Érase una vez… en un país muy lejano...,
en un lugar del norte donde siempre hacía mucho frío y, que cuando llegaba el invierno sus habitantes permanecían encerrados en sus casas, y más aún en este tiempo de zozobra, de desgracia tras la hecatombe que había sucedido. Y, allí en una paupérrima casita vivían dos personas, una de ellas era un anciano de larga barba blanca llamado Hans, la otra, una rubia y escuálida niñita enferma que no podía ni levantarse de la cama, su nombre: Lucinda. Además, apenas tenían nada, ni comida para alimentarse, ni leña para calentar la cabaña. Solos estaban los dos, en medio de un inmenso bosque, entre hielo, nieve y sin ni siquiera el aullido de un lobo ni el canto de un pájaro.
Y, en esta noche, que era la del veinticuatro de diciembre, una llamada insistente en la puerta vino a alterarles la calma.
El anciano Hans abrió la puerta, y frente a él se halló a otro que aun parecía más viejo y más pobre que él.
―Por favor...¿podría dejarme entrar, darme algo de comer y un poco de calor...?―dijo con voz temblorosa el visitante.
―Mire, nosotros somos muy pobres,… apenas tenemos nada.
―Ya…pero están ahí adentro… y, yo aquí fuera... en el bosque…
El abuelo Hans se conmovió y lo dejó entrar.
―Solo puedo darle un poco de sopa, no tenemos nada más ―dijo Hans.
―Está bien…, será suficiente...,yo apenas como...
Y, el viejo de la gran barba blanca al ver a la niña postrada en la cama, con curiosidad le preguntó al anciano Hans:
―¿Qué le ocurre a la niña?
―¡Ah!, ¿es que no lo sabe?, usted debería saberlo, o ¿es que acaso no es de por aquí?
―¿Saber qué? ¿Cómo voy a saber lo que le ha sucedido a la niña?
―Pues, que aquí en este país, hubo un tiempo, en el que tanto odio y egoísmo había entre las gentes que la vida se hizo muy difícil y debió ocurrir que se debieron hartar los que hay allá arriba, porque una mañana nos levantamos así: todos los niños enfermos, sin apenas poder moverse, y los adultos nos habíamos convertido en ancianos y pobres y, desde entonces, así vivimos. Y todo fue por falta de amor.
―No sabía nada, Es que yo solo suelo venir por aquí una vez al año y cuando me llaman, eso sí lo hago por estas fechas; me envían para que cumpla con los deseos de la gente. Y, si lo que les falta es amor, de eso, de eso yo tengo a raudales ―dijo el forastero riendo con ganas.
―¿Los deseos de la gente? ¿Qué quiere decir?
―Pues… que si usted me pide algo yo hago que se haga realidad, pero no quiera que le dé muchas cosas materiales, eso me lo tiene prohibido quien me manda.
―¿Está de broma?..., no le creo.
―Bueno, pues si no me cree se lo diré a su nieta.
―Hija ―le rectificó el anciano Hans.
―¿Cómo te llamas pequeña?
―Me llamo Lucinda. Y yo sí le creo. ¿Puedo pedir yo un deseo?
―¡Claro!, ¡sí puedes!, ¡pídelo!
―¿En secreto?
―No, puedes decirlo en alto, si así lo prefieres.
―Quiero que las cosas sean como antes, que haya amor, paz y, que mi papa sea joven, y que yo pueda corretear por los prados en primavera o patinar por el lago helado en invierno.
―¡Hecho!
Y, a la mañana siguiente, cuando Hans se levantó de la cama le sorprendió que lo hizo dando un salto, se miró sus brazos y después sus piernas, y comprobó que eran fuertes y musculosas; se intentó mesar la barba pero ¡no tenía barba!; se miró en un espejo y ¡era joven! Y, al lado del espejo había una ventana, miró a través de ella y vio el lago. Y sobre sus heladas aguas patinaba una niña...era preciosa de dorados y largos cabellos… ¡Era su hija Lucinda!
Y, entonces tuvo por cierto, que aquella noche había tenido un sueño, ¡era un sueño de Navidad!
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