lunes, 18 de noviembre de 2013

El Crepúsculo de la Luna Roja




El Crepúsculo de la Luna Roja
Juan Castell











“Devorado por los piojos, hambriento como un lobo en invierno o simplemente ametrallado junto a las alambradas de los campos, lanzado a ellas para acabar de una vez, pues también se consideraba un honor verter la sangre hasta la última gota…”
Ramón P.C. Artillero de la DEV. Julio de 1941-mayo de 1943














Madrid 13 de julio de 1941. Estación del Norte
I
La euforia reinaba en el ambiente. Iban impregnados del aroma de la gloria en toda la superficie de sus jóvenes e ilusionados cuerpos.  Y en sus almas, una mezcla de odio y de amor, a partes iguales en la mayoría de ellos, eran el caldo de cultivo que les daría la fuerza para afrontar el duro trance que se presentaba en el horizonte de su devenir y que cambiaría para siempre las vidas de aquellos afortunados, o quizás no tanto, que consiguieran sobrevivir a la aventura que aquel 13 de julio de 1941 iniciaban a bordo de un miserable tren de transporte de ganado, especialmente acondicionado con poco más que unos montones de paja, y que iba a trasladar a uno de los primeros contingentes de tropas, con destino a la tierra culpable de todos los males que habían arrasado la piel de toro de la sagrada patria española, y esa no era otra que Rusia.
En sus retinas aún estaban impresionadas las imágenes de las miles de personas, que se habían congregado en la madrileña estación del Norte, para darles la despedida. Los discursos, los vítores y el repertorio de canciones que por aquel entonces estaban al uso, a cuya cabeza estaba el “cara al sol” o el “himno de infantería”, y culminadas por la marcha de granaderos, de vuelta a casa como himno nacional, tras la aventura de los tiempos del de Riego, cruelmente versionado por algunos grupos de indeseables, que no solo mancharon el himno trastocando su letra, si no que impregnaron sus manos con la sangre de miles de españoles, en un río que fue debidamente equilibrado en el otro bando por su parte alícuota.
Pero todos eran españoles y tenían derecho a matarse, a humillarse y a despedazarse, que esto ya lo venían haciendo desde antiguo y que magistralmente lo había reflejado Goya en uno de sus grabados, poco más de un siglo antes; pero lo que ninguno estaba dispuesto a perdonar es que otros venidos de fuera hubieran colaborado, instigado o dirigido aquellas matanzas y en este bando, en el de los vencedores, el elemento extraño, el foráneo, que había envenenado la sangre de una buena parte de los españoles era la Rusia comunista y bolchevique. Y hacia allá iban, a matar a cuantos fuese preciso, para arrancar y exterminar ese mal de la faz de la tierra.
Y si tenía que ser junto a los alemanes y con este gran líder que estaba a la cabeza de aquel gran país, como era Adolfo Hitler, pues bienvenido fuese, que a muchos de ellos no les hubiera importado ir a esta empresa con los mismísimos gabachos o con los hijos de la pérfida Albión, si es que estos hubiesen tenido arrestos para emprender aquella empresa. Pero en el mundo las cosas ahora estaban así y el judeo-bolchevismo parecía que no quería ser atacado nada más que por la gran Alemania, y por ellos, claro está, sin olvidar a Ia Italia de Mussolini. Pero a pesar del cariño que podrían sentir por ellos, no era en los compatriotas de Garibaldi, en quienes confiaban para aquella empresa. Aún recordaban la aventura de Guadalajara y aunque se habían batido como jabatos, no podría decirse que si de ellos hubiese dependido, pudieran haber derrotado de forma tan contundente a los rojos. Pero los alemanes eran otra cosa. Aquella máquina de guerra era poderosa, indestructible y arrasaría a la URSS en cuestión de semanas, al igual que lo había hecho con Polonia, Checoslovaquia, los Países Bajos y sobre todo con Francia. Lo de Francia había sido un paseo militar. Se creían el segundo ejército del mundo. Inexpugnables e invencibles, los justos herederos de la Grande Armée del petit corso y fueron derrotados en un santiamén. Y ahora ellos lucharían codo con codo junto al ejército más poderoso que hubiera habido nunca sobre la faz de la tierra y legítimos herederos de la gloria de Roma a través del Sacro Imperio Romano Germánico.
