El año de la memoria
I
Acabó el invierno y llegó el nuevo año de 1348 y parecía que las cosas a Fausto le iban cada vez mejor. Había llegado a oídos de la importante comunidad de genoveses de Sevilla, que un afamado médico procedente de la ciudad de los papas y que había cursado estudios en la prestigiosa escuela de medicina de Montpellier, se encontraba en la ciudad al servicio del arzobispo y como quiera que las relaciones entre estas gentes de Génova y varios de los más notables miembros del cabildo catedralicio eran excelentes, decidieron enviar a alguien, para que convenciese al arzobispo para que accediese, cuando menos, a compartir los servicios de Fausto.
Encargaron de las gestiones a Giovanni Cataño, afamado comerciante de paños, que había contraído matrimonio unos meses atrás con la hija de Juan Arias de Carranza, patrono de la capilla mayor de San Agustín, junto a los Ponce de León y cuyo copatrocinio había sido el detonante de los graves sucesos acaecidos en dicho convento. En cualquier caso, Giovanni ya era persona importante en la ciudad y una mañana de aquel mes de enero, marchó hasta las casas del arzobispo, para tratar del asunto con la persona que todo el mundo sabía que era el hombre de confianza del arzobispo, es decir, el chantre Alonso.
A Fausto le sorprendió la oferta que le hizo Alonso y al principio pensó que quizás quisieran quitárselo de encima y se alarmó; pero cuando comprendió que no tenía por qué temer nada y que además aquella propuesta podría ser una gran oportunidad para él, aceptó sin pensarlo y sólo pidió que le proporcionasen una vivienda; pues realmente estaba harto de vivir en las casas del arzobispo, ya que en el fondo, él no era más que un judío renegado y no le convenía estar tan cerca de las altas jerarquías de la Iglesia.
Aceptaron unos y otros y le proporcionaron un modesto, pero más que aceptable alojamiento para él y un establo adecuado para su caballo, en el barrio de los genoveses y a partir de ahora, trabajaría para ellos; aunque debería atender a cualquier requerimiento que se le hiciese por parte del cabildo catedralicio.
Aunque se podría haber podido permitir un alojamiento más lujoso, pues no le faltaban posibles para ello, de ningún modo quería llamar la atención y por el momento, intentaría mantener el nivel de vida que le proporcionaran sus estipendios como médico y nada más y en el futuro ya se vería como pintaban las cosas.
No llevaba mucho tiempo trabajando con los genoveses, cuando una mañana, le llamaron con gran urgencia y ante su puerta se presentó el mismo Giovanni Cataño, que le llevó hasta el puerto, sin darle explicación alguna. Fausto temió que algo grave ocurriese y dedujo, que estaría relacionado con algún cargamento que hubiese llegado de Génova, probablemente y no le cupo duda de ello cuando le hicieron subir a una carraca que llevaba izada la bandera genovesa, que él reconoció fácilmente, pues era aficionado a la vexilología y aquella no tenía confusión; pues era similar a la de la orden del hospital; pero con los colores cambiados: cruz roja sobre fondo blanco una y cruz blanca sobre fondo rojo la otra. Iba preparado para lo peor, pero lo que iba a oír, era aún más aterrador, que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.
Subieron a bordo y entraron en la cámara que había bajo el castillo de proa. Allí estaban recostados tres hombres, que se pusieron de pie al verlos entrar. Uno de ellos, de aspecto rudo, pero con modales educados, se presentó como el capitán Andrea Bariglia, natural y vecino de Génova cuando la ocasión lo permitía. Le acompañaban, su nostramo, Piero Franco y el piloto, Paolo Coscia y sin más dilación, tomaron asiento cada uno donde pudo y Giovanni Cataño tomó la palabra:
-Quiero que relatéis a mi médico personal, Fausto Toledo, lo que me habéis contado a mí y os pido que no omitáis nada. ¡Proceded!
