miércoles, 7 de diciembre de 2016

Calle Cabeza del Rey don Pedro

En Sevilla, en una hornacina colocada en una casa de la calle que lleva por nombre el de "Cabeza del rey don Pedro", justo al lado de la plaza de la Alfalfa, se halla este busto que representa al rey don Pedro I de Castilla, el último de los borgoñones españoles.

Y, cuenta la leyenda, o la misma historia -pues quién sabe lo que de cierto hay en lo que de aquellos tiempos se relata- que una noche, que por no ser no era ni de luna, allí ocurrió una fea pendencia entre el rey don Pedro, que gustaba mucho salir de noche a buscarlas, o quizás  simplemente a encontrarlas; y allí mismo con un hombre halló la ocasión, y este lo era de calidad y muy diestro en el manejo de la espada; pero tanto o más lo era el rey que contaba sus batallas en victorias.

Y , aquella noche de negro y sangre, en esa estrecha calle alguien cayó herido; de muerte, de una fea cuchillada. Y no fue el rey el caído, que este fue el autor de la estocada.

Y, tras la pendencia y ejecutada la suerte de espada, el autor escapó de la escena del crimen, aprisa, veloz como las almas que en las noches sin luna pasean por Sevilla a las horas en las que dueñas o mozuelas no se atreven a salir de sus moradas. 

Pero, sucedió que aquella noche sí lo hizo una: una anciana, que al oír la pendencia, con un candil en la mano se asomó a un ventanuco de la que era su casa. Y desde allí vio a un hombre que huía y, aunque no pudo dar fe de su gracia con el sentido de la vista dada la negrura de la noche, sí pudo hacerlo con el oído: por el chasquido de sus junturas, pues notorio era el sonido que producían las articulaciones del rey cuando corría, y aun cuando andaba.

Y, sucedió, que al día siguiente hallábase el rey, como gustaba y solía, impartiendo justicia en los Reales Alcázares, justo en el lugar que para ello se reservaba, y hasta él trajeron el asunto de la reyerta y de la muerte del caballero.

El rey dictó justicia y ordenó que se buscara al culpable,  y dio orden de que cuando lo hallaran le dieran muerte y hasta él su cabeza trajeran.

Fue entonces cuando apareció la anciana del candil y dijo que ella sabía quién había sido el autor del crimen. Y, como el rey la conminó a que hablase, aquella señora lo hizo: "Vuestra misma señoría, que yo oí bien a las claras el ruido de vuestros andares, que bien es sabido como os suenan, en Sevilla... y en toda Castilla".

El rey, que se tenía por el más justo de entre los justos, ordenó que se cumpliese la sentencia y mandó que esculpieran una cabeza de piedra. ¡Y que la colocasen allá donde se cometió el crimen!

Y, así es como desde entonces allí, en la calle que lleva su nombre, figura la cabeza del rey don Pedro, y también que un poco más adelante está la calle Candilejo.

Habrá quien diga que esta no es aquella cabeza; cierto es, que la primera se halla en el apeadero de la Casa de Pilatos, que es  justamente el Palacio de los Medinaceli, que también es cosa digna de verse en Sevilla.

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