II
La cabeza de Ramón era un torbellino de pensamientos y la adrenalina recorría su cuerpo impregnando todas sus células. Nunca había tenido mayor lucidez que la que poseía en estos momentos, que sin duda suponían la culminación de su corta pero intensa vida. Sabía que debía relajarse, les quedaba un largo camino en tren hasta Alemania y tanto él como el resto, deberían tomárselo con calma. Tiempo tendrían para dar rienda suelta a todas sus emociones.
El tren había abandonado los últimos arrabales de la capital y algunos hombres se tumbaron en los montones de paja con los que habían acondicionado los vagones, para hacer más llevadero el viaje, dado que la media noche ya había caído. Ramón pudo comprobar que alguno ya estaba completamente dormido, incluso emitiendo sonoros ronquidos, y es que la noche anterior había sido toledana para muchos de ellos y el día les había dado la puntilla.
La despedida de Madrid fue entusiasta, y si no fuera porque en la capital había más bares, tascas y tugurios que estrellas en el firmamento, las hubiesen visitado todas y a pesar de los veinte y pocos  años de media de aquella tropa, sus cuerpos estaban ya sufriendo los estragos de la sonora despedida, que para algunos lo sería de verdad.
El primer tren había partido a las cuatro de la tarde de la Estación del Norte de Madrid, de forma apoteósica y con la asistencia de los más notables del Régimen, con excepción del Generalísimo, Francisco Franco, y aunque con menos autoridades, se vivió la misma efusiva despedida y similar emoción, en la partida de este segundo convoy en el que viajaba Ramón y sus conmilitones y que lo hacía a  las 23.15 horas de aquella noche del trece de julio, ya camino del catorce, que curiosamente y de forma no menos socarronamente paradójica, era la fiesta grande de una Francia, ahora ocupada por Alemania, que poco tendrían que celebrar, cuando si todo iba bien, atravesaran el vecino país.
Se repitieron los himnos y cánticos de despedida, acompañados del sonido de la banda militar que acudió a la estación para hacer más solemne la marcha. Las imágenes de la mañana volvieron a repetirse idénticas por la noche y Serrano Súñer se vio obligado a acudir a los micrófonos de Radio Nacional para dirigirse a los presentes, a los que arengó con un discurso lleno de soflamas patrióticas y contra el comunismo y los rusos, fiel al lema de “¡Rusia es culpable!” Escapularios, medallas y viandas se repartieron entre los expedicionarios. Además la cúpula de Falange había preparado un donativo reconfortante de despedida: una entrega de tabaco consistente en más de dos mil quinientas cajetillas de cigarrillos Platers y quinientas de de Philips Morris, junto a unos novecientos frascos de coñac Romate.
Ramón era de los mayores de aquel grupo. Tenía veintiséis años y era médico desde hacía ya cinco. Ya arrastraba tras de sí una larga historia humana y bélica. Había sido el más joven de su promoción en terminar la carrera y ahora era uno de los más experimentados en los asuntos de la vida y también de la guerra de cuantos integraban aquel contingente. Cierto es que podría haber conseguido, si se lo hubiera propuesto, ir como oficial médico y formar parte del Cuerpo de Sanidad Militar; también sin dificultad alguna habría podido lograr otro empleo dado su currículo durante la pasada Guerra Civil; pero estaba donde quería estar y del modo que él quería, que era como soldado raso.
Se tumbó sobre la mullida paja, se abstrajo del escenario en el que se encontraba, y su mente vagó y se depositó su espíritu en los tiempos felices de su época de estudiante de medicina en la Facultad de San Carlos de Madrid.

Madrid. Septiembre de 1928
I
Ramón había terminado el bachillerato solo con catorce años y después se había trasladado a Madrid con solo quince años recién cumplidos, marchando a vivir a casa de una tía, prima hermana de su padre. Era una acaudalada viuda, que vivía en un lujoso piso, en el número cinco del Paseo de Recoletos, y se había avenido de muy buena gana a acoger al chico mientras cursaba sus estudios de medicina. Y para su padre, un rico agricultor de un pequeño pueblo del Campo de Montiel en tierras de la Mancha, aquello era un orgullo.