Tomó la palabra el capitán:
-Supongo que os habrá extrañado que este navío, como otros que seguramente esperaríais, se haya demorado demasiado, pero os juro y perdonadme por poner a Dios por testigo, que estamos aquí porque hemos podido huir de Génova, aprovechando un descuido de los vigilantes del puerto, pues el concejo de la ciudad, había dado orden de que ningún navío zarpase ni atracase hasta que hubiese orden en contra. Y es que aquella ciudad ha descendido a los infiernos y todos los males de este y del otro mundo se han apoderado de sus gentes, de sus calles, incluso de sus animales y sus campos y haya sido por la influencia de los astros, como dicen unos o por la liberación de las fuerzas malignas del interior de la tierra, que dicen otros o como aseguran los clérigos y las gentes de Dios, por las ofensas que al Sumo Hacedor han hecho el común de los moradores de aquellas tierras. Pues bien digo, que sea por una o por las otras cosas, ahora allí reina el dolor, la muerte y la desesperación por doquier.
-¿Podríais ser más concreto? –interrumpió Fausto.
-Lo seré, pero os ruego, que me permitáis liberar mi espíritu del terror que atenaza mi ánima y la de los que aquí están conmigo y que han compartido la experiencia de haber conocido el averno.
-Continuad –dijo Giovanni Cataño.
Pues como os decía, hará algo más de dos meses, antes de nuestra partida, cuando comenzó a correr por toda Génova un rumor de que al parecer, se estaban dando algunos casos de una extraña peste que afectaba a las gentes y que en pocos días los conducía a la muerte tras horribles sufrimientos. Yo he de decir, que como muchos, no creímos que se tratase de otra cosa que las habituales calenturas de otoño, bien tercianas o cuartanas malignas o cualquiera de las otras suertes de males que con frecuencia azotan a esa y a todas las ciudades y que, aunque ciertamente, siempre se llevan consigo a un buen puñado de gentes, no alcanzamos a recordar que ninguna se halla hecho con tantos, que requiriese que todos fuésemos a la busca de confesor. Algunos decían que todo había empezado en el puerto, así que como allí yo bien conocía a todos cuantos en el moran o laboran, una mañana de finales de octubre, creo que sería, me dirigí hacia allí para poner oídos a lo que se dijera y lengua para averiguar si algo de temer había o eran sólo vientos de chismosos. Pero lo que en aquel lugar me dijeron, me heló la sangre. Y es que al parecer, hacía unas semanas, que había arribado al puerto un navío que venía de Venecia o que había hecho escala allí, procedente de otro lugar más al oriente, esto no lo sé muy bien y de él sacaron varios cadáveres y otros hombres, que en él viajaban, se hallaban muy enfermos, al parecer aquejados de grandes fiebres y cosa nunca vista, de algo que llamaron bubas, que a unos les salían en las axilas y a otros en las ingles o en ambos sitios y que tenían el tamaño de manzanas y que se reventaban y expelían un olor nauseabundo y soltaban una masa del aspecto de las gachas gruesas y algunos tenían manchas oscuras que les cubrían parte de su cuerpo y unos deliraban y otros daban gritos horribles y todos o casi todos morían, no más tarde del tercer día, desde que empezaban con la calentura. Y me dijeron también, que a los pocos días, otros que trabajaban en el puerto o que vivían cerca de él, fueron aquejados del mismo mal y que nadie sabía qué hacer. Yo después de oír aquello, corrí de allí y fui a refugiarme a mi casa, porque aunque soy hombre recio y nunca me he escondido de cristiano o de sarraceno que haya osado echarme reto, juro ante Dios que esto me tornó de gallo en capón.
