Aquella mañana de frío temprano del mes de octubre Adele recorría la media milla que separaba su pequeño y recoleto apartamento del campus del aula magna de la Facultad de Medicina. Iba para recibir su primera clase de Anatomía Humana que impartía el catedrático; uno de los más afamados -en muchos sentidos- profesores de aquella Universidad.
Fue una de las primeras en llegar y ocupó un asiento de primera fila; no quería perder ningún detalle del dibujo que hiciese para ilustrar la clase del día; ya que según le habían dicho no había preámbulo alguno en aquella asignatura, y a buen seguro que inauguraría el curso dando una clase maestra de embriología.
Y así fue. Sin mediar más presentación que un "buenos días a todos" tomó sus tizas de colores y dio inicio a la reproducción de un embrión humano. Y lo hizo como si la misma mano de Miguel Angel hubiera tenido la ocurrencia de haber visto de esta manera el origen de la vida en su Capilla Sixtina.
Adele fue incapaz de seguir el dibujo con los lápices de colores en su bloc, completamente absorta en la contemplación del profesor Charcot en la elaboración de su obra, al tiempo, que la voz de él invadía su entendimiento como si de la música de Bach se tratara, y cada una de las palabras, cada uno de los enrevesados nombres de las tiernas estructuras anatómicas de aquel proyecto impostado de persona, se transformaron en la mente de Adele en pura poesía. Sintió y vio cómo el profesor la tomaba del brazo y juntos caminaban por una senda flanqueada de tilos, entre campos de diminutos embriones que evolucionaban al ritmo de la música de Miles Davis, hasta convertirse en tulipanes negros, mientras otros se tornaban blancos al son de Fly Me to the Moon, en la voz de Frank Sinatra.
Y tomándola por la cintura bailaron entre las flores un vals de Johann Strauss. A ella le preocupaba tropezar en una piedra o que su vestido se enredase entre los tulipanes; pero las fuertes y delicadas manos del profesor Charcot la mantenían suspendida, sin que sus pies tocaran el suelo. Y así, levitando, haciendo mil giros y arabescos danzarines, intentaba mirar el rostro seductor de aquel ser que la había hechizado. Pero con cada movimiento el rostro de él se giraba y siempre a ella le daba la espalda. Y la felicidad plena se transformó en angustia, la música de Bach, la de Miles Davis y la de Sinatra se tornaron en ritmos de campanas tocando a tránsito, los tulipanes en cadáveres de niños, y su vestido en una mortaja. Y al fin pudo ver el rostro del profesor Charcot, que la miraba fijamente con una sonrisa sardónica; y en ese momento un escalofrío le horadó las entrañas, al comprender que aquel era el rostro de la misma muerte.
Procuró volver en sí, regresar de su ensoñación, retornar al aula de Anatomía, escapar del hechizo de aquel brujo de la seducción; pero no solo no pudo, sino que sintió que escapaba de aquellos campos de tilos y se vio incrustada en la pizarra, se transformó en un dibujo; era la representación de un embrión. Y aquel brujo la miraba -ya estampada como dibujo- y le dedicó una sonrisa aterradora. En ese momento supo que ella era un embrión y el profesor Charcot... su padre.
lunes, 2 de febrero de 2015
El Profesor
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