miércoles, 2 de abril de 2014

Palindromia


En un país muy cercano para los que en él vivían, donde la luna aparecía por occidente cada mañana y el sol era el dueño de la noche, y en el que la lluvia era de rocío y la nieve de algodón, vivían en sana armonía unos diminutos seres que no eran más grandes que ratones durante la luz lunar del día, y se transformaban en gigantes con la nocturna luz solar; y esto había sido así desde que  el rey Medem fue coronado como soberano del país, hecho que ocurrió mil años antes y desde entonces había permanecido en el trono impertérrito al paso del tiempo. Y aunque nadie sabía por qué Medem no envejecía, algunos decían que era porque no recibía la luz del sol y otros creían que era por lo contrario, pues nadie lo había visto durante el día a la luz de la luna; pero tampoco nadie refería haberlo hecho a la luz del sol.

Todos en Palindromia, que así era como se llamaba este país, desde  que un sabio llegado de unas remotas tierras de Oriente descubrió que aquellas diminutas criaturas de día y gigantes con la noche solar, hablaban solo utilizando palíndromos; aunque ellos no supieron nunca a qué se refería, pero fue tanta la gracia que aquella reflexión del sabio les hizo, que decidieron cambiar el nombre del país, y a partir de entonces se  llamaría Palindromia, aunque hasta entonces se había llamado A Boa Caoba, y nadie recordaba ya por qué.

Pero en aquella tierra feliz comenzó a correr el rumor de que el rey estaba enfermo, y que pronto moriría, y esto alarmó tanto a todos los palindrómicos que no habían pensado que un hecho así pudiera nunca ocurrir, porque si el rey tenía mil años, ¿cómo podría morir ahora?

Por todos los lugares del reino se convocaron asambleas y los enanos hablaban de día a la luz de la luna, y transcurrido el tiempo también lo hicieron gigantes de noche a pleno sol, y esto no había sido visto antes, porque como eran tan grandes no cabían  en ningún recinto, y por ello supieron por qué sus antepasados solo acudían a los actos públicos de día.

Transcurrió un año entero, con sus días lunares y sus noches solares y ya nadie en el país trabajaba ni dormía, ni tampoco hablaba, hasta se empezaron a acabar los palíndromos porque los  fabricantes de palabras estaban tan preocupados por la salud del rey que se olvidaron de crear palabras, y aunque algunos intentaron suplir esta falta, comprendieron que  idear nuevas palabras en el idioma del país de palíndromia resultaba tarea harto complicada. Ana, la más avezada de ellos, solo supo engendrar algunas palabras y frases sin utilidad: «a la patata tápala», «al amanecer asaré cena mala», «aire solo sería». Y los palindrómicos comenzaron a no entenderse entre sí, y la confusión empezó a adueñarse del país.

Natán era un joven palindrómico que hasta aquel momento había ejercido la profesión de apotecario, y como era conocedor de los remedios que proporcionaban las plantas, siempre había sido llamado cuando alguien enfermaba, y desde que comenzaron a circular los rumores respecto a la enfermedad del monarca, se interesó por el estado de salud del rey Medem, y decidió que iría a verlo.

Durante casi dos meses procuró ser recibido por el rey, pero a pesar de que intentó hacerlo por todos los medios que se le ocurrieron, siempre le impidieron entrar a palacio. Preguntó a palafreneros, sirvientes, cocineros, alabarderos, guardianes del sello, mayordomos, alféreces, clérigos, donados, y hasta a nigromantes; y para su completa consternación concluyó ¡qué nadie había visto jamás al rey Medem!

Con sus más negras premoniciones intentó penetrar en el castillo sin ser visto. Pensó hacerlo de noche, a plena luz solar que era cuando las gentes de Palindromia permanecían en sus casas para no aglomerarse en los sitios por su tamaño, pero como ahora nadie dormía, decidió que sería preferible hacerlo en un día de luna nueva, aprovechando la oscuridad del día y su reducido tamaño. Y estuvo en lo cierto, pues no le fue difícil colarse por un resquicio de la gran puerta que guardaba la fortaleza salvando el profundo foso poblado de osos.