Entonces el capitán calló y frotándose con fuerza con el dorso de las manos ambos ojos, pareció querer disimular el sentimiento de miedo o de emoción que le embargaba, que parecía que lo iba a hacer romper a llorar y en ese momento, tomó la palabra el nostramo:
-Si me permitís yo continuaré el relato: A los dos días de que el capitán, aquí presente, visitase el puerto, me mandó aviso para que fuese a su casa, pues cierto es que estaba asustado, tanto que yo cuando llegué a su vivienda y lo vi en aquel estado, me preocupé y aún más lo hice, cuando me relató lo que le habían contado en el puerto, porque aquello confirmaba los rumores que ya eran vox populi por toda la ciudad. Pero no tuvimos que esperar mucho más. A los pocos días el pánico se había apoderado de Génova, los muertos abundaban por doquier, las campanas no cesaban de tañer su repiqueteo a difuntos, una y otra vez, hasta que lo prohibieron para no asustar más a los que aún quedaban en este mundo. Se vieron cosas horribles, que nadie hubiera podido imaginar, antes de que la terrorífica pestilencia azotara nuestra sagrada tierra. Los enfermos quedaban desatendidos, pues se había corrido la voz, de que el mal se abalanzaba de los enfermos a los sanos, como hace el fuego sobre la paja y que bastaba con hablar o respirar junto a uno de los moribundos para enfermar. Se dijo, que las ropas, las camas y todos los objetos que habían estado en contacto con ellos, extendían el mal a los sanos. Así que las calles se vieron repletas de despojos de los enfermos y de los muertos, que hasta parecía que mataban a los animales. Algunos decían, que habían visto a cerdos, a perros, a gatos muertos y sobre todo ratas, muchas ratas muertas, seguramente por haber estado en contacto con estas cosas que eran arrojadas a las calles. Las mujeres rechazaban a sus maridos y éstos a ellas, y lo nunca visto antes, las madres a sus hijos. Quedaban así muchos de ellos a su suerte, agonizando de la forma más terrible que la mente humana pudiera imaginar. Algunos criados quedaban con sus amos a cambio de sus fortunas, muchas mujeres perdían su vergüenza y no les importaban ser atendidas por hombres de cualquier condición. Los entierros, al principio eran como la Iglesia manda, de uno en uno y con el boato de misa o responso debido, con acompañamiento de clérigo y monaguillos y de dolientes hasta el templo primero y al camposanto después, para ser inhumado en una sepultura, en una para cada uno. Pero pronto todo esto se vio profanado y es que como eran tantos los muertos y tan pocos los que estaban dispuestos a darles sepelio, se acumularon los cuerpos en las calles y se dispusieron carros que recogían cuantos podían, si acaso los acompañaba un cura y el responso era rápido, como si fuera hecho por un orate y de ahí con premura marchaban a darles tierra, pero no de uno a uno; sino de varios en la misma fosa, tantos como cupiesen y sin guardar ni distancias ni honduras, que en más de una ocasión fueron sacados por perros y alimañas y algunos decían, que estas morían al instante en cuanto clavaban sus dientes en aquellas carnes y huesos sembrados del veneno de la pestilencia, como si fuera leche de las cántaras del mismo infierno.
-Perdonad que interrumpa vuestro terrorífico relato, pero, ¿podríais decirme qué hacían los médicos? –preguntó Fausto.
-¿De verdad queréis saberlo?
-Sí, claro yo soy médico y quisiera saber si han encontrado algún remedio para esta pestilencia.
-¿Remedio? Bromeáis. No hay cura. La mayoría de los que enferman, mueren y los que se salvan, será porque esté de Dios, y ya que me preguntáis por los médicos, he de deciros que al principio charloteaban unos con otros buscando las causas de la pestilencia: “Que si la mala conjunción de los astros” “Que si un temblor de tierra” “Que si venía de arriba o de abajo” “Que si los humores o la corrupción del corazón”; pero al poco tiempo y viendo que no sanaban a nadie y que ya no había mortal que confiara en ellos y que algunos de estos llamados médicos se contagiaron y murieron, optaron en su mayoría, por huir lejos de la ciudad, junto a muchos clérigos, nobles y gentes de calidad; aunque también lo hizo el que pudo de entre el común de las gentes. Pero las autoridades, las que quedaron y que no fueron muchas, prohibieron abandonar la urbe a todos aquellos que no podían pagar un soborno y esto fue al principio, porque después el dinero dejó de tener valor; pues tal fue el miedo que invadió a todos.
-Sí, pero decidme ¿Oísteis que alguien obtuviera algún éxito tratando a algún enfermo?
-No, nadie. No tiene remedio.
-¿Tenéis idea de cuántos pueden haber muerto?
-Sin duda que muchos, pero como otros abandonaron la ciudad y nosotros escapamos, cuando quizás estuviera por venir lo peor, no sabría deciros; pero me temo que este momento, si ha seguido avanzando al ritmo que lo hacía cuando huimos de allí ya no debe haber nadie en Génova –dijo el capitán.
