Lo había procurado con todo su ahínco desde que tuvo uso de razón. Emborronaba hojas y hojas de cuartillas con la imagen de un galgo veloz atrapado en la fina lámina del esmerado papel que gustaba usar para escribir aquello que nunca lograba.
Nadie se atrevió a decirle que lo dejase, que sus intentos por crear unas frases que pudiesen emocionar a alguien eran vanos. Todos veían la ilusión que emanaba de sus labios cuando hablaba de aquellos escritos que dejaba cincelados con sus lápices de la marca Faber Castell en sus cuartillas galgo. Pero aparte de la calidad de los materiales que usaba nada más refulgía en aquellos escritos.
Acabó la escuela primaria y el bachiller con decoro, pero sin brillantez alguna y decidió dedicar sus pasos a la literatura, quería alcanzar su sueño de aprender a plasmar aquello que en su cabeza le parecían maravillosos e increíbles relatos, bellísimos poemas y las historias más mágicas que jamás lector alguno hubiese disfrutado, y pensó que si adquiría la técnica que le ofrecerían en la universidad, sin duda lo conseguiría.
Y se fajó como ningún otro estudiante de la Facultad de Letras. Comenzó leyendo a los clásicos griegos, continuó con los romanos, se atrevió con los persas, los árabes, judíos, y devoró toda la literatura medieval que en sus manos cayó, continuó con los renacentistas, los barrocos, románticos, modernistas…Pero nadie le dijo que sus escritos le emocionasen, ningún compañero le alabó su trabajo, no hubo ni un profesor que le animase a seguir por la senda de la creación. Hasta que un día conoció a Jimena. Era esta una preciosa jovenzuela que vendía chucherías y cigarrillos sueltos en un destartalado Kiosco que se situaba justo en la esquina que había frente a su facultad. Y a él le pareció que tenía los ojos más bellos que jamás hubieran existido en la Tierra desde que la creación puso en ella al primer ser dotado con el sentido de la vista. La luz que reflejaban aquellos dos luceros, sin duda era el recuerdo del estallido de la partícula que originó el Universo. Quedó paralizado al verla y supo que ahora podría crear los versos más bellos que jamás se hubiesen escrito, y marchó a buscar su lápiz alemán y sus cuartillas con los veloces perros marcados al agua, y lo intentó, y lo hizo una y otra vez, hasta mil veces, y cuando creyó que su trabajo era perfecto lo enseñó a unos y a otros; a alumnos y profesores; a taberneros y coristas; a todos los que se cruzaban en su camino, pero ninguno de ellos mostró el menor atisbo de emoción al leerlos. Algunos disimularon, otros, balbucieron unas palabras de elogio, y los hubo que se atrevieron a decirle a la cara lo que antes no había oído, pero no escuchó ni una palabra de elogio, ni un hálito de ánimo.
Desesperado fue a la busca de la niña de ojos cuánticos, y ella lo miró, le sonrió y le preguntó:
¿Por qué tu mirada es mate?
Juan Castell.
Ciudad Real 28 de marzo de 2014
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