jueves, 24 de diciembre de 2015

Navidad en una calle de Alepo


Frente a ellos se hallaba un laberinto de esqueletos de lo que otrora fueran orgullosos edificios de pujante riqueza, construidos en la ignorancia de un devenir de odio, sangre y fuego. Y, ella, apenas algo más que una adolescente, enamorada de la vida, ilusionada, como él, con un futuro juntos; visionarios de un mundo feliz de paz y concordia; de respeto y prosperidad, pero ahora huyen como alimañas despavoridas entre una selva de escombros. El sabor amargo del miedo regurgitado a borbotones de sus gargantas, la piel de barro del polvo de la guerra. Ella, a punto de dar término a su embarazo, al fruto de su amor infinito por Amed. Él, asustado por ella, buscando, como lo hacen las presas, un refugio; un escondrijo donde resguardarse del terror del odio, y de la lluvia de metal y fuego lanzado sin piedad por la mano de un dios exterminador y, por las de sus sacerdotes de todos los credos.

Al frente Amed divisa una destartalada construcción que aún conserva el techo y, de la mano, con fuerza agarra a su amada. Corren y corren,tanto cuanto pueden, ella grita de dolor, al tiempo, que un líquido templado de su vientre se le derrama, mientras siente que se le desgarran las entrañas. Entran en aquella mísera estancia, en ella ya hay gente: una mula, un buey, un perro y un gato, pero ninguno de los animales al verlos se asusta. Amed deshace una alpaca de paja y en ella acuesta a su amada. Ella se muerde los labios, su vientre ya con fuerza se contrae, el perro, curioso se acerca, el gato maulla, el buey muje y la mula permanece callada; no muy lejos se oyen criminales explosiones y el homicida tableteo de las armas.

Todo sucede muy aprisa, ya en sus manos Amed sostiene a la criatura, con su navaja ha cortado el cordón, que con mimo antes ha anudado, ha cuidado de extraer la placenta, y de limpiar las secreciones del retoño, el cual, con la sensatez de la ignorancia, llora, por venir al mundo, por su dios y por la guerra. Ella, apenas lo mira,  la tristeza le invade el alma. Amed lo alza cuanto puede y, desencantado por su gente, su dios y su tierra, jura que, si sobreviven, lo educará en una nueva fe, en una que respete a sus semejantes.

Con él sale a la calle, mira al cielo y, allí en lo alto, con sorpresa ve un edificio intacto, en él un reloj digital, que marca una fecha: 24 de diciembre. Entonces recuerda que es Navidad y que una vez le contaron una historia.

Y fue en aquel momento cuando supo, que el niño que sostenía en sus brazos, ya tenía un nombre: se llamaba Jesús y, tuvo por cierto, que no solo viviría, sino que lucharía por la justicia, por la paz y el respeto entre las gentes.

Feliz Navidad

Juan Castell

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