-¿Alguno de vuestros hombres ha enfermado?
-No, milagrosamente no. Nosotros abandonamos la ciudad aprovechando un descuido, más bien diría que una deserción de los hombres que vigilaban el puerto y navegamos hasta Cardo, en la isla de Córcega y no sé cómo pudimos hacerlo, pues sólo gobernábamos la nave los tres que aquí estamos, junto a un marinero de nombre Luca, que quedó en Mallorca, cuando allí hicimos escala. Y pudimos hacerlo gracias a que pudimos engañar, con finos embustes, a unos cuantos corsos, a los que el hambre y nuestras promesas convencieron, para que se embarcasen con nosotros y por suerte, hemos podido traer el cargamento de paños que teníamos preparado, antes de que comenzase el armagedón.
Al oír esto, a Fausto le atenazó una terrible duda y no pudo reprimir la pregunta que resultaba obvia:
-Habéis dicho antes, que era creencia general, que el mal se extendía de enfermos a sanos por las ropas o por el contacto con las cosas que habían pertenecido a aquellos, ¿es así?
-Sí, eso decían.
-¿Y no creéis, que el género que habéis traído en el barco, pudiera traer el mal hasta aquí?
En ese momento un silencio sepulcral se apoderó de todos los presentes, hasta que balbuceando el cómitre dijo:
-Pero este paño no ha estado en contacto con afectados por la pestilencia y además ninguno de nosotros ha enfermado yo creo que….
-¿No estaréis sugiriendo que destruyamos la carga? -preguntó con gran preocupación el comerciante Giovanni Cataño.
-Yo no sugiero nada, no sé aún ante lo que nos enfrentamos, si es que hemos de hacerlo en el futuro y confío en que no sea así –contestó Fausto.
-De momento, no ha pasado nada aquí y la carga no tiene porqué verse afectada y de lo que hemos hablado ni una palabra debe salir fuera. Lo que haya, se sabrá por otros; pero no por ninguno de nosotros. ¿Lo habéis entendido todos? Y a vos Fausto, os pido discreción, podréis utilizar lo que aquí habéis oído cuando llegue el momento, si llega, como bien habéis dicho, pero no deberéis relacionar nada con este barco ni con ningún otro de los que trabajan para nosotros.
Todos asintieron al unísono, con un movimiento de cabeza.
II
Fausto hizo lo posible por disimular cuanto pudo la gran turbación que embargaba su ánima. Pasaba los días buscando entre sus códices y los de la biblioteca del cabildo, al punto que llamó la atención del encargado de la misma, que se percató de la ansiedad con la se afanaba en la búsqueda de no sabía qué y decidió que intentaría averiguar lo que se traía entre manos.
Fausto estaba buscando con denuedo algún tomo más del tratado de las epidemias de Hipócrates, del que semanas antes había hallado uno y que había sacado de forma ilícita del recinto catedralicio; pero no le importaba eso, lo que ahora le interesaba era poder confirmar sus terribles sospechas. No halló lo que buscaba. Leyó y releyó el único tomo que tenía y no encontró referencia alguna, que le pudiera dar pista válida sobre la naturaleza de la pestilencia, que según la crónica de los navegantes, asolaba Génova y Dios sabe cuántas otras ciudades y villas.
Se pasaba los días buscando uno tras otro en todos los códices, legajos y demás manuscritos que hubiera en Sevilla. Leía en griego, en latín, en árabe o incluso en hebreo, que también encontró algún texto escrito en esta lengua. Tanto se afanaba que tenía a todos desconcertados. Una mañana el bibliotecario del cabildo ya no pudo aguantar más su curiosidad y le preguntó sin rodeos qué es lo que estaba buscando y él escuetamente le contestó: “Busco el conocimiento sobre algo, que si Dios Nuestro Señor no lo remedia, no tardará en azotar esta tierra”. Y de ahí no le sacó una palabra más, por mucho que le insistió y no tuvo por menos que dejarlo hacer.
