martes, 14 de julio de 2015

Vida -casi- Eterna

— ¿Qué haces? —le preguntó la tortuga a una abeja que se había posado en una bella flor, justo en la ribera del arroyo en el que ella pacía, con la displicencia del ser que se creía casi eterno.
—Trabajo. Chupo néctar de esta flor para llevarlo a mi colmena.
— ¿Para qué trabajas con tanto afán?
—Para que la colmena pueda sobrevivir. Y, porque es mi obligación.
— ¿Quién te obliga?
—Nadie…no sé…no lo he pensado…
— ¿Tú, es que no piensas?
—No,…yo trabajo, para pensar ya están los zánganos, allá en la colmena.
— ¡Ah!, ¡claro!: los zánganos. Ellos piensan y tú trabajas…mmm…
—A mí no me molesta. Pensar debe de ser muy aburrido. Pero, ¡calla!, que no me dejas chupar.

Y, la tortuga, muy lentamente, con el privilegio que le otorga su vida casi eterna, se fue alejando de la flor y de la abeja, mientras en su mente rumiaba una conclusión, de aquella intensa, pero brevísima —dada su longevidad— charla con la abeja: zánganos que piensan…abejas que trabajan y chupan…, mmm…, muy interesante, pero lo dejaré para más adelante…tengo tanta vida, que una reflexión tan jugosa he de dejarla reposar.

Es lo que tienen los seres que se creen inmortales, que los pensamientos siempre los dejan para…otro día.

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