Él procedía de una familia de rancio abolengo de la Mancha. Su padre se preciaba de poseer ejecutoría de hidalguía, obtenida por unos antepasados suyos en 1613 en la Real Chancillería de Granada, tras un largo pleito entablado en aquel tribunal para demostrar que ellos no eran pecheros y por tanto estaban exentos de pagar los humillantes tributos, que el alcalde de aquella villa estaba empeñado en que pagaran, como cualquier hijo de vecino.
La familia había tenido sus más y sus menos en cuanto a los avatares de la fortuna, y aunque ciertamente que hubo tiempos mejores, su padre aún se podía permitir mantener de forma más que digna a su familia, que a la sazón estaba compuesta por su madre y sus dos hermanas, que por aquellos felices tiempos de su ingreso en la Facultad de Medicina contaban con diez, y siete años, y su abuelo, que con una orquesta alojada en sus pulmones vivía con ellos.
Y aún podía permitirse el lujo de que su hijo mayor fuese a estudiar medicina a Madrid, aunque también es justo reconocerlo, con la ayuda de la tía Lola, la rica viuda de Albaladejo.
El examen de ingreso lo hizo con una magnífica calificación,  que no fue de sobresaliente; pero para un jovencito venido de la Mancha estaba más que bien su notable.
Recordaba su primer día de clase. Aquel miércoles veintiséis de septiembre de 1928. Se levantó muy temprano y se acicaló como si fuese a ir a un gran evento social, como de hecho iba a serlo. La tía Lola a pesar de que era muy madrugadora permanecía en su cuarto, aunque seguramente que rezando su primer rosario del día, quizá acompañada por su fiel criada, la inseparable Pepa, la cual estaba obligada le gustase o no, a echarse entre pecho y espalda cuantas preces y jaculatorias estimase conveniente consumir su alma.
Salió tras tomar un café fuerte y sin leche, acompañado por una galleta traída del pueblo, de las que solía hacer su madre y que tanto le gustaban a él y a toda la familia. Y sin más trámite, bajó los tres  tramos de escalera que le separaban del Paseo de Recoletos, y tomó en dirección a la calle Atocha, donde se hallaba ubicada la Facultad.
Justo en Cibeles, en un quiosco situado en el paseo central, tuvo el impulso de comprar un periódico. Cualquiera hubiera podido pensar que lo había hecho, quizá por darse un aire de persona preocupada por la actualidad, quizás por parecer más intelectual, que no le tomasen por paleto, cuando alguien reparase en alguno de sus ademanes o simplemente porque le había llamado  la atención la portada de aquel ejemplar del diario ABC, en la que aparecía una fotografía del rey Alfonso XIII pasando revista a una compañía de la guardia de Highlanders, acompañado por el duque de Sutherland, en su visita a Escocia.
Pero realmente lo que a él le interesaba, como a toda la ciudad y a España entera, era la gran tragedia acaecida unos días antes en el teatro Novedades de la capital.
Abrió el diario y comenzó a leer la emotiva crónica del impresionante entierro de las víctimas de la gran catástrofe, originada por el incendio que devastó el teatro en menos de una hora, el pasado domingo veintitrés, a las nueve menos cinco de noche exactamente. Al parecer, mientras se representaba el sainete “la mejor del puerto”, ocurrió que llegado el entrecuadro del segundo y último acto, un farolillo del decorado del escenario en el que se representaba una goleta anclada en el puerto de Sevilla, comenzó a arder debido a un cortocircuito y en un santiamén todo el decorado se incendió y una parte de él salió  proyectado hacia el patio de butacas, convirtiendo en unos minutos todo el teatro en una ratonera infernal, en la que las escenas de pánico se sucedieron hasta alcanzar un cénit que provocó una catástrofe de llamas, atropellos y aplastamiento de personas, que buscaban con desesperación la salida.
El balance provisional era de sesenta y siete muertos y doscientos heridos y quemados. Una auténtica catástrofe que hizo que el día anterior se paralizase Madrid y que un cortejo fúnebre como no se recordaba, acompañase a las víctimas desde la calle Santa Isabel, donde se hallaba el depósito judicial, y a través de la vecina glorieta de Atocha y continuando por Moyano y Alfonso XII, la comitiva llegase a la plaza de la Independencia, donde una aglomeración mayor si cabe, se despidió el duelo que siguió camino hacia el cementerio de la Almudena.
Según seguía refiriendo el diario: “Poco antes de que el cortejo iniciase su solemne marcha, el general Primo de Rivera al que acompañaba el general Martínez Anido y el embajador de Portugal entre otras personalidades, acudieron hasta el depósito a rendir homenaje a las víctimas y a sus deudos. Una vez que la comitiva se puso en marcha iba encabezada por los batidores de la guardia municipal, seguida por representaciones del clero de San Salvador y de San Nicolás y de todas las parroquias de la la ciudad a cruz alzada y a continuación cuatro coches blancos, que contenían cuerpos inanes de tiernos infantes, seguidos de cuatro furgones, que llevaban otros tantos féretros, eran seguidos por el resto de la comitiva de coches fúnebres y cortejo de acompañantes.”
Ramón tuvo que pedir disculpas pues en su abstracción lectora del impresionante duelo, magistralmente relatado por el redactor de ABC, no había reparado que delante de él iban dos señoras de avanzada edad que se dirigían, sin duda, a misa de ocho. Probablemente irían a los Jerónimos, pues se encontraba frente a la puerta de Velázquez del museo del Prado. Dado que casi las atropella, tuvo que pedir disculpas, tras sujetar a la mayor de las damas a la que casi derriba. A pesar de sus excusas, tuvo que soportar una retahíla de reproches, aduciendo la poca educación con la que se conducían los jóvenes de estos tiempos, que parece que en todas la épocas entre mayores y jóvenes, se han abierto las mismas brechas en las creencias de los cambios bruscos de época en el corto tiempo que transcurre una vida entre la juventud y la senectud, que a fin de cuentas no es nada en el transcurrir de los tiempos. Aunque cierto era que ni Ramón ni quizá nadie; excepto los mas agoreros, sospechaban cómo en aquellos tiempos sí iban a poder experimentar en sus vidas un auténtico cambio de época. 











Camino de Rusia apenas iniciado el viaje
I
Los cánticos aún podían oírse en muchos de sus compañeros voluntarios de la denominada: División española de Voluntarios. Ahora estaban entonando “el Carrascal”, dedicándoselo al último pueblo por el que acababa de pasar aquel tren lleno de jóvenes en la plenitud de la vida, que caminaban de una forma lenta, pero inexorable al encuentro con los cuatro jinetes del apocalipsis, o al menos con algunos de ellos.
Sintió sed y bebió de la cantimplora que formaba  parte del equipo que les habían proporcionado. Aunque les dijeron que en Alemania les darían la equipación definitiva, que les confería el aspecto de lo que en realidad iban a ser: soldados del Heer, que junto con  la  Kriegsmarine (marina de guerra) y la Luftwaffe (fuerza aérea) componían la Werhmacht, las hasta ahora invencibles fuerzas armadas de la nueva Alemania, a las que habría que unir las temibles Waffen-SS, el brazo armado de las SS, que era la organización paramilitar del partido nazi.
En aquel momento, quizás exceptuando a Ramón, la mayoría de sus compañeros voluntarios de aquella loca e ilusionada aventura poco sabía, acerca de la endiablada tela de araña que controlaba todo el poder y las mentes de Alemania; pero muchos de ellos bien que lo iban a aprender, incluso a costa de sus propias vidas. 
Miró al exterior y comprobó que acababan de pasar la estación de las Rozas. Apenas habían recorrido veinte kilómetros desde que partieran de la estación de Delicias, y le pareció que llevaban demasiado tiempo, pues tal era la inquietud que invadía su ánima, como la de todos, supuso.
Volvió a tumbarse sobre la paja y al momento su mente comenzó a vagar por el etéreo plano de los tiempos pasados grabados en su memoria, posiblemente mediante compuestos químicos, según le había explicado su profesor de fisiología, que siguiendo las corrientes más avanzadas de la escuela alemana, comenzaban a dilucidar los entresijos de los confines del alma. Y él de tradición católica y apostólica romana, hijo de madre requeté y tradicionalista, beata recalcitrante de misa diaria de a ocho, y si la ocasión lo terciaba de hasta dos, y de rosarios a discreción, tantos como oportunidades y compañeros de oración hubiese. Y su padre permisivamente religioso, aunque con trasfondo de agnóstico no militante, conformaban una familia, en la que sus dos hermanos más pequeños eran miembros de Acción Católica, a lo que él había escapado por intervención de su padre, que exigió un reparto equitativo entre los hijos. Pues bien, quizás fue cuando Juan Negrín, a la sazón profesor titular de Patología y Clínica Médica, les explicaba de forma prolija las bases bioquímicas de los más diversos procesos fisiológicos del cuerpo humano, y aunque en su opinión era un pésimo docente en cuanto a sus dotes como orador y a su notoria incapacidad para sintetizar sus amplios conocimientos, adquiridos en sus diez años de estudios en Alemania y darlos mascados a sus alumnos, también tuvo que reconocer que cuando un día hizo una disertación, sobre las en su opinión, indudables bases bioquímicas de la memoria, y por ende de los sentimientos humanos, algo en su mente se convulsionó y aquello que estaba oyendo chocó con sus más sólidas convicciones transmitidas a través de las generaciones familiares, en su caso por vía materna. Pero reflexionó durante días y concluyó que seguramente su profesor tenía razón, y por decepcionante que fuese todo podría descansar en unas bases de compuestos orgánicos, en los que las proteínas, los hidratos de carbono o las grasas, fuesen la argamasa y los ladrillos de la estructura del alma humana. Se sintió caer en un laberinto, en una espiral que lo conducía  a la nada y a la desesperanza; pero él había decidido estudiar medicina y eso es lo que a partir de ahora iba a encontrar. Se preguntaba por qué otros muchos de sus compañeros oían aquellas disertaciones sobre la insustancialidad espiritual del alma y de la mente humana y no se interrogaban por ello, ¿cómo podían asumir que la esencia del ser humano fuese la misma en el espíritu que en el hígado o en los pulmones? Estuvo varios meses atormentado con aquellos pensamientos, incluso pensó en abandonar los estudios de medicina y entrar en un seminario o incluso en un monasterio; pero al cabo de un tiempo, todas esas dudas le desaparecieron y continuó sus estudios con normalidad. Había reflexionado a veces sobre aquello, como lo hacía ahora y aunque comprendía por qué le llegó el tormento a su ánima, nunca comprendió por qué se marchó ni cómo, simplemente aplicó lo de: “a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Y es que él quería ser médico y curar cuerpos, y si como consecuencia de ello aliviaba el espíritu pues mejor; pero para tratar el alma ya había quién dedicaba su vida a ese menester. A partir de entonces él concluyó que se había convertido en agnóstico, al menos según interpretaba el término, que era ni más ni menos, que no se atormentaría ni por las cuestiones de Dios ni por el otro mundo, se iba a conformar con este e intentaría ayudar a sus semejantes, y si eso le ayudaba para el otro, si es que lo había, pues mejor. Y de esta forma tan drástica que no hubiera mejorado ni el mismo Sancho Panza, dio por zanjado un asunto que a otros les había atormentado durante  toda su vida.
Y mientras esto pensaba, el tren acababa de pasar sin detenerse por la estación de Galapagar y comprendió como nunca lo había hecho antes a su padre.
Comprobó que algunos, cada vez menos, pero no por eso con menor entusiasmo continuaban con sus cánticos. Ahora estaban con: “que si Adelita se fuera con otro”, continuaron con el “Raskayú”, “soy un voluntario alegre” y con otra que hablaba de una tal Ramona. Pero a él no era la música popular lo que más le interesaba, dado que su mente continuaba bullendo en recuerdos y pensó si sería verdad eso de que antes de morir pasaba ante uno toda su vida como en una película y se dijo que si este era el caso, o estaba pasando muy despacio, o la película de su vida a pesar de su corta edad era muy larga.
Recordaba ahora a su maestro, allá en el pueblo, en el Campo de Montiel, en la Mancha. Se llamaba Bernardino y se preocupó de él como si se tratara de su mayor tesoro, había empeñado en su futuro su ilusión y su prestigio y él personalmente se había encargado de su preparación para el bachillerato que cursó como alumno libre en el instituto de enseñanza media de Valdepeñas, que era la localidad más próxima a la suya en la que se podían cursar esos estudios. Y así año tras año, fue aprobando un curso tras otro hasta llegar al examen de ingreso en la Facultad de Medicina, que superó con un notable. Toda una proeza para un chico de un pueblo perdido de la Mancha, que había sido preparado por un humilde pero heroico maestro de escuela. Cuanto le debía a aquel hombre, siempre lo tendría presente en su recuerdo y el día en el que le comunicaron que había muerto de repente, de un ataque al corazón, lo sintió como si de su propio padre se hubiera tratado, pero se prometió que le dedicaría a él éxito si conseguía obtener la licenciatura en medicina; pues a fin de cuentas en buena parte a aquel hombre se lo debería.
Cada verano cuando volvía al pueblo y hasta el día de su prematura muerte, no dejaba de priorizar la visita a don Bernardino antes que cualquier otra cosa, y no olvidaría jamás la expresión de alegría y de orgullo franco que mostraba, cuando él le entregaba una tras otra todas las papeletas con las calificaciones de cada una de las asignaturas que iba superando, como tampoco la cara de asombro que mostró cuando vio aquel suspenso en histología, aunque le rio la gracia cuando él le recordó que don Santiago Ramón y Cajal, a la sazón Premio Nobel de Medicina, en su día también suspendió esta asignatura, o al menos eso comentaban en la Facultad, lo que sin duda le auguraba un futuro halagüeño. Y don Bernardino rio de buena gana con la chanza.
El Escorial. ¡Cuánta gloria de España atesoraba aquel lugar! Tiempos de grandeza y de miseria; de imperio y de injusticia. Para todos los que allí viajaban la vista del monasterio desde el tren les hizo reaccionar al unísono y de sus jóvenes y eufóricas gargantas comenzaron a salir las estrofas de los himnos más emotivos y cantaron de nuevo el cara al sol, el himno de infantería, tararearon la marcha de granaderos y hasta uno de los escasos carlistas, que entre la mayoría de falangistas viajaba, se atrevió con el Oriamendi, que aunque se lo habían apropiado los de Falange, tras su unión con los Tradicionalistas, no corría de la misma manera por las venas de los unos y de los otros. Y cuando el tren ya dejaba atrás San Lorenzo, todos entonaron el himno de la división española de voluntarios, a la que ya muchos llamaban simplemente como división azul.
En este arranque patriótico sí participó Ramón. Se dejo llevar y sintió como las lágrimas resbalaban por sus mejillas y empapaban el borde del cuello de su camisa azul mahón, que era la divisa de la sangre azul de la Falange, a la que la mayoría de ellos pertenecían. Los más con orgullo y los menos con resignación o como pasaporte a una vida mejor. Y cuando con cierta vergüenza miró a sus compañeros, comprendió que aquel sentimiento era compartido por todos, y que aquellos hombres jóvenes en la plenitud de su vida, a pesar de los sentimientos de amor y de odio que pugnaban por romper el equilibrio de sus oremus, eran capaces de experimentar una emoción tan profunda como aquella, al oír y entonar unos himnos que les unían ahora en la esperanza, y quizá más adelante en la desgracia, la desesperación y la muerte.
II
En los siete años que permaneció en la Facultad de Medicina, había acumulado los conocimientos necesarios para iniciar su andadura en la profesión de médico y de cirujano, pero también había atesorado una cantidad ingente de experiencias vitales y de recuerdos imborrables de compañeros y de profesores. Ahora recordaba al Dr. León Cardenal, catedrático de Patología y Clínica Quirúrgica; o al Dr. José Domingo Hernández Guerra, profesor de Fisiología en los laboratorios de la Junta para Ampliación de Estudios y en el Instituto de Farmacobiología, discípulo privilegiado de Juan Negrín, primer maestro de Severo Ochoa y desgraciadamente prematuramente fallecido en 1931, a la edad de treinta y cuatro años; al Dr. Jorge Francisco Tello Muñoz, catedrático de Histología y Anatomía Patológica, discípulo privilegiado y continuador de don Santiago Ramón y Cajal; o al catedrático de Anatomía, Dr. Pedro Ara, auténtica eminencia, que años más tarde alcanzaría la gloria con sus técnicas de embalsamamiento, con sus trabajos sobre el cadáver de Eva Perón o el de Lenin, aunque en este último discrepaban algunos, pero decían que habían tenido que llamarlo para que lograse revertir el proceso de descomposición que sufría la momia.
De todos ellos había aprendido, de algunos más que de otros y de unos pocos casi todo lo que sabía. No podría olvidar las clases magistrales del profesor Ara, cuando en el aula de anatomía y sobre la gran pizarra provisto de un manojo de tizas de todos los colores del arco iris, con la minuciosidad del artista, como si del mismo Miguel Ángel Buonarroti se tratase, tumbado boca arriba encarando el techo de la capilla Sixtina, empuñaba una tras otras las tizas e iba dando forma al hueso, sobre él, a los músculos en tonos rojos y rosados, insertados cada uno en el lugar que la naturaleza le había proporcionado por medio de sus ligamentos, dibujados con esmero en tonos blanquecinos. Y entre unos y otros los vasos sanguíneos, los trayectos venosos en azul, los arteriales en rojo intenso. Y si se trataba de órganos, la destreza de la sabia y experta mano de don Pedro, cincelaba el contorno de la víscera con todas y cada una de sus formas, dándole el toque sutil de las tres dimensiones. Y mostraba su estructura capa a capa y para permitir la observación de toda su anatomía, simulaba un corte, bien longitudinal o transversal, que pusiera en evidencia todos los detalles que debieran ser conocidos por nosotros, los alumnos.
Y mientras tanto, todos ellos, o al menos él sí, con la caja de lápices de colores de fabricación alemana A.W. Faber y su paquete de hojas de papel Galgo, como si de un ritual se tratase, seguía mimetizado cada línea que el profesor dibujaba en la pizarra, trasladándola a su folio. Y a un lado con su pluma Parker -regalo que le hizo su profesor Bernardino cuando aprobó el ingreso en medicina y que a buen seguro debió costarle un sueldo o más- anotaba el nombre del “accidente anatómico” del que se tratase, bien fuese trocánter, apófisis, ligamento, hueso, arteria, nervio o trayecto de intestino. Y cuando terminaba la clase, muchas de las veces completamente abstraído, transportado al mundo de la creación y transmutado en auténtico artista, firmaba la creación con su nombre: Ramón. Y al lado la fecha.
De pronto, notó que la cadencia del triquitraque producido por el paso del convoy por las juntas de cada tramo de vía, se espació más y un chirriar de frenos anunció que iban a detenerse. Y de hecho lo hicieron. Miró al exterior y vio un nombre: apartadero de Santa María Alameda. Supuso que deberían dejar paso a otro tren y esto le extrañó, pues no había sopesado la posibilidad de que ellos no tuviesen la máxima preferencia y fue entonces cuando comprendió, que a pesar de la gloria que los embargaba y que les habían demostrado en su partida de la estación del Norte, tampoco eran tan importantes. Y tuvo un mal pálpito cuando comprobó que se habían detenido para permitir el paso a un tren que transportaba: ¡¡¡ganado!!!
Iniciaron la marcha unos treinta minutos más tarde, tiempo que aprovecharon la mayoría para aliviar sus vejigas, repletas del destilado de los productos de la vid y de sus holandas, ingeridos en demasía en sus últimas horas de vida en libertad, y Ramón tras echarse para el coleto un trago de agua de su cantimplora, volvió a recostarse sobre la paja y esta vez se quedó dormido.