Una tarde se encontraba en la biblioteca del cabildo, completamente exhausto, por la lectura y la búsqueda compulsiva de la naturaleza de aquella pestilencia y con él estaba el bibliotecario, el cual había llegado a apiadarse de aquel hombre, que parecía haber perdido completamente la razón, en la búsqueda de algo, que él estaba seguro que sólo existiría en su mente calenturienta, por la obsesión que le había entrado en sus entendederas, como si de una posesión diabólica se tratase. Quería ayudarle, pero no sabía qué podía hacer para ello. Había intentado convencerle de que desistiera de su empeño o de que se lo tomara con más sosiego; pero nunca le hacía caso, así que optó por dejarlo en paz; pero aquella tarde, sin saber muy bien porqué, se acercó y le dijo: ”Quiero que sepa vuestra merced, que allá arriba en aquellos estantes hay unos códices muy antiguos, escritos en griego, lengua que desgraciadamente yo no domino y que están muy olvidados, yo diría que desde que yo tengo conocimiento de esta biblioteca nadie los ha tocado jamás. Si queréis os puedo ayudar a examinarlos”. Y sin saber por qué, a Fausto se le iluminó la mirada y se lanzó sin más dilación a buscar la escalera para poder alcanzar aquellos códices, que tan ocultos habían permanecido a los ojos de todos.
Pasó varios días examinando los textos griegos. Se trataba de la historia de las guerras del emperador Justiniano, eran varios tomos escritos por un tal Procopius de Cesárea. Fausto no había oído nunca antes hablar de este autor. Al parecer se trataba de un historiador que había seguido la vida y hazañas bélicas en el tiempo de este emperador romano. Era muy interesante lo que estaba leyendo, pero también agotador. Al esfuerzo que tenía que hacer por leer en griego, se le unía, que no era precisamente en aquel momento, lo que más interés le generaba, leer la historia del reinado de Justiniano; pero para intentar hallar alguna pista de lo que buscaba, no tenía otra opción, que intentar recorrer en aquellos legajos los siglos pasados, con la esperanza, de que alguien hubiera podido dejar constancia escrita, de episodios que pudieran dar algún indicio, sobre la naturaleza de lo que estaba ocurriendo ahora en Génova.
De pronto, se le heló la sangre, al leer un relato de unos sucesos acaecidos en Constantinopla en el año del Señor de 542:
“Durante estos tiempos hubo una pestilencia por la que toda la raza humana estuvo a punto de ser aniquilada. No hay otra explicación para ella sino Dios. No respetó a nadie, ni por edad, sexo o condición. Comenzó a partir de los egipcios que viven en Pelusio, al nordeste del delta del Nilo, a continuación, se dividió y se movió en una dirección hacia Alejandría y el resto de Egipto, y en la otra dirección que llegó a Palestina, en las fronteras de Egipto, y desde allí se extendió en todas direcciones hasta los confines del mundo. No dejó ni isla ni cueva ni cresta de la montaña en las que habitasen humanos, y si sucediera que hubiera pasado por cualquier terreno, o bien no hubiese afectado a los hombres que vivieran allí o los hubiera tocado de una manera diferente, más tarde se volvía y dejando al margen a los que ya había afectado más duramente, se cebaba sobre los otros. Y esta enfermedad siempre tuvo su inicio a partir de la costa, y desde allí subía al interior.