Penetró en una amplia sala rodeada de columnas que sujetaban una bóveda que debería llegar hasta el cielo, pues su vista no podía definir dónde se juntaban los arcos que partían de sus basamentos. Después recorrió un sinfín de pasillos y de salas, y resguardado por la nula luz del día de luna nueva, pudo llegar hasta una alcoba en la que había una enorme cama doselada, y en los faldones que colgaban estaba cincelado en letras de oro el nombre del rey Medem. Con suma cautela y atenazado por el miedo a ser descubierto y por la emoción al hallarse ante la presencia del rey a quien nadie parecía haber visto, se aproximó hasta los pies de la cama, trepó por una de sus patas y se encaramó.

Y lo que allí vio lo dejó estupefacto:

Había una momia con una corona de oro y en ella estaba inscrita una frase en latín:

In girum imus nocte et consumimur igni

Y supo que durante mil años en aquel país del palíndromo los habían estado engañando.

Juan Castell, 2 de abril de 2014

martes, 1 de abril de 2014

La medalla al valor


Ramón se hallaba allí justo frente al edificio que había sido proyectado para convertirse en la futura Facultad de Medicina, en aquel complejo que sería la envidia de Europa bautizado como Ciudad Universitaria. Su misión era la de asaltar aquellas aulas que  estaban destinadas a adiestrar a los alumnos en el noble arte de la Medicina, pero él debía mancillarlo para crear una cabeza de puente que avanzase en la consecución del fin último que era conquistar Madrid y ganar aquella maldita guerra para el bando de los que él servía.

Procedente de un pueblo de la Mancha, no era él persona gustosa de usar armas y aún menos contra sus semejantes, su única experiencia había consistido en el uso esporádico de una vieja escopeta Sarrasqueta de su abuelo contra algún desdichado conejo que surcaba veloz los campos de la Mancha, y hasta de eso se arrepentía, pero llegó un día en el que se hallaba preparando su equipaje para marchar a Granada, ciudad en la que pensaba iniciar sus estudios de Literatura, y  fue advertido por su abuelo -persona avezada donde las hubiera y veterano de las guerras de África-, de que algo gordo se estaba cociendo en el país y le pedía que tuviese mucho cuidado en la ciudad de la Alhambra. A partir de entonces todo sucedió muy rápido, en Granada conoció la sublevación militar, el alistamiento forzoso, su apresurada instrucción, el cambio de un cuerpo de ejército a otro y ahora se hallaba allí frente a aquellos terrenos que habían nacido para ser sagrados templos del saber y reconvertidos en las puertas del averno, y él en alimaña depredadora procurando aniquilar a aquellos que creía los cancerberos del mismo infierno.

En el curso de estos meses había sufrido dolorosas pérdidas de amigos, familiares y sobre todo había experimentado el embriagador sabor amargo de dar muerte a un semejante. Ocurrió en Badajoz cuando su columna avanzaba conquistando uno tras otro todos los objetivos que les iban marcando, y allí en aquel recóndito lugar perdido en su memoria, una figura humana surgida de la nada, un arma que refulgía con el primer sol de la mañana y en acto instintivo una bala salida de su fusil atravesaba el corazón de aquel desdichado, el cual antes de expirar su último aliento aún pronunció una última palabra «Jimena».

En aquel momento no supo o no quiso interpretar los sentimientos que le produjo el hecho de haber quitado la vida de un semejante. Las justificaciones eran fuertes, pero el pesar por la certeza de haber cercenado una existencia también. Ebrio por el torbellino de emociones anestesiadas por el fragor de la batalla rebuscó las pertenencias de aquel desdichado y en su mochila encontró envueltas en un pañuelo de seda, que olía lejanamente a jazmín y cercanamente a pólvora y muerte, un taquito de cartas y en ellas por delante con letra redonda, preciosa y tímida un nombre: Manuel García Español, y por atrás un simple “Jimena”.

