Abandonado, sumido en la desesperación de la nada futura, del presente de negrura infinita, tirado en aquel campo de excrementos humanos y de escorias de mil derrotas en infinidad de noches de alcohol y drogas, de días de camastros inmundos en lúgubres mazmorras de antros y lupanares, de jornadas de resacas interminables desde el orto al crepúsculo del astro rey. Y, ahora allí dejado sin esperanza, pugnando con seres del inframundo por una bazofia como alimento, por un rincón para depositar el orín y los excrementos, por un cuenco de sucio líquido que mantenga el desequilibrio de los humores de mi patético esqueleto apenas andante.
Y, en la oscuridad de toda esperanza, aquel perro blanco y canela desciende de su automóvil de brillante plata, y hacia mí se dirige, le acompaña un guardian de este campo de carroña humana, y con su pata señala adelante, justo a donde yo estoy. El funcionario me habla por vez primera, me dice que aquel can me adopta, que es mi día de infinita suerte que muchos para si ya quisieran. Que han de desparasitarme, lavarme y contra la rabia y la desventura vacunarme, pero ya nunca me faltará de nada, que viviré en una gran mansión, comeré manjares de hombre, me bañaré en grandes tazas de mármol, viajaré en asientos de terciopelo y que dormiré en camas con sábanas de hilos de seda. Aquel can de mí se ha encaprichado, me quiere como su mascota, pero antes de que pueda ser suyo, allí en aquella perrera de hombres, le dicen, que deberán castrarme, pues no es conveniente que gentes de mi calaña se reproduzcan por doquier y puedan llenar las calles, los campos y, hasta las casas de los perros de bien, como el que ahora será mi dueño. Canes que se afligen por los hombres derrotados, desheredados de fortuna, orillados de esperanza. Y, ellos, sin reparar en nada más, solo por su corazón de bondad infinita, están dispuestos a compartir su vida, sus alegrías y ninguna de sus miserias, y sin más, nos adoptan.
sábado, 29 de agosto de 2015
Mi dueño
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