Y en el segundo año, que llegó a Bizancio a mitad de la primavera, yo me encontraba allí y pude ver que las cosas sucedieron de la siguiente manera: Hubo apariciones de seres sobrenaturales con apariencia humana de todo tipo, que fueron vistos por muchas personas, y aquellos que los encontraban pensaban que eran golpeados por ellos y después de ver esa aparición contraían la enfermedad. Se intentó apartar a las gentes de estas visiones mediante exorcismos y por todos los métodos posibles, como mencionando el nombre más sagrado; pero nada de ello logró el menor éxito ni siquiera en los santuarios donde la mayoría de ellos huyeron a buscar refugio, para escapar de la muerte que estaba alcanzando a todos. Las gentes no estaban dispuestas incluso a prestar atención a sus amigos cuando les pedía ayuda, se encerraban en sus habitaciones y fingían que no les oían, aunque golpeasen repetidamente las puertas, por el temor a que quién llamara fuese uno de esos demonios. A la mayoría, el mal les venía de la siguiente manera: al principio el cuerpo no mostraba ningún cambio en su color anterior, ni se calentaba como era de esperar, cuando es atacado por una fiebre, ni tampoco aparecía inflamación alguna, pero después comenzaba una fiebre lánguida, desde la mañana a la noche, pero que no producía sospecha alguna de peligro ni para el enfermo, los familiares o los mismos médicos. Era natural, por lo tanto, que se pensara que ninguno de los que habían contraído la enfermedad fallecería a causa de ella. Pero el mismo día, en algunos casos, en otros, al día siguiente, y en el resto, de no muchos días después, una inflamación bubónica se desarrollaba, y esto se llevó a cabo no sólo en la parte particular del cuerpo que se llama Boubon, que es, por debajo del abdomen, sino también dentro de la axila, y en algunos casos, también al lado de las orejas, y en diferentes puntos en los muslos”.
Y al llegar a este pasaje del texto, comprendió que estaba ante la descripción, de una pestilencia similar a la que ahora azotaba Génova y se aterrorizó, pues si realmente era de la misma naturaleza, cabría esperar que se extendiera sin control por toda la cristiandad y posiblemente más allá de ella.
Siguió leyendo para intentar comprender algo más sobre el terrible mal:
“Hubo diferencias muy marcadas entre todos los que tuvieron la enfermedad y no puedo decir, si la causa de esta diversidad de síntomas, se encuentra en la diferencia en los cuerpos, o en el hecho de que siguió a la voluntad de Aquél que trajo la enfermedad a este mundo. Unos entraron en un estado de coma profundo, mientras que otros tuvieron un violento delirio. Los que estaban bajo el hechizo del coma fueron olvidados y abandonados por sus familiares y amigos y como parecían estar durmiendo constantemente, la mayoría no eran alimentados ni bebían líquido alguno y morían por falta de sustento. Los que estaban afectados por delirio, sufrían de insomnio y fueron víctimas de una imaginación distorsionada, y creían que cualquiera que se acercaba a ellos quería matarlos y se excitaban hasta el punto de que salían corriendo y gritando y producían un agotamiento atroz en aquellos que estaban a su cuidado, que eran tan dignos de lástima o más que éstos y no porque temiesen que la enfermedad les afectase; pues se había visto que ni estos ni los médicos ni aquellos que se dedicaban a darles entierro, enfermaban más que otros que no tenían a su cuidado a enfermos y que les llegaba la enfermedad sin previo aviso. Muchos de los enfermos se vieron privados de cuidados y eran abandonados a su suerte y vagaban como sonámbulos yendo muchos de ellos a precipitarse desde alturas o incluso al mar o a los ríos donde morían ahogados. Algunos tenían grandes sufrimientos antes de morir, pero otros estaban privados de sus sentidos y morían sin poder sentir dolor al carecer de la percepción de todo sentimiento”.
Fausto cuanto más profundizaba en la lectura, más comprobaba como se parecían ambos relatos, este que tenía entre sus manos y el que había oído de los labios de los marinos genoveses.
Continuó leyendo:
“Los médicos estaban desconcertados y alguno intentó investigar en los cuerpos de los muertos y al abrir alguna de las bubas, y entonces se encontraron con un extraño tipo de ántrax que había crecido en su interior. Comprobaron que a algunos la muerte les llegaba de inmediato y a otros después de muchos días y en los que aparecían pústulas negras del tamaño de lentejas no sobrevivían ni un día. También otros morían de inmediato tras tener un terrible vómito de sangre. Sucedió que muchos que los médicos predijeron que morirían escaparon de ella, mientras que en otros ocurrió lo contrario. Igualmente algunos que fueron abandonados no murieron y otros que recibieron todas las atenciones sí lo hicieron, no parecía que nadie tuviera remedio alguno para el mal. Ocurrieron casos extraños como mujeres embarazadas que murieron por abortos, otras que no murieron a pesar de tener la enfermedad e incluso se refirió el caso de una mujer que murió en el parto; pero su hijo dicen que sobrevivió. Hubo casos en los que las bubas llegaron a un tamaño tal de inflamación que estallaron y liberaron gran cantidad de secreción y a partir de ese momento la enfermedad hizo crisis y mejoró, pues había encontrado alivio la condición aguda del ántrax y esto resultó ser, en general, una indicación de que la salud iba a regresar”.