Y en las noches de espera para entrar en acción en aquel maldito frente de Madrid, fue desgranando la historia de aquel ser humano que él mismo le había aliviado el alma separándola de su cuerpo mortal. En aquellas cartas, un amor apasionado se abría como una flor desde el capullo, mostrando los sentimientos más tiernos que en el mundo pudiesen existir, cada palabra allí escrita parecía haberlo sido en la creencia de que sería la última, y que por ello nada podía dejarse para más tarde. Solo veinte cartas que narraban toda una vida de felicidad, de creación de nuevos seres, de una vida plena y gozosa en compañía de los dos amados, una vida ficticia, que solo existía en aquellas cartas y cuya vida había sido plasmada en unos borrones atinados de tinta derramada con finura en un papel, ligeramente perfumado a jazmín y pólvora. Una vida que él había frustrado con un certero disparo directo al corazón de Manuel, que había roto también el de ella, el de Jimena, y a la vez todos los hijos, todos los días y los años de felicidad que a ambos les esperaban. Y supo que él no había matado a un soldado enemigo; sino a toda una estirpe, a una generación de gente buena y enamorada que habrían limpiado la podredumbre que rezumaba por sus cuatro costados esta España maldita en la que ahora vivía.

Y en aquel momento, allí frente a lo que iba a ser la Facultad de Medicina en el complejo universitario más moderno de Europa, se sintió un genocida y se convenció de que no debería seguir viviendo. Se puso en pié y con su fusil enhiesto, caminó, luego marchó y corrió en un desenfrenado viaje hacia la búsqueda del fin que creyó merecer. Las balas surcaron el viento y rozaron todas las partes de su anatomía, parecían dispararle desde todas las aulas, desde la biblioteca, la sala de disección, los laboratorios; creyó ver a don Ramón y Cajal vestido con su bata blanca que le apuntaba con una  Sarrasqueta, y…

Cuando despertó diez días más tarde en un hospital de sangre, frente a él  había un coronel, tuerto, manco y cojo que le prendía en la chaqueta de su pijama una medalla vistosa con la bandera roja y gualda y un águila de San Juan, al tiempo que le decía: “Muchacho tú eres la sangre de la Nueva España!. 

1 de abril de 2014, 75º año de la victoria.
Juan Castell

lunes, 31 de marzo de 2014

Atrapada al otro lado del espejo


El cambio de hora lo estaba matando. Llevaba más de dos horas intentando conciliar el sueño, pero el artificio ideado por la más perversa de las mentes humanas, consistente en alejar la hora oficial de la solar, estaba haciendo en él estragos. Tomó su segundo comprimido de Lorazepam y con una más que evidente ansiedad se propuso dormir, pues sabía que era importante que a la mañana siguiente su mente y sus manos estuviesen bien afinadas:

Debía afrontar una de las más complicadas intervenciones quirúrgicas, y pocos cirujanos además de él eran capaces de llevarla a cabo con éxito. En sus manos estaba la vida de una niña cuyo corazón había sido mal diseñado en su factoría materna, y era él quien debería procurar restañar tamaño error de la naturaleza.

Era preciso alejar de su mente cualquier preocupación y pensar en otra, ya que si no lo lograba estaba seguro de que no conseguiría vencer el estado de vigilia en el que hallaba. Por ello dejó vagar su mente, y se vio frente a un espejo, observándose y maravillándose al comprobar que su cuerpo era el más bello que jamás hubiese sido reflejado en aquel cristal. Se imaginó dialogando con él, y que le decía lo agraciado que era y cuanto le placía poder mostrar la imagen de un ser tan perfectamente diseñado y concluido como aquel que poseía. Se sentía halagado y henchido de amor por sí mismo, estaba viendo reflejada la misma imagen de un adonis con su propio rostro culminando aquella pieza que era el cénit de la perfección.

