa y mostrar toda la belleza de su cara oculta quiso acompañarla. Y la noche se hizo día y la primavera verano; y mientras todos los seres vivos detenían sus vidas para verlo y oírlo tocar, los astros, tras miles de millones de años siendo obedientes a las leyes de la física, decidieron abandonar sus órbitas, mientras él, el pequeño tamborilero continuó feliz su marcha al son de su tambor en pos de su rey, ¡que lo había llamado para ir a la guerra!


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