El concierto de año nuevo de Viena, esa performance musical, turístico-bucólico- danzarina, que un ya minúsculo país centroeuropeo produce para el mundo, en memoria de un tiempo militarista, desigual y terrible para Europa, en el que las artes sobresalieron y atraparon al corazón de las gentes que en aquel tiempo tenían posibles, y que la que no, ni siquiera vieron.
Y, para nosotros, recuerdos impostados de películas de nuestra infancia, de Sissies y emperadores, guapos como novios de tarta, de sociedades de opulencia y esplendor, de oropeles, de palacios barrocos y jardines de ensueño. Bailes de salón amenizados por una saga interminable de compositores ad hoc con nombre de calles alemanas. Los Strauss, esos artistas del merengue musical, a los que no resistiríamos más allá de año nuevo, y esos bailarines de cuerpos perfectos, marcando gónadas y músculos de polichinela.
La Ópera de Viena, caja de música de gentes decadentes y de parvenues, directores seniles e histriónicos, espectadores que se transforman en primas donnas cuando el de la vara mágica les da entrada para que, con sus palmas, colaboren en la Radeszky...en suma una caja de música envuelta en el papel cuché de la cursilería...todo el concierto de los Strauss yo lo cambiara por un movimiento de Rachmaninov, que digo, por un acorde de Bach.
Sin embargo, aquí estoy enganchado a él y, solo deseo que el próximo año pueda hacer otro tanto.
¡Que viva el concierto de año nuevo de Viena!
viernes, 1 de enero de 2016
Los Strauss
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Sí, todo eso es Viena y su afamado Concierto de Año Nuevo. Y pensar que ese evento nació durante los años de terror del nazismo, y que lo de interpretar partituras de los Strauss (suficientemente judíos como para ser enviados a los campos de exterminio según las leyes de entonces) subsistió un poco como concesión de las autoridades nazis para congraciarse un poco con el (a su vez agradecido) pueblo austriaco, tan enamorado de sus bailes y jardines, y también de su nuevo Führer. Y pensar que el 2016 tocó turno de dirigir a la orquesta (ya por tercera ocasión, creo) a Mariss Jansons, cuyo padre y hermano fueron asesinados en el Ghetto de Riga. Todo eso es Viena. Como también es Viena esa otra ciudad que fue borrada casi por completo, aquel “laboratorio del fin del mundo” que incubó, junto al fascismo, al psicoanálisis, a la Sezession, a la arquitectura moderna, al positivismo lógico y, sobre todo, a una apabullante tradición musical sin la cual el arte de Occidente simplemente sería otro. Esa otra Viena, cuyas huellas se hacen patentes por todas partes en la ciudad para quien sepa mirar, busca asomarse de nuevo, tímidamente. La ciudad vuelve a ser vibrante y pretende recobrar su vocación multicultural. No sé si lo logre algún día. Espero que sí.
ResponderEliminarRealmente anonadado por tu vienesa erudición. Desconocía los aspectos judaicos que rodean al concierto objeto del escrito, realmente interesantes. No recordaba a que te referías cuando has mencionado que había escrito sobre Viena. Esto fue una irrefrenable pulsión a lo que sentía mientras veía y oía el espectáculo vienes. Saludos.
ResponderEliminarRealmente anonadado por tu vienesa erudición. Desconocía los aspectos judaicos que rodean al concierto objeto del escrito, realmente interesantes. No recordaba a que te referías cuando has mencionado que había escrito sobre Viena. Esto fue una irrefrenable pulsión a lo que sentía mientras veía y oía el espectáculo vienes. Saludos.
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