Despertó de forma repentina alertado por un fuerte sonido, pero se trataba de una falsa alarma, simplemente un grupo de divisionarios estaban interpretando una ruidosa canción con acompañamiento excesivo de instrumentos de percusión, improvisados con todo aquello que fuese capaz de producir ruido, y de entre los instrumentos más útiles para ello, era un cencerro que uno de ellos había encontrado en un cajón que seguramente había sido olvidado en el vagón y que sin margen de duda habría pertenecido a algún “pasajero” que les había precedido en utilizar tan delicado transporte.
Y como ni era momento ni sería prudente interrumpir a aquellos artistas, Ramón se acomodó lo mejor que pudo, apoyando la espalda en un lateral del vagón y se dispuso a dejar pasar el tiempo manteniendo la calma, pues ciertamente que quedaba mucho viaje por delante.


Madrid. Marzo de 1931
I
A Ramón le vino a la mente el recuerdo de los sucesos que acaecieron en la Facultad de Medicina de San Carlos el día 24 de marzo de 1931, justo la semana anterior al inicio de la Semana Santa, cuando los estudiantes de medicina quisieron manifestarse para presionar al gobierno en pro de que concediese una amnistía general a los implicados en el pronunciamiento militar de Jaca, producido en diciembre del año anterior y capitaneado por los capitanes Fermín Galán y Ángel García contra el gobierno del general Berenguer, consecuencia del llamado pacto de San Sebastián, con el que se pretendía sentar las bases para el advenimiento de una Segunda República, en el que participaron entre otros Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura. La aventura jacetana se inició con la proclamación de la república desde los balcones del ayuntamiento de Jaca y concluyó con el fusilamiento de los dos capitanes Galán y García, tras juicio sumarísimo; pero sus consecuencias últimas estaban lejos de haber sido erradicadas. Y de hecho este martes de finales de marzo de 1931 iba a haber en Madrid una gran revuelta protagonizada por una élite de estudiantes, que eran los alumnos de San Carlos, entre los que se encontraba Ramón que despertó a la realidad de la convulsa situación política que se vivía en España, y que a pesar de lo que él pensó no había hecho nada más que comenzar.
Al principio él dudaba respecto cuáles eran sus propias convicciones respecto a la corriente pro republicana que invadía la Facultad. Pero los sucesos se iban a desarrollar con una violencia que Ramón no previó en un principio.
Tras haber asistido a clase, a las doce, los estudiantes de San Carlos, portando pancartas alusivas a las peticiones de amnistía se dirigieron a la calle Atocha, tomándola e interrumpiendo la circulación, colocando bancos ante los tranvías e intentando incendiar algún vehículo que pasaba en esos momentos. Lanzaban trozos de ladrillos contra las fuerzas de seguridad que se habían situado en las proximidades de la Facultad. Y ante la contumaz insistencia de los manifestantes se emplearon a fondo realizando cargas con porras, empleando incluso caballería, lo que provocó una retirada de los estudiantes hasta la Facultad.
En uno de aquellos rifirrafes, Ramón se vio rodeado por dos caballos, y cuando uno de los jinetes esgrimió su contundente instrumento, tuvo la seguridad de que le abriría la cabeza, aunque para su salvación en aquel momento el équido recibió tal pedrada en su testuz, que emitiendo un sonoro relincho, a la vez que levantaba sus patas delanteras por encima incluso de la cabeza del aterrorizado Ramón, lanzó a tierra al ocupante, dándole tiempo a utilizar sus largas zancas como nunca antes lo había hecho y alcanzar el refugio del patio de San Carlos. Algo más repuesto y temiendo que alguien lo tildara de cobarde, regresó a la puerta de la Facultad donde se habían hecho fuertes sus compañeros, y pudo ver cómo desde las ventanas de las salas de cirugía algunos estudiantes lanzaban piedras, hasta que el propio catedrático de Patología Quirúrgica, el profesor León Cardenal, se lo impidió alegando el carácter respetable del lugar. En un momento de vacilación de los estudiantes, las fuerzas de seguridad que estaban apostadas en la glorieta de Atocha, cargaron con pistola en mano

No hay comentarios:

Publicar un comentario