Solo una mísera escritura de propiedad
Es todo lo que le resta de una vida ya gastada
Incapaz de oír ni de hablar
Sus músculos agarrotados por la enfermedad y el tiempo
El rictus pétreo de un rostro sin gesto
Todos esperan que estampe su huella
Es su casa la que está en almoneda
Son sus deudos quienes la venden
Seres ajenos se apropiarán del espíritu de sus antepasados
Él apenas ve, casi ni oye, ajeno a aquel zoco nada comprende
El notario llama a testigos
Darán fe de que allí todo es de ley
Que aquel anciano da su venia
Que sí, que se desprende de su morada
Que unas pocas monedas valen una vida y, de sus ancestros, el alma
El notario le toma el dedo, y con saña en el tampón de tinta lo estampa
Ya solo resta un corto viaje
De la esponja al papel de gruesa trama
Aquel hombre comprende, lucha y se resiste
Pero ya ningún músculo, ni un solo dedo, le responde
Comprende que lo desahucian
Que le venden su casa
Que todos están de acuerdo
Ya abren las bolsas para guardar la plata
Solo resta que aquella huella deje su marca
Ahora lo comprende todo. ¡Aquellos miserables venden su casa!
Cuatro generaciones nacieron y murieron en esa morada
Estos la venden y otros la compran para derribarla
Y en esos escombros quedará toda su estirpe allí sepultada
Una fuerza sobrenatural le parte de sus entrañas
A través de sus venas se extiende y sus dedos agarrotados los transforma en garras
De un salto se incorpora
De un zarpazo al notario el corazón le arranca
Dos, tres, cuatro y cinco
Cinco cadáveres ya macabramente decoran aquella sobria estancia
El anciano ríe y con saña la escritura desgarra
Tras ello cae en la silla con peso de plomo
Y con una sonrisa despide a su alma
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