La ambulancia recorría las calles de la ciudad a una velocidad endiablada, mientras su sirena lanzaba al aire sus gritos de alarma, y las luces de emergencia destellaban en un postrer esfuerzo por retener la última brizna de esperanza.
Dentro del vehículo, yelmo, yacía el cuerpo exangüe de Jimena, con los ojos abiertos mirando al infinito y la piel de color marfil salpicada de rastros de sangre y cuchilladas de odio, de pesadillas de mil y una noches de terror de color de azabache.
Y mientras su vida se despeñaba por el vacio de la muerte, la mente vagaba a otros tiempos felices, preñados de la ilusionada esperanza que alimenta la inexperiencia en la maldad de la sinrazón y el odio.
Apenas era una adolescente cuando conoció a Mario. Aquel chico alto de cuerpo atlético y mirada profunda, que la penetraba en el alma y la hacía conmoverse como si mil millones de hadas invadieran sus entrañas. Su tono de voz aterciopelada, con su ironía a veces macabra, pero dotada de la sutileza de la originalidad de un ser excepcional.
La había enamorado hasta derretir su voluntad y convertirla en un ser único, que habitaba en soledad el mundo más bello que en el universo existiera.
Nunca dudó que sería para siempre y trascendería este y el otro y cuantos mundos hubiera en la espiral de los universos de la materia y de lo etéreo.
Lo dejó todo, nada necesitaba ya, pues todo lo había hallado en él, en aquel ser maravilloso, que una y otra vez le prometía que juntos serían los dos únicos entes que existirían en la faz de la tierra.
Once meses y diez días fue justo el tiempo que transcurrió hasta que llegó la primera bofetada. Fue directa a su alma y no le rozó ni la piel: “Estúpida e inútil “–le dijo. “Perdió el control y eso le pasa a cualquiera” -dijo ella. Tenía que reconocer que había estado muy torpe al mancharle el pantalón con aquel café –lo disculpó.
-“Zorra”, “gorda”, “enana”, “imbécil” -le siguieron.
Pero ella tenía que reconocer que él era demasiado inteligente. Y guapo, y muy alto. Ella en cambio, con tacones incluso, debía estirar el cuello para besarlo. Y es que él tenía razón y ella no lo merecía.
Se lo avisó su amiga Aida, también Pedro su confidente de la infancia, incluso su madre un día se atrevió a decirle que había algo en él que no le gustaba. Nunca volvió a hablar con ninguno de ellos de Mario. Y a pesar de todo y de todos, se casó con ella, y eso le dio la razón frente al mundo.
Cuando le dijo que estaba embarazada, no le dio opción y le ordenó que abortase, que no era este, un mundo para traer hijos. Y su protesta se saldó con un puñetazo que le rompió la nariz y le partió la esperanza. Un golpe con el coche –argumentó ella.
Después ya todo comenzó a ser insoportable. El presente se convirtió en una pesadilla y el futuro solo era un imposible. Intentó ponerle remedio, pero era demasiado cobarde.
Una noche marcó el 016 -lo había oído en la radio-, era una tabla de salvación y no dejaba rastro –decían-, pero aquella llamada le dejó la primera de una serie de palizas interminable. No había reparado en que él había llegado mientras hablaba y estaba escuchando a través del inalámbrico.
Intentó huir, pero ya no pudo. Su cuerpo y su mente estaban atrapados en aquel entorno absurdo y terrible.
Y en esta maldita noche de agosto, entre el canto de las chicharras y el calor asfixiante de las tierras de la Mancha, aquel ser de voz aterciopelada, de inteligencia sutil y mirada profunda, habló por última vez. Lo hizo con filo de acero rasgándole las entrañas y vaciando para siempre su mente y su alma. Y aunque mil sirenas cantasen en la noche más negra, y las manos mágicas de los hechiceros de bata blanca, le retuvieran el último hálito, a Jimena ya nadie le podría devolver el alma.
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