miércoles, 20 de noviembre de 2013

La muerte de Buenaventura Durruti (de la novela Sombras de Luna Roja)

El asalto final de las tropas de Franco estaba en todo su apogeo y la caída de Madrid en manos del bando sublevado era cuestión de días. Madrid entero se había convertido en una barricada y los defensores de la capital, estaban haciendo un esfuerzo ímprobo, para evitar la toma de la ciudad por los nacionales. En ello estaban, dando el máximo, tanto el ejército regular de la República, a las órdenes de Miaja, Rojo, Líster o Galán; como los milicianos de las columnas anarquistas de los Durruti o Mera. Y siempre asesorados, apoyados y abastecidos, por los militares rusos y por los miembros de la poderosa NKVD, al mando de los que estaba en aquel tiempo, el consejero militar jefe del Ejército Rojo Yan Berzin, conocido también por “Grishin” y “Donizetti”. Mientras unos peleaban en las líneas de frente, otros, se dedicaban a masacrar literalmente a los supuestos miembros de la quinta columna, que eran todos aquellos que a juicio de prácticamente cualquiera de los defensores de Madrid, pudieran desprender algún aroma a los que llamaban de forma genérica fascistas, en los que se incluían todas las gentes de derechas, el clero, y las personas temerosas de Dios. Pero también cualquiera que no estuviese señalado por su amor incondicional a la izquierda, o, que al menos lo fingiera. Y con todos ellos estaban haciendo riza, como si de no dejar simiente se tratase. Tras darle muchas vueltas, pensó que podría cruzar la línea del frente de dos formas: con la ayuda de la inmunidad diplomática de Schlayer, o bien, suplantando la identidad de Walter Pérez. En el primer caso, necesitaba que el cónsul en funciones le diera el visto bueno y que además estuviese dispuesto a correr ese riesgo por él. En el segundo, esperar que se lo tragasen unos y otros; y que aún así, no decidieran quitarlo de en medio. Optó por hablar con el diplomático, y dejarle caer, que pensaba abandonar la casa y cruzar el frente. Y esperar la ocasión de que pudiera hacer algún comentario que le permitiese plantear una cuestión tan delicada como aquella. Se dirigió hacia el despacho del cónsul, llamó a la puerta y como nadie le contestó, abrió, comprobando que allí no había nadie. Sobre la mesa había un ejemplar de ABC de ese mismo día 19 de noviembre de 1936. Le extrañó, que en su portada apareciese una fotografía del museo de la guerra de Sebastopol, y enmarcado, un titular que rezaba: “Estampas de la Rusia actual”. Y no le pareció que fuese esa la noticia que preocupase a los madrileños aquel día. Hojeó el diario y vio las fotografías de las operaciones en el frente y en titulares de la primera página el “Parte Oficial de Guerra”; y en él se destacaba que el avance de las tropas facciosas había sido frenado y se continuaba resistiendo. Incluso que se estaba recuperando terreno. Dejó el periódico y sobre la mesa del diplomático vio una cámara fotográfica Leica y tuvo una idea. No se lo pensó más, buscó un lápiz y un papel, y le dejó un mensaje a Schlayer: “Lo siento, he tomado su cámara de fotos, prestada. Espero poder devolvérsela. Le quedo eternamente agradecido. Walter Pérez”. Con la cámara al cuello, portándola de una manera ostentosa, abandonó la casa. Tomó la calle Abascal en dirección a la Ciudad Universitaria. Le separaban unos dos kilómetros escasos y se dispuso a hacerlos a pie, pero llevando el máximo cuidado, para evitar a los numerosos elementos que estaban en plena faena en la defensa de Madrid, y que iban o venían de los distintos frentes. Y que todos y cada uno de ellos eran enemigos potenciales para su integridad física; por lo que mientras no fuese inevitable, debería intentar permanecer invisible para ellos. Mientras cubría el tramo que aún le restaba hasta llegar a la Ciudad Universitaria, barajaba las opciones que había, para cruzar la línea del frente. Podría intentarlo cuando hubiese caído la noche, pero en ese caso, el riesgo sería extremo; ya que lo más fácil era que alguien le acertara con un disparo antes de dejarle explicarse. Y esto podría ocurrir, tanto a la salida de un lado del frente, como a la llegada al otro. En cambio, si lo hacía a plena luz, debería procurar que su apariencia no dejase dudas de que era un reportero, y si alguien le disparaba, al menos que creyera hacerlo contra un periodista y no contra un desertor o un infiltrado. En ningún caso iba a ser fácil. Cierto era que contaba con su acreditación como periodista del