domingo, 18 de octubre de 2015

El anciano y su vieja casa

Solo una mísera escritura de propiedad

Es todo lo que le resta de una vida ya gastada

Incapaz de oír ni de hablar

Sus músculos agarrotados por la enfermedad  y el tiempo

El rictus pétreo de un rostro sin gesto

Todos esperan que estampe su huella

Es su casa la que está en almoneda

Son sus deudos quienes la venden

Seres ajenos se apropiarán del espíritu de  sus antepasados

Él  apenas ve, casi ni oye, ajeno a aquel zoco nada comprende

El notario llama a testigos

Darán fe de que allí todo es de ley

Que aquel anciano da su venia

Que sí,  que se desprende de su morada

Que unas pocas monedas valen una vida y, de sus ancestros, el alma

El notario le toma el dedo, y con saña en el tampón de tinta lo estampa

Ya solo resta un corto viaje

De la esponja al papel de gruesa trama

Aquel hombre comprende, lucha y se resiste

Pero ya ningún músculo, ni un solo dedo, le responde

Comprende que lo desahucian

Que le venden su casa

Que todos están de acuerdo

Ya abren las bolsas para guardar la plata

Solo resta que aquella huella deje su marca

Ahora lo comprende todo. ¡Aquellos miserables venden su casa!

Cuatro generaciones nacieron y murieron en esa morada

Estos la venden y otros la compran para derribarla

Y en esos escombros quedará toda su estirpe allí sepultada

Una fuerza sobrenatural le parte de sus entrañas

A través de sus venas se extiende y sus dedos agarrotados los transforma en garras

De un salto se incorpora

De un zarpazo al notario el corazón le arranca

Dos, tres, cuatro y cinco

Cinco cadáveres ya macabramente decoran aquella sobria estancia

El anciano ríe y con saña la escritura desgarra

Tras ello cae en la silla con peso de plomo

Y con una sonrisa despide a su alma

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