Pero hasta ahora no había reparado, tan extasiado como estaba admirando su figura, en que iba ataviado a la guisa que usan los cirujanos en el quirófano, con la bata verde anudada a la espalda, los zuecos azules, los guantes de nitrilo azul; pero con la cabeza y la cara descubiertas, y pensó que un ser tan  perfecto como él estaría dispensado de tener que cubrir su rostro con tan desagradables aditamentos.

Pero se equivocó cuando observó la imagen reflejada de unas manos enguantadas de azul que le colocaban un gorro de color verde, y sin que él pudiera evitarlo, también una mascarilla que fue anudada convenientemente en la parte posterior de su cabeza. Y cuando comprobó que su excelsa figura ya no se reconocía con aquel disfraz, pugnó con desesperación por arrancarse la máscara que ocultaba su identidad. Sintió que sus manos estaban atrapadas y que le resultaba imposible hacer lo que tanto deseaba. De repente su imagen desapareció en el espejo y su lugar lo ocupó la figura de la pequeña a la que a la mañana siguiente debería reparar su defectuoso corazón.

Miró a su izquierda y no la vio, a su derecha y tampoco; él estaba vestido con las ropas de quirófano, pero la niña no estaba junto a él; sino en el espejo. La llamó, gritó, lo hizo una y otra vez, y en el rostro de la niña comenzó a  dibujarse un gesto de incomprensión que se tornó en miedo, y comenzó a llorar y después a gritar, repitiendo una y otra vez:“Me he quedado atrapada al otro lado del espejo”.

Corrió, buscó algún instrumento contundente y halló un martillo, y con él fue hasta el maldito engendro; la niña continuaba gritando que había quedado atrapada al otro lado del espejo. Se preparó para golpear el maligno cristal que había atrapado a la niña, y en aquel momento ella se desprendió de su camisón dejando a la vista su pecho desnudo y en su centro una gran oquedad. Y aterrorizado comprobó que no tenía corazón.

Completamente desesperado dudó un instante y decidió martillear al monstruo que había atrapado a la niña y le había robado el corazón. Y supo que solo él podría salvarla.

Sudoroso, excitado y sin aire en los pulmones realizó una profunda inspiración emitiendo el sonido que habría hecho una ballena tras una prolongada inmersión, y comprobó que aun eran las cuatro de la madrugada.

31 de marzo de 2014….protestando por el cambio de hora

Juan Castell

viernes, 28 de marzo de 2014

El escritor mate


Lo había procurado con todo su ahínco desde que tuvo uso de razón. Emborronaba hojas y hojas de cuartillas con  la imagen de un galgo veloz atrapado en la fina lámina del esmerado papel que gustaba usar para escribir aquello que nunca lograba.

Nadie se atrevió a decirle que lo dejase, que sus intentos por crear unas frases que pudiesen emocionar a alguien eran vanos. Todos veían la ilusión que emanaba de sus labios cuando hablaba de aquellos escritos que dejaba cincelados con sus lápices de la marca Faber Castell en sus cuartillas galgo. Pero aparte de la calidad de los materiales que usaba nada más refulgía en aquellos escritos.

Acabó la escuela primaria y el bachiller con  decoro, pero sin brillantez alguna y decidió dedicar sus pasos a la literatura, quería alcanzar su sueño de aprender a plasmar aquello que en su cabeza le parecían maravillosos e increíbles relatos, bellísimos poemas y las historias más mágicas que jamás lector alguno hubiese disfrutado, y pensó que si adquiría la técnica que le ofrecerían en la universidad, sin duda lo conseguiría.

Y se fajó como ningún otro estudiante de la Facultad de Letras. Comenzó leyendo a los clásicos griegos, continuó con los romanos, se atrevió con los persas, los árabes, judíos, y devoró toda la literatura medieval que en sus manos cayó, continuó con los renacentistas, los barrocos, románticos, modernistas…Pero nadie le dijo que sus escritos le emocionasen, ningún compañero le alabó su trabajo, no hubo ni un profesor que le animase a seguir por la senda de la creación. Hasta que un día conoció a Jimena. Era esta una preciosa jovenzuela que vendía chucherías y cigarrillos sueltos en un destartalado Kiosco que se situaba justo en la esquina que había frente a su facultad. Y a él le pareció que tenía los ojos más bellos que jamás hubieran existido en la Tierra desde que la creación puso en ella al primer ser dotado con el sentido de la vista. La luz que reflejaban aquellos dos luceros, sin duda era el recuerdo del estallido de la partícula que originó el Universo. Quedó paralizado al verla y supo que ahora podría crear los versos más bellos que jamás se hubiesen escrito, y marchó a buscar su lápiz alemán y sus cuartillas con los veloces perros marcados al agua, y lo intentó, y lo hizo una y otra vez, hasta mil veces, y cuando creyó que su trabajo era perfecto lo enseñó a unos y a otros; a alumnos y profesores; a taberneros y coristas; a todos los que se cruzaban en su camino, pero ninguno de ellos mostró el menor atisbo de emoción al leerlos. Algunos disimularon, otros, balbucieron unas palabras de elogio, y los hubo que se atrevieron a decirle a la cara lo que antes no había oído, pero no escuchó ni una palabra de elogio, ni un hálito de ánimo.
Desesperado fue a la busca de la niña de ojos cuánticos, y ella lo miró, le sonrió y le preguntó:
¿Por qué tu mirada es mate?

Juan Castell.
Ciudad Real 28 de marzo de 2014

jueves, 27 de marzo de 2014

El escritor loco

Aquel tipo estaba tan desequilibrado que hasta su psiquiatra le dijo que no padecía enfermedad alguna, lo que confirmaba sin duda el diagnóstico, Y si aun cupiese alguna duda también fue ratificado por los más eminentes psicólogos del país. Y solo le recomendaron que se buscase un perro.

Una mañana en la que se levantó eufórico, fue directamente al cajón de su escritorio, extrajo un colt 45, y apoyó el cañón sobre su sien izquierda. Había tenido una inspiración y se disponía a ejecutarla, cuando reparó en que su perro, receta de sus terapeutas, lo estaba mirando fijamente con ojos de súplica.

Al día siguiente, cuando la depresión lo amarró a la cama, el can  le llevó hasta el pie de su lecho, su cuenco con el mejor de los piensos, y un poco de agua.

Un año después, el vagón de tabaco que había consumido a lo largo de su inane vida, le pasó factura, y le diagnosticaron un cáncer de pulmón en estado terminal; pero para asombro de todos, aquel cerebro enfermo rechazó las metástasis y el tumor decidió abandonar su cuerpo.

Cuando tras diez años su perro murió, aquel escritor fracasado escribió un obituario, que años más tarde haría emocionarse hasta al mismo rey de Suecia.

Juan Castell 17 de marzo de 2014

sábado, 1 de marzo de 2014

Nadie

                            Nadie
El viejo policía supo que aquel cadáver era el de un escritor cuando leyó la lista de la compra que halló en uno de los bolsillos del desdichado. El informe de la autopsia concluía que  había muerto como consecuencia del argumento de su propia vida.
Al día siguiente un diario publicó una escueta reseña del suceso, y aquel editor que un día sopesó la idea de publicarle una obra, con la página en la que se escribió el obituario envolvió una botella.
Encontraron el apartamento del miserable autor atestado de manuscritos, y concluyeron que padecía síndrome de Diógenes; pero cuando veinte años más tarde se publicaron sus obras completas, todos en el mundo literario se jactaron de haber sido sus amigos.

jueves, 2 de enero de 2014

El ermitaño

Estaba el ermitaño en su cueva ajeno a todo lo que ocurría en el mundo, cuando una visita le importunó. Y tras invitarle a entrar, el forastero le dijo:

-En esta que es la última noche del año, sólo piensa cenar ese mendrugo de pan, ese pequeño pedazo de queso, y agua?

-No, ni siquiera eso, ahora solo justo la mitad, pero le doy gracias a Dios porque ya no cenaré solo.

Siempre hay algo que agradecer.