Daily Mail y la Leica, pero no parecían suficientes reclamos como para que pudieran ser vistos a distancia. Y entonces pensó, que podría improvisar un peto para llevarlo bien visible y en el pudiese escribir algo que lo identificase. Buscó a alguien que no pareciese sospechoso de ser algo más que un ciudadano de a pie, y le costó cierto trabajo, pues todos le parecían milicianos, bien fuesen del partido comunista, de la CNT, o de cualquiera de las otras facciones afines; pues tal era la paranoia que comenzaba a invadirle. Pero se cruzó con una señora de mediana edad, que llevaba en brazos a un pequeño con la cara sucia y llena de mocos, y que prácticamente tuvo que retenerla para poder preguntarle; pues se la veía completamente aterrorizada. Sin que consiguiese calmar su miedo, logró que le señalara la ubicación de un establecimiento que podría servir a sus propósitos, y cuando quiso darle las gracias, la mujer ya se había alejado lo suficiente de él en su precipitada carrera, como para que ya no mereciese la pena. Se trataba de un pequeño establecimiento que lucía en su puerta un rótulo que decía: “Mercería La Moderna. Encajes de Almagro” y no le pudo parecer más providencial. Entró y le atendió una joven muy guapa, aunque como todos en aquel tiempo, algo descuidada en su peinado y con el gesto serio, que era el que correspondía a las circunstancias. Le preguntó que en qué podía ayudarle, y él le explicó intentando ser convincente, qué es lo que necesitaba y la importancia que para él tenía. La chica no dijo que no, pero quedó pensativa unos momentos, hasta que de nuevo habló: -No creo que tenga nada que le pueda servir. -Por favor –le dijo con cara de súplica. -Lo siento -respondió ella. -Soy manchego, del Campo de Montiel. –fue su último recurso. -Vuelva dentro de una hora -contestó entonces la chica. -¿No podría esperar aquí? La joven quedó algo desconcertada. Pensó un momento, y al final le invitó a pasar a la trastienda, diciéndole: -Tendrá que esperar aquí con mi abuelo, y si es de Ciudad Real, tendrán cosas de qué hablar. Él es de Almagro. Durante casi una hora tuvo que mantener una tediosa conversación con aquel anciano, simpático, pero pesado en extremo, y es que él en aquel momento, ni tenía ánimo, ni humor alguno para aguantarlo, por lo que cuando la joven apareció en la trastienda, en la que él y el anciano paisano se encontraban, un profundo alivio le invadió. -Aquí tiene lo que me ha pedido. -Era perfecto. Justamente un peto, en el que podía leerse tanto en la parte destinada al pecho, como en la que iría en la espalda, con claridad: “Periodista Inglés”. Había pensado bien qué gentilicio debía añadir tras la palabra “periodista”. Barajó distintas posibilidades: “extranjero”, “británico”, “europeo”; o simplemente “prensa”. Pero creyó que el menos peligroso en este momento podría ser el de inglés. Y Aunque era cierto que enfadaba a unos y a otros, por sí mismo, y de momento, que él supiera, no hasta el punto de que lo mataran por ello. Lo que sí podrían hacer, con mucha probabilidad, si sospechaban que era español, italiano, alemán o ruso. Y tenía que quedar claro que de ninguno de esos países era. La chica rechazó el dinero que le ofrecía y le dijo que era un regalo de su abuelo: “De un manchego a otro”. Y besándole la mano con delicadeza se marchó. Llegó hasta la calle de Isaac Peral. Sería la una de la tarde y un gran revuelo de gentes le llamó la atención. Se topó con un grupo de periodistas que portaban cámaras y que por lo que pareció interpretar en sus rótulos, eran del noticiario filmado del PCUS. Y entonces tuvo una idea. Se acercó a ellos y se identificó como periodista del Daily Mail. Todos lo miraron con desprecio, excepto uno, que le sonrió y le habló en inglés; aunque solo para saludarle. Ramón aprovechó el detalle para intentar sonsacarle; y averiguar si tenían intención de acercarse al frente, que distaba algo más de un kilómetro de allí. Le contestó que no lo sabía, que iban a entrevistar a un líder anarquista: Buenaventura Durruti -le dijo que se llamaba. Ciertamente que Ramón había leído cosas sobre aquel miliciano. Era uno de los más destacados líderes anarquistas de Barcelona, y al parecer, una vez que allí parecía estabilizada la situación a favor de la República, formó la famosa columna que llevaba su apellido, al frente de la cual había partido de la ciudad condal con destino a Madrid, para ayudar en la defensa de la capital. Vio cómo el resto del equipo de periodistas rusos estaban ya