miércoles, 15 de julio de 2015

Muerte en las tierras altas de Escocia


Va caminando por el empinado sendero de piedra, flanqueado por prados verdes y rojos, en el que orondas y lanudas ovejas pastan la deliciosa hierba fresca, salteada con algún bocado de brezo rojizo, aquel que le confiere el encanto a aquellas tierras altas de Escocia.

Con el sol del norte, su brillo matizado de melancolía, y su anémica luz envidiosa de la fuerza del sur, y de las secas tierras de oriente, allí donde su esplendor es tal que ni el agua osa hacerle sombra.

Caminaba aquel anciano despacio, casi parado, por aquella empinada cuesta. A sus espaldas miles de leguas de días gastados en duros trabajos, en ilusiones perdidas y alguna alegría liviana; todos los dientes perdidos, menos dos que le restan; igual que los hijos, excepto uno que marchó a América.

En sus recuerdos de densa niebla y negrura infinita, la imagen de una mujer, que cree que fue un día esposa suya, y una humilde casa de paredes de piedra en la ribera de un mar bravío, donde los hombres se hacen peces y estos se transforman en hombres tras ser comidos.

Y, aquella cuesta de dura piedra, tornada blanda por la duermevela de sus sentidos, el aire frío y denso, como barro de humo tornado liviano, por mor del acecho del abismo del fin de la vida.

Aquel, que más que viejo es ya decrépito anciano, está al final del trayecto, justo sobre una cima, el paisaje verde, rojo y amarillo, veteado de manchas de algodón de las ovejas que pastan entre lagos de negras aguas donde dicen que aún los monstruos existen. Pero, él ya está en su morada eterna, ya llegó al fin de su vida.
Y, allí junto al camino de piedra de empinada pendiente, justo en el lugar donde se cree que habitan los dioses de las gentes de las tierras altas de Escocia, un ser anónimo a quién ya nadie recuerda, ha ido a dar con sus gastados huesos forrados solo de seca piel, justo contra la tierra.

Allí queda varado, como tantos otros  seres vivos, con conciencia o sin ella, con filosofía o simplemente con vida vegetativa y, puede que todos se conviertan en turba y, quizás un día, sean quemados para calentar a otros, que ni siquiera  tengan conciencia, pero, sin duda, todos quedaran en espera a que en el fin de los días juntos regresen a su estrella.

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