Intentó encontrar algo que le diera pistas de cuál fue la evolución de la epidemia y leyó lo siguiente:
“Ahora la enfermedad en Bizancio tuvo un curso de cuatro meses, y su mayor virulencia duró cerca de tres. Y en un primer momento el número de muertes fue sólo un poco más de lo normal, pero entonces la tasa de mortalidad subió aún más, y después el cuento de muertos asciende a cinco mil cada día, y otra vez, incluso llegó a diez mil, y aún más que eso”.
Al leer esto quedó petrificado, aunque él bien sabía que los cronistas, desde la antigüedad, en cosa de números y de cuentas no iban sobrados de entendederas y si algo tenían en exceso era la exageración, como cuando refirieron que tras la conquista de Sevilla por el Rey Nuestro Señor Fernando de tan grato recuerdo, “salieron de la ciudad no menos de cuatrocientos mil moros” o las cuentas de las huestes de los combatientes en la gloriosa batalla de las Navas, de tan grande gloria para la cristiandad, en la que las crónicas hablaban de cientos de miles, hechos a todas luces imposibles, tanto en uno como en otro caso. Pues bien, a pesar de ello, la lectura de la cuenta de muertos era terrorífica y coincidía con lo que habían referido los marinos genoveses, que en el momento de narrar su crónica, daban por desaparecida la ciudad, si la pestilencia no hubiera cambiado su mortífero curso, desde el tiempo en el que ellos abandonaran la ciudad.
III
Fausto aterrorizado, no sabía qué hacer, dudaba si poner en conocimiento del arzobispo o de las autoridades del concejo de la ciudad lo que sabía; pero temió que lo tomaran por loco o por alarmista; incluso llegó a pensar, que si por un azar del destino, alguien llegaba a averiguar su pasado judío, los tiempos oscuros que en su día se cernieron sobre su padre, lo hicieran ahora sobre él y le acusaran de cualquier cosa disparatada, de las que solían los cristianos cuando de ir contra los hijos de Israel se trataba y a fin de cuentas, ese había sido el motivo por el que él había tomado la dolorosa decisión de renegar de la fe de su padre y de la de sus ancestros y no era otra que la de apartar de él el papel de chivo expiatorio, que al parecer era el que Adonai había escogido para su pueblo, el que ellos llamaban el pueblo elegido. Sí elegido, ¿pero para qué? Se lo había preguntado muchas veces y no había encontrado más respuesta que: para la muerte, para ser inmolados como corderos en un ritual expiatorio; pero, ¿de qué? Nunca había comprendido qué es lo que él tenía que pagar ni por qué y por eso había abjurado de su fe y no iba a poner ahora en juego todo eso. Pero no podría domeñar su naturaleza rebelde, su afán por la justicia y por la ayuda al prójimo, que ya le había llevado a jugársela, no hacía mucho tiempo, ayudando a Tello y a su familia, en el feo asunto de los freires calatravos y aunque quisiera ahora engañarse, era seguro que no transcurriría mucho tiempo antes de que volviera a hacerlo.
Tuvo noticia de que se preparaba un correo en el cabildo con destino a Aviñón. Era su oportunidad para comunicarse con su amigo, compañero y maestro, Juan de Aviñón, con el que deseaba intercambiar información sobre lo que podría estar pasando por aquellas tierras, si como se temía, la epidemia ya se hubiera extendido hasta allí. Deseaba saber si era así, qué es lo que decían los maestros de Montpellier o los de Bolonia o París. Él ahora se encontraba aislado en Sevilla de todas aquellas corrientes del saber y de la medicina, que pudieran iluminar su entendimiento y poder prepararse ante la llegada de lo que él consideraba irremediable.