abordando a un individuo que vestía cazadora de cuero y una gorra del mismo material, y que en una de sus manos portaba un “naranjero”, que era en realidad un subfusil modelo MP 28 de fabricación alemana. Él lo sabía bien, porque Harold Cardozo tenía en su habitación del hotel Florida, un catálogo con una descripción de armamento, con el fin de familiarizarse con las herramientas de guerra que se estaban utilizando en la contienda española. Y en las tardes que permaneció a la espera del inglés, le tomo afición al estudio de las armas, y hasta es posible que ahora le sirviera para algo. -Es un subfusil MP 28 –le dijo al ruso con el que tenía trato. -¿Qué? -El arma que porta en su mano derecha el anarquista que van a entrevistar. Es alemana, aquí se conoce como “naranjero”, creo que es del calibre 9x19 Parabellum. -¡Ah! Interesante. Y ahora si me disculpa, voy a hacer mi trabajo. Ramón se mantuvo a cierta distancia, aunque no a demasiada, mientras entrevistaban al líder de la CNT. Optó por colocarse el peto y su identificación de periodista en la solapa, y después, decidió acercarse. Un individuo que portaba otro “naranjero” y vestía de similar guisa que Durruti le cortó el paso: -¿Dónde cree que va? –le espetó el miliciano. -Querría hacerle alguna pregunta al señor Durruti. -¿Es usted inglés? -Sí. Periodista del Daily Mail. -Pues parece español. -Me llamo Walter Pérez. Mi padre es español. -¡Ah! Pero no puede entrevistar al camarada Durruti. -¿Por qué no? -Porque lo digo yo. -¿No les interesa que en Inglaterra sepan quienes son los héroes que están dando su vida para que el fascismo no tome Madrid? -Ustedes los ingleses son también fascistas. -No lo crea. Allí hay muchos comunistas, también socialistas y anarquistas como ustedes. Porque ustedes son anarquistas, ¿no es así? -Yo soy comunista libertario. -Como usted quiera, pero está dispuesto a dar su vida por luchar contra el fascismo, y eso es lo que le interesa saber a los lectores de mi periódico. Me gustaría poder hacerles una foto a usted y a su camarada Durruti. -Veré lo que puedo hacer cuando terminen los rusos. El individuo se acercó a su jefe y se mantuvo junto a él mientras hablaba con los reporteros soviéticos. Y cuando transcurridos unos diez minutos, el equipo del camarada Stalin dejó de grabar a Durruti, conversó con él unos instantes y luego miró a Ramón indicándole que se acercara. -Tiene cinco minutos –le dijo. Tenía que improvisar algo para preguntar, y además refrenar las ganas que tenía de matar a aquel individuo, junto a todos aquellos que formaban parte del bando de los responsables de las muertes de los suyos. -Pregunte lo que quiera. Pero que sea rápido. Estamos en guerra y los fascistas no creo que pierdan el tiempo respondiendo a periodistas –le dijo Durruti. -No lo crea. Disponen de un aparato de propaganda potente. De hecho en mi país están desplegando una gran actividad. Pretenden ganarse a la opinión pública, y ahora usted tiene una oportunidad de hacer lo mismo, diciéndole al pueblo británico lo que estime oportuno. Sepa que va a hablar para uno de los periódicos más influyentes de Gran Bretaña: el Daily Mail –le pareció que había estado convincente. -Pregunte lo que quiera –contestó el líder anarquista. -No, mejor diga usted lo que quiera, no pondré ni quitaré una coma de su discurso. Y Buenaventura Durruti se arrancó con una soflama: -Quiero decir a todos los británicos de bien, que deben presionar a su gobierno, para que apoye sin más demora a la República española en su lucha contra el fascismo. Y quiero que sepan, que si no lo hacen y dejan que venza el fascio en España, en Italia, en Alemania y en otros países de Europa, llegará hasta esas islas, y entonces será demasiado tarde, y todos lo pagarán caro. Aunque nosotros daremos hasta la última gota de nuestra sangre en la defensa del pueblo, de los trabajadores, de los desheredados de la tierra, en su lucha contra la oligarquía, los terratenientes y la Iglesia. Todos ellos forman un combinado que durante siglos ha ahogado al pueblo y España sangra por todos los poros de su piel de toro. Yo hago un llamamiento a nuestros camaradas de Gran Bretaña, a nuestros hermanos obreros, para que ayuden a la República española. Les pido que nos envíen armas para poder luchar en igualdad de condiciones con los fascistas. Y hago un llamamiento a todos aquellos que estén dispuestos a venir a ayudarnos. Y yo les digo que están a tiempo y que los fascistas por Madrid “¡No Pasarán!” y para que todos lo