Aquel tipo estaba tan desequilibrado que hasta su psiquiatra le dijo que no padecía enfermedad alguna, lo que confirmaba sin duda el diagnóstico, Y si aun cupiese alguna duda también fue ratificado por los más eminentes psicólogos del país. Y solo le recomendaron que se buscase un perro.
Una mañana en la que se levantó eufórico, fue directamente al cajón de su escritorio, extrajo un colt 45, y apoyó el cañón sobre su sien izquierda. Había tenido una inspiración y se disponía a ejecutarla, cuando reparó en que su perro, receta de sus terapeutas, lo estaba mirando fijamente con ojos de súplica.
Al día siguiente, cuando la depresión lo amarró a la cama, el can le llevó hasta el pie de su lecho, su cuenco con el mejor de los piensos, y un poco de agua.
Un año después, el vagón de tabaco que había consumido a lo largo de su inane vida, le pasó factura, y le diagnosticaron un cáncer de pulmón en estado terminal; pero para asombro de todos, aquel cerebro enfermo rechazó las metástasis y el tumor decidió abandonar su cuerpo.
Cuando tras diez años su perro murió, aquel escritor fracasado escribió un obituario, que años más tarde haría emocionarse hasta al mismo rey de Suecia.
Juan Castell 17 de marzo de 2014
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