Pero sabía que había importantes miembros del cabildo que desconfiaban de él, algunos pensaban que era un agente del papa, y que había sido enviado para expiar y mantener informada a Su Santidad de todo lo que se cocinase en aquel arzobispado, que tanta importancia estaba alcanzando no sólo en Castilla, sino en toda la cristiandad y esto incitaba a la envidia, a los celos e incluso al temor de muchos. Pero también pudiera ser, que incluso pudieran sospechar de él cosas peores, que él ignorara y cualquier movimiento que hiciese, como intentar de una forma tan evidente, como entregar una carta al mismo enviado del arzobispo hasta Aviñón, podría delatarlo.
Se debatió entre esta opción o intentar utilizar a algún marinero que fuese rumbo a Aviñón, empleando sus contactos con los genoveses; pero esta posibilidad era poco segura. No era fácil que alguien fuese precisamente hasta allí y si lo había, no sabía cuanto podría demorarse y él estaba ávido por tener noticias de lo que sucediera por aquellas tierras y por conocer lo que se estuviese estudiando y escribiendo sobre la pestilencia. Cada vez tenía más clara la certeza de que el mal alcanzaría a Castilla y a Sevilla más pronto que tarde y según lo que había leído del relato de la pestilencia de Constantinopla, que había hecho Procopius de Cesárea, se temía que esto ocurriría dentro de este mismo año.
Decidió que echaría mano del “canutillo” e intentaría comprobar si el dinero seguía funcionando en estos casos, como desde siempre lo venía haciendo. Así que sobornó, de forma más que disimulada a uno, a otro y a un tercero, hasta que llegó a la presencia del que iba a ser el mensajero que partiría hacia Aviñón, el cual al ver lo que le ofrecía a cambio, no tardó en aceptar el trato, más pronto de lo que usa el gallo en preñar gallina y Fausto, presto cual vira, marchó a encajar la misiva que debía entregar ese mismo día; pues para su suerte y oportunidad, que ya se sabe, que más vale llegar a tiempo que rondar un año, partía al día siguiente a la del alba.
Transcurrieron los días sin más noticias ultramontanas y él se afanó en interrogar a los que llegaban a Sevilla procedentes de cualquier destino; pero nadie traía nueva alguna, si bien es cierto, que en el puerto de las Muelas, se echó en falta, a los navíos que solían hacer la ruta desde las costas del sur de la Occitania o a las procedentes de Génova y como tampoco había llegado barco alguno de Venecia, esto dio que pensar a más de a uno y a Fausto le confirmó, que la epidemia seguramente ya se habría extendido por Italia, posiblemente por el sur de Francia y no descartaba que pudiese haber tocado tierras de algún reino de España. En cualquier caso, estaba seguro de que pronto lo sabrían de una o de otra manera; aunque confiaba que no fuera la misma pestilencia la que fuese a llevarles el aviso. Él aún albergaba la esperanza, aunque vaga, de que los sabios de Montpellier, de Bolonia o de París, hubiesen encontrado una forma de detener el avance del mal e incluso en ocasiones soñaba que lo habían conseguido; pero él sabía que la medicina no había hecho grandes avances desde los tiempos de Galeno y por tanto, no creía que las cosas pudieran ser diferentes, a cómo habían sido en los tiempos de la peste de la era de Justiniano, que tan magistralmente había descrito el cronista Procopius y ciertamente, que si Dios no se apiadaba de ellos, se avecinarían grandes calamidades.
En Sevilla, nadie parecía darse por enterado de lo que se cernía sobre ellos, más que nada, porque no se había divulgado la noticia. Los genoveses, habían mantenido en secreto lo que les habían referido los tripulantes de la carraca, que haría ya un mes, había atracado en en puerto y que les había traído las terribles noticias y Giovanni Cataño, hombre sagaz, había tenido buen cuidado de que no trascendiera la mala nueva, no fuese a ser, que si por quedar a la providencia y esta no fuese favorable y resultase que a la postre llegase la pestilencia hasta aquí, algún avezado zascandil pudiera achacar o lanzar al vuelo de la maledicencia, el relacionar lo uno con lo otro, que cosas más raras se han visto y sin duda quedarían por verse.
Pero a pesar de ello, el mismo Giovanni tenía repartidos por el Arenal unos cuantos golfillos, de su completa confianza, tanto por el sueldo como por el respeto que
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