entiendan, escriba: “They shall not pass” Todos los que con él estaban prorrumpieron en vítores y cantaron como un solo hombre “La Internacional”. Después una voz potente y límpida como la de un tenor, comenzó a interpretar “A las barricadas: Negras tormentas agitan los aires nubes oscuras nos impiden ver Aunque nos espere el dolor y la muerte contra el enemigo nos llama el deber… Y a Ramón le hirvió la sangre, al tiempo que el sonido de un disparo se oyó muy próximo a él. Tras ello, un gran revuelo se formó alrededor del camarada Durruti y sus acompañantes. Él, que acababa de separarse del líder anarquista, pero que aún se hallaba bastante cerca, fue desplazado a empellones, yendo a chocar contra el individuo que le había franqueado el acceso a Durruti, y golpeándose contra el “naranjero” de este. Cuando al fin pudo salir de aquel barullo, fue cuando reparó en lo que allí acababa de suceder: alguien había disparado al líder anarquista, y por lo que parecía deducirse, ya que no tenía visión directa del herido, las lesiones debían ser de gravedad. Todos miraron alrededor buscando algún francotirador o alguien que portase armas. A él lo cachearon y naturalmente no encontraron nada más que la Leica que le había tomado prestada a Schlayer. Pero cuando se miró la mano, tras recibir un apretón del que lo cacheaba, y que le escoció intensamente, comprobó que tenía una quemadura. Su mente comenzó a procesar la información a una velocidad de vértigo: Había oído un disparo. Este se había producido cerca, muy cerca. Allí solo estaban armados los hombres de Durruti y él mismo. El frente estaba a más de un kilómetro. Por allí no se veía ningún francotirador, ni ningún otro elemento del bando contrario, y además estaba aquella quemadura en su mano que… ¡Claro, había sido al golpearse con el cañón del “naranjero”! Y entonces, para él estuvo claro, que el disparo había salido del arma de aquel individuo que se definió como comunista libertario. ¿Habría sido un disparo por accidente? O ¿quizás formaba parte de un complot, para eliminar a aquel individuo, que resultaba tan molesto para los del PCUS, como para los fascistas? No era el asunto que más podría preocuparle en estos momentos a Ramón, pero aún así, tuvo la convicción de que había sido herido por los suyos. Y cuando dirigió su vista al presunto homicida y comprobó que él también le miraba, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Tuvo la impresión de que había leído sus pensamientos, o quizás que al verlo mirarse la quemadura de la mano, hubiera podido atar cabos. Sin darle tiempo a que pensase, corrió hasta el grupo de los periodistas del PCUS y se unió a ellos, encaramándose en la furgoneta; en la que una vez cargada toda la impedimenta cinematográfica se alejaba de allí a todo gas. De forma disimulada, vio cómo el sujeto anarquista que portaba el naranjero, se lo echaba a la vista y apuntaba en dirección al camión en el que iban ellos. Ramón solo tuvo tiempo de lanzarse al suelo, dándose con toda la parrilla costal contra una cámara de filmación, al tiempo que su cabeza golpeaba algo duro, aunque no tanto, ya que por suerte eran latas que guardaban películas. Una ráfaga de disparos siguió a otra, y el conductor del equipo ruso, no se anduvo en andanas preguntando por qué les disparaban. Cruzó la calle de Cea Bermúdez y enfiló hacia el hospital Clínico de San Carlos, que era pleno frente de guerra, y que debido al estallido de la contienda, aún no había podido ser inaugurado para ser usado para el fin que había sido diseñado, y que de momento, era utilizado como atalaya para ubicar a los combatientes, que a veces eran los de un bando, y otras los del contrario. Cuanto más se adentraban en la zona en la que se ubicaba la nueva Ciudad Universitaria, sintió en toda su magnitud que allí estaba la guerra. Los cañonazos de uno y otro lado, las explosiones de los proyectiles, de las granadas y los impactos de los disparos de fusil y de las ráfagas de ametralladora, se sucedían siguiendo una partitura ya escrita hacía años, e interpretada una y otra vez de forma ininterrumpida, por todos los rincones de la tierra; aunque siempre en el mismo idioma: el de la sinrazón humana. Llegados a la altura del edificio que iba a ser destinado a Facultad de Medicina, la furgoneta se detuvo y él pensó que ya era hora de alejarse de aquellos bolcheviques, ya que creyó que a partir de ahora, más le podrían servir